| 7/24/2014 10:30:00 AM

El ingenioso

Harold Eder, presidente del Grupo Manuelita, refrenda a diario un compromiso de innovación en una empresa que cumple 150 años de vida productiva.

El pasado 14 de julio, cuando llegó al mundo su hija Eugenia, sus colaboradores lo oyeron decir que deseaba disfrutar sin interrupciones de los beneficios de la ‘Ley María’. Era la primera vez en mucho tiempo que suspendía su agenda, que de ordinario incluye visitas a los ingenios, revisión a las inversiones en los Llanos Orientales, Perú o Brasil y el seguimiento con el que se asegura, casi obsesivamente, de que los procesos sean tan limpios como los que su organización aplica en la producción de bioetanol de caña y el biodiesel de palma.

Esta es una época feliz para Harold Eder, presidente del Grupo Manuelita. No solo porque a su hogar llega una hermana para Elena, la mayor de sus niñas, sino porque está celebrando los 150 años de su compañía.

Se percibe orgulloso de que él y su familia hayan conseguido preservar los valores y la heredad de Santiago Eder, su tatarabuelo, un letonio de ascendencia alemana que a finales del siglo XIX se nacionalizó en Estados Unidos, llegó a Buenaventura como agente consular y se aproximó por primera vez a un ingenio azucarero cuando compró la hacienda La Manuelita, que perteneció al padre de Jorge Isaacs, célebre autor de María.

Tanto sus evocaciones como su presente describen una realidad alentadora. El grupo, que en 2013 vendió más de $1 billón y sus activos superaron los $2 billones, genera 5.800 empleos directos, cifra que hay que multiplicar por cinco para conocer el número de personas que se benefician de las iniciativas laborales que se encuentran a lo largo de su cadena productiva. Una inversión anual –equivalente más o menos a 2% de los ingresos por ventas–, está destinada hoy a los programas de responsabilidad social y ambiental.

Una diversificación que giró sobre un pivote agroindustrial, dio lugar hace quince años a su internacionalización afianzada en cuatro plataformas: caña de azúcar, palma, acuicultura y agroexportaciones. El ingenio Laredo, en los extramuros de la ciudad peruana de Trujillo, es insignia dentro de las inversiones transfronterizas.

De la mano del Grupo Pantaleón, de Guatemala, sus inversiones se afianzan en Brasil, donde su fuerte es la producción de etanol. Sus plantas crecen en el municipio de Santafé Do Sul, 500 kilómetros al oeste de Sao Pablo.

En Chile avanzan sus proyectos de producción de mejillones y en Perú se consolida el cultivo de uva de mesa. Mientras tanto, en Los Llanos Orientales colombianos consiguen mejores perspectivas la producción de aceite de palma y se agrega valor al biodiesel. Por estos días arranca la producción en serie en Orocué y Maní, en Casanare.

Las iniciativas se expanden dentro del ámbito de la sostenibilidad ambiental. Desde el presidente para abajo, todos en la organización tienen presente que los biocombustibles generan un menor efecto invernadero que los combustibles fósiles. Eso los ha habilitado para embarcarse en la cogeneración de energía a partir de la biomasa.

La reducción del consumo de agua y la eficiencia energética son para Eder mucho más que simples consignas. En este campo ha encontrado como aliada a TNC, organización no gubernamental de origen estadounidense, con la que Asocaña orienta la protección de los ríos del Valle del Cauca.

Desde luego ha habido claroscuros en la historia del más emblemático de los ingenios colombianos. La muerte, durante un intento de secuestro, de su abuelo don Harold Eder, en 1965, generó a estos productores de azúcar un amargo trance difícil de superar. Harold Eder, nieto, nació tres años después del trágico episodio y desde niño tuvo claro que no llegaría a la organización solo porque podría llevar un título de propiedad familiar en el brazo.

Por eso, su formación profesional y laboral se dio en otras empresas del sector privado, donde trabajó como empleado, aunque tambiénlo hizo en el sector público. Luego de estudiar economía en la Universidad de Brown y hacer su MBA en Stanford, se vinculó a Procter & Gamble y después formó parte del equipo de la oficina comercial de la embajada en Washington, con amplia injerencia en la negociación del TLC con Estados Unidos.

Y llegó, a los 40 ya cumplidos y con experiencia administrativa, a Manuelita, donde ahora está al frente de proyectos en los que el ingenio representa un constante desafío.
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