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Publicado: 2012-06-20T18:00:00

El superjuez

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Humberto Sierra Porto, uno de los pocos colombianos que ha conseguido llegar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, habla sin tapujos de sus grandes pasiones y ambiciones.

Sobrecogido ante los ecos de disparos y explosiones que retumbaban entre los cerros orientales de Bogotá, Humberto Sierra Porto se enteró en las aulas de la Universidad Externado de Colombia de que el Palacio de Justicia había sido tomado por la guerrilla. Ese 5 de noviembre de 1985 –último día de clases para los estudiantes de primer año de Derecho– comenzó a percibir la dimensión de la tragedia cuando vio el rostro de su compañera de curso, Silvia Medellín, hija de Carlos Medellín Forero, uno de los inmolados magistrados de la Corte Suprema.

Dos días después, él y todos los estudiantes y profesores observaban, como en una visión apocalíptica, los féretros con los despojos de varios de los principales juristas de la época, dispuestos en el campus para recibir el homenaje de su alma mater.

Ese episodio, el más duro y triste de su vida estudiantil, le sirvió sin embargo a Luis Humberto Sierra para darle arraigo a su convicción de que tendría que seguirles los pasos a quienes el día del holocausto escribieron el último capítulo de una época de oro de la justicia colombiana.

Sierra no llegó al Derecho por tradición familiar. Apenas uno de sus tíos se había graduado como abogado. Escogió su carrera al conocer los resultados de una prueba sicotécnica que revelaban que él tenía plena aptitud para hacer carrera en el mundo de las leyes. A la prueba se sometieron todos los estudiantes de sexto de bachillerato del colegio La Esperanza de su natal Cartagena. Allí estaba también Miquelina Oliviere, su novia de toda la vida y su actual esposa.

Cuando ambos se graduaron de la facultad de Derecho, donde eran considerados los nerds del momento por su consagración al estudio, aplicaron sin problemas a un plan familiar de becas ofrecido por su universidad y se fueron durante cinco años a España. Allí, él conseguiría su doctorado en la Autónoma de Madrid y ella se especializaría en otro campo del Derecho.

Sus primeros años de matrimonio en Madrid los vivieron ambos, como diría Humberto Alzate Avendaño, “con el alma colgada de un inciso”. La entrega a los códigos, la lectura de tratados de Constitucional y las clases magistrales les dejaron –sobre todo a él– el tiempo justo para aprender a preparar una paella como Dios manda y para ensayar recetas refinadas para la preparación de pastas, única destreza de la que hoy presume en público.

Le dieron también la opción de tener compañeros de clase a figuras como Manuel Aragón Reyes, uno de los más destacados magistrados del Tribunal Constitucional de España; Francisco Rubio, expresidente del Consejo de Estado de ese país, y a otras figuras que desempeñaron cargos clave, como el de Ministro de Justicia o Jefe Jurídico de la Moncloa. Con todos ellos conserva línea directa.

Dueño de una seriedad imperturbable, que contrasta con su espíritu caribeño, Sierra es un hombre discreto, prudente y alérgico a las exaltaciones. Resulta difícil, por ejemplo, convencerlo de que acepte ponerse la toga para que pose para una foto, pues respeta la costumbre de sus ocho compañeros de la Corte Constitucional de no vestir un atuendo que en otras latitudes es símbolo formal de la majestad de la justicia. Mucho más difícil aún es conseguir que destaque alguna de las decisiones que ha tomado.

De hecho, habla con el mismo entusiasmo y rigor de una sentencia de tutela que de la decisión que impidió una segunda reelección de Álvaro Uribe. Enemigo de las controversias extrajudiciales, se apresura a aclarar que jamás recibió presiones de ninguna índole y que pueda dar fe del respeto con el que la Casa de Nariño recibió aquella decisión.

No logra del todo desprender su alma de los incisos y apenas se da un espacio para las caminatas matinales. Su descanso es un simple cambio de actividad para compartir en familia: lee con sus hijos o se mete de vez en cuando a la cocina. Eso sí, el buen manejo del tiempo le permite declararse un súbdito del cross over y un peregrino por los campos del jazz instrumental. En el vallenato, destaca la obra del maestro Leandro Díaz.

Solo por segundos se permite alguna evocación. Recuerda que como su casa en Cartagena estuvo cerca del teatro Miramar, de propiedad de Gustavo Nieto, podía ver a menudo el mejor cine. Allí vio las obras del director británico Stanley Kubrick y del italiano Giuseppe Tornatore. Dice que el Miramar fue para él como una especie de Cinema Paradiso.

Lee febrilmente historia de Roma y libros de maestros del humor británico. De los autores norteamericanos reserva un lugar especial en su corazón al recientemente fallecido Ray Bradbury y a sus Crónicas Marcianas.

Las expectativas no lo desconcentran. Mientras llega el día de asumir como magistrado de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en Costa Rica, prefiere concentrarse en la tarea que cumple todos los días con los once jóvenes abogados que hacen parte de su equipo: mantener al día su despacho en la Corte Constitucional. Algunos de ellos lo describen como un “superjuez” al que rara vez le fracasa una ponencia. Él rehúye los elogios.

Advierte, eso sí, que no hay que tenerle miedo a la Corte Interamericana, sino a la violación de los derechos humanos.

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