| 11/27/2013 6:00:00 PM

Con alma de hierro

El nuevo presidente de Cerromatoso, Ricardo Gaviria Jansa, es uno de los hombres más experimentados de la industria minera en Colombia. Semblanza.

La dislexia que alguna vez le fue diagnosticada, no parece haberle dejado secuela alguna. Su lectura –y comprensión– del mercado minero mundial luce impecable y muy pocos ejecutivos colombianos del sector podrían disputarle el título del hombre mejor informado en este campo.

Quizá sea porque la trayectoria de Ricardo Gaviria Jansa pasa por el meridiano de la industria y coincide, en buena medida, con los trazos de un mapa en el que algunas naciones buscan potenciar sus aparatos productivos y su papel en el mapa de la geopolítica, a expensas de la explotación de recursos naturales.

Ha trabajado para Exxon Coal and Minerals Company en Houston, capital energética de Estados Unidos. Intercor lo destacó en Bélgica como cancerbero del mercado de su carbón en el nordeste de Europa y después le recomendó la captura de clientes en el puerto holandés de Rotterdam. Luego, durante ocho años, agenció en Dublín, Irlanda, la comercialización del carbón encomendada a la CMC.

Después habrían de cooptarlo los brasileros. Primero Eike Batista, el hombre que alguna vez le apostó a convertirse en el más rico del mundo con empresas en cuya razón social estaba siempre presente el signo de la multiplicación, y luego Votorantim, organización que rescató a Acerías Paz del Río.

Su llegada a las grandes ligas no fue producto del azar. A comienzos de los 80, luego de concluir sus estudios de ingeniería en la Universidad Javeriana, atendió una convocatoria hecha a través de anuncios de prensa por la Exxon y en los procesos de selección y admisión no dejó dudas de que se trataba de alguien con proyección.

Hasta el día en que compró el periódico donde encontró el aviso, estuvo soñando con sacar adelante un proyecto que concibió inicialmente como trabajo de grado. Se trataba de la recuperación del cauce del río Salaquí, en la frontera con Panamá, afectado por el impacto de dos terremotos. Pero el asunto resultaba quijotesco para un estudiante recién egresado y sin padrinos ni inversionistas a la vista.

Sin embargo, los inversionistas que escasearon aquella vez no faltarían en el resto de su trayectoria. Es tal vez el movimiento de capitales que migran de yacimiento en yacimiento y se cuelan en todos los nichos del mercado de los commodities lo que ha determinado el rumbo de su vida.

Su marcado acento barranquillero contrasta con los rasgos de su personalidad: es circunspecto y algo tímido. A sus colaboradores más próximos les parece una injusticia, eso sí, que alguien lo describa como arrogante. Para algunos de ellos es claro que si la personalidad fuese moldeada por los genes, no habría razón para que fuese ni locuaz ni extrovertido: su padre tenía raíces boyacenses y su madre, una dama holandesa, conserva la inclinación hacia el raciocinio lógico en cualquier circunstancia.

Trota o juega golf para descansar. Uno que otro día se anima a preparar un asado para su esposa, Rosita, sus tres hijos y algún puñado de amigos y, en medio de sus planes familiares –sagrados para él– se roba algunos minutos para leer a Tom Clancy, su preferido, después de que las historias de Agatha Christie dejaron de ejercer en él la seducción de otros tiempos.

Por ahora es poco amigo de hablar de la transición que lo llevará de la presidencia de Minas Paz del Río a la de Cerromatoso, del acero al ferroníquel. Su silencio obedece, según él, al respeto que les debe a ambas compañías y al hecho de que prefiere un bajo perfil personal… y un alto relieve en sus ejecuciones, agrega uno de los ingenieros de su equipo que mejor lo conoce.

Ejecutivos de la consultora Egon Zehnder, la única cazatalentos que ha mediado en la selección para alguno de los cargos desempeñados por Gaviria, dicen que ‘ficharlo’ no fue difícil porque las mediciones de su perfil daban muy por encima del promedio.

Acostumbrado como está a pasar sus horas al lado de una mina a cielo abierto y a atender una miscelánea de responsabilidades, como le ocurrió alguna vez en Puerto Bolívar, donde tenía que estar pendiente del manejo de los campamentos, de las relaciones con el sindicato y hasta de las operaciones de Policía Antinarcóticos, no se vislumbra en su horizonte ninguna nube oscura.

Por ahora solo extraña una regulación que fije normas claras sobre temas tan delicados como las consultas con las comunidades y la sostenibilidad integral de las compañías del estilo de la que en breve estará liderando.
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