| 6/24/2015 12:00:00 AM

Competitividad: sol y sombra

Hay que comenzar a pensar y actuar como región, en particular en asuntos neurálgicos como movilidad, medioambiente y planeación del territorio, como mínimo.

Quien entra a Barranquilla por el noroccidente, después de recorrer la recientemente ampliada Vía Circunvalar, pasando frente a los almacenes y centros comerciales que han abierto en la ciudad y viendo las decenas de torres residenciales que se levantan a lado y lado de una vía amplia e iluminada, se lleva la impresión de una ciudad impulsada por un enérgico viento de modernización. Sin embargo, a tan solo 250 kilómetros de ahí, una distancia que se cubre fácilmente en una mañana, miles de niños mueren de hambre en La Guajira, una de las zonas más ricas del país en recursos minerales.

Esos son los extremos del desarrollo diferencial del Caribe colombiano, una región llamada a ser la más competitiva del país gracias a su ubicación geográfica, pero lastrada por un legado de retraso que le ha impedido llenar esa expectativa.

Ante estas realidades contradictorias, los costeños hemos optado por una especie de esquizofrenia. Comentamos y amplificamos la narrativa de nuestro milagro económico, pero nos preguntamos si ese milagro es real, si puede ser verdaderamente competitiva una región en la que el desarrollo no siempre combate la miseria, sino que convive con ella.

Para alimentar el optimismo están las inversiones inmobiliarias que se multiplican en Barranquilla, Santa Marta, Montería, Cartagena y Valledupar; la notoria mejoría en infraestructura vial en algunos municipios, y las cifras de desempleo, que son las más bajas del país. A la costa se le siente hoy más moderna, más pujante, más optimista y, lo que no es de poca monta, más segura de sí misma. Ya no asomamos nuestras caras por las oficinas del interior del país como excusándonos por interrumpir, sino conscientes de la valía de nuestra región y sus empresas.

Pero nuestras falencias también están a la vista, y sabemos que no hemos sentado las bases de una competitividad sólida para que el despegue económico sea sostenible y duradero. ¿Hasta qué punto nuestro crecimiento fue gracias a buenas administraciones –que las hubo: mi ciudad, Barranquilla, es ejemplo de ello– y hasta qué punto estábamos montados en la ola del boom de los recursos naturales, y dólar bajo, que enriqueció a Colombia y a otros países en la última década? ¿Hasta qué punto la prosperidad artificial de esa ola nos permitió aplazar los cambios que se necesitan para incrementar nuestra competitividad? La próxima década nos lo dirá.

Pero un dato revela el tamaño de la tarea pendiente: en el último Índice Departamental de Competitividad, los últimos cinco puestos fueron todos para departamentos costeños; solo Atlántico ocupó la mitad superior de la lista. Y basta con salir a las calles de cualquier capital para encontrar en los semáforos enjambres de mototaxistas que revelan la realidad amarga que se oculta tras las cifras de desempleo.

Aun así, las ventajas geográficas de la región siguen tan vigentes como en el siglo XIX, cuando por sus puertos ingresó la modernidad al país. En el siglo XX, como lo explica el economista Adolfo Meisel, el negocio nacional fue exportar café por el Pacífico, y el país se pudo dar el lujo de olvidar el Caribe. Pero los modelos de desarrollo del siglo XXI hacen imposible volver a ignorar que el desarrollo de las naciones se hace desde las costas. La competitividad de la Región Caribe es la competitividad de Colombia.

Por tanto, es necesario que las inversiones en infraestructura vial y portuaria se mantengan, pero eso es solo el comienzo. La calidad y el costo de los servicios públicos siguen ahuyentando muchas inversiones. El Estado manda señales confusas a los empresarios del agro, que no saben si invertir o desistir. Los tributos locales ad hoc desincentivan el asentamiento empresarial: ‘estampillas’, valorizaciones y cobros por movilización de carga, ‘alumbrado público’ deficiente o para financiar empresas estatales quebradas (o desaparecidas). La criminalidad ha revivido de la mano de las bacrim, con propensión a empeorar si alcanzamos el posconflicto. Y la justicia es tan efectiva como en el resto de la nación. 

Finalmente, las empresas costeñas necesitan acceso a mejor capital humano, quizá la necesidad más apremiante. No basta con producir buenos profesionales –que los tenemos–, también hay que crear condiciones para que no emigren a otras partes del país. La mejor manera de lograrlo es generando entornos favorables para los negocios. La mayoría de los empresarios locales pensamos que aún nos falta mucho por recorrer.
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