| 2/21/2014 3:22:00 PM

El ‘tapagoles’

El Superintendente de Industria y Comercio, Pablo Felipe Robledo, ha puesto a temblar a varias empresas con sus recientes decisiones sobre competencia.

A Pablo Felipe Robledo, superintendente de Industria y Comercio, no le fue muy bien como arquero en los equipos de fútbol que armó en sus épocas de estudiante en Pereira y Bogotá. De nada sirvió que el mismísimo Óscar Héctor Quintabani –uno de los porteros más destacados en la historia del fútbol profesional en Colombia y hoy reconocido director técnico–, le enseñara tácticas y trucos para evitar los goles del equipo contrario: se los metían todos.

Su carrera como arquero llegó hasta ahí. Sin embargo, a partir de ese momento desarrolló un talento especial para evitar otro tipo de goles, en especial los que le querían meter algunos empresarios en Colombia cuando no respetan las reglas de juego y acuden a carteles de precios o publicidad engañosa.

Es una tarea difícil, pero el entrenamiento que Robledo adquirió en su vida profesional fue fundamental para cumplir su propósito. Para citar solo dos ejemplos: fue secretario privado de Ramiro Bejarano en 1994 en la dirección del desaparecido DAS. Allí aprendió sobre todos los entuertos de la administración pública, pero también a ser sigiloso en las situaciones delicadas y comprometidas.

Otro cargo que lo formó fue el que ocupó como viceministro de Justicia, cuando Germán Vargas Lleras, titular de la cartera en ese entonces, lo convocó para ese trabajo. El exministro y hoy ficha clave del presidente Juan Manuel Santos para la reelección, le enseñó a Robledo que en el sector público no se puede dejar para mañana lo que se puede hacer hoy y que no se cumple un día más en el sector público sino un día menos.

No le ha temblado la mano en el último año para investigar y sancionar varias de las empresas más grandes y encopetadas del país. Asegura que este año saldrán los primeros resultados de los posibles carteles del azúcar y del cemento y remata anunciando que vienen más investigaciones en camino en otros sectores de la economía.

La estrategia de Robledo para lograr ese giro en la Superintendencia estuvo soportada en cuatro pilares básicos. Aumentó drásticamente las multas por las infracciones de los empresarios, sacó adelante la Ley de Competencia y las normas sobre protección al consumidor. Adicionalmente, logró aumentar el presupuesto de la entidad, al pasar en 2009 de $38.000 millones a $120.000 millones en 2014. Los resultados son más que evidentes. En 2009, la Superintendencia profirió sanciones por $7.200 millones, el año pasado fueron de $217.000 millones.

Esos resultados generaron en muchos colombianos cierta dosis de confianza que se vio reflejada, incluso, en delaciones que le han permitido a la Superintendencia abrir nuevos procesos gracias a denuncias de los propios empresarios involucrados en esos carteles.

Ese ambiente de policía administrativa se siente en los corredores de la Superintendencia. Por su oficina desfila todo tipo de empresarios, desde los más grandes cacaos, hasta el microempresario más pequeño. La mitad de ellos viene con los ‘taches arriba’ –como se afirma en el lenguaje futbolero– y piden revocar las investigaciones de manera inmediata aduciendo que se está cometiendo una injusticia. Los otros reconocen la culpa y solo vienen por una revisión de su caso para que la sanción no termine por quebrarlos.

No es para menos. Hasta hace un par de años la máxima sanción por infringir las normas de competencia era de $1.000 millones, hoy es de $60.000 millones. En el caso de protección al consumidor, la situación es parecida y las multas máximas aumentaron de irrisorios $60 millones a $1.200 millones.

El efecto de persuasión ha sido contundente y se espera que los empresarios que se desvían del camino lo piensen al menos dos veces. “Seré implacable con esos empresarios que se salen de la fila”, sentencia. 

Este hombre nacido en Manizales, criado en Pereira y formado en Bogotá, es el encargado de poner en cintura a quien quiera vulnerar los derechos de los consumidores. Aunque falta mucho camino por recorrer y muchas peleas por librar, buena parte de los colombianos siente que por fin alguien los está escuchando.
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