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El megaministro

Economista, amante de la literatura oriental y practicante de skateboarding, Bruce Mac Master tiene la misión de marcar el paso de la política social.

Cada noche, antes de conciliar el sueño, le dedica un buen rato a la lectura de escritores celebrados pero poco ajustados a los convencionalismos de occidente. Expresa su fascinación por la obra del japonés Haruki Murakami y el regusto por el premio Nóbel egipcio Naguib Mahfuz, cuya novela El callejón de los milagros es por estos días uno de sus libros de cabecera.

Los gustos e inclinaciones de Bruce Mac Master desafían la percepción de quienes creen que, a juzgar por su trayectoria en el mundo de las finanzas y de los negocios, habría de vivir sumergido la mayor parte del tiempo en el análisis de documentos cargados de ortodoxia: planes de inversiones, operaciones de cobertura o tendencias de los mercados.

Sin embargo, desde antes de llegar a su actual cargo de director del Departamento Administrativo de la Prosperidad Social, Mac Master ha mostrado, según algunos de sus colaboradores más cercanos, una visión humanista que le ha servido para encontrarles rostro a las disciplinas económicas de las que se ha ocupado durante largo tiempo como socio de la banca de inversión Inverlink (vendió su parte antes de llegar al servicio público), como viceministro de Hacienda y como profesor de la Universidad de Los Andes, su alma máter.

Se define como un hombre de fe en lo que hace, pero en el plano espiritual se declara como un agnóstico moderado y quizá por eso le agrega a la definición, en forma de adjetivo, la palabra “ecléctico”. Pragmático, dicen otros que lo han visto ocultar mal la molestia que se produce en él cuando alguien le pregunta si los objetivos que se trazó al llegar al cargo no lindan acaso con la utopía.

Para los escépticos, las metas del Gobierno de reducir la pobreza extrema de 14,4% a 9,5% y de combatir la desigualdad en un nivel que en el coeficiente Gini, muestre un descenso de 0,56 a 0,54, podrían no ser del todo razonables en medio de coyunturas complejas.

Él, en cambio, las considera realistas y advierte que si no lo fueran quizá no estaría en el cargo. No cree que la economía de mercado sea la clave de la solución de la pobreza. Por el contrario, piensa que es justo que el Estado asuma con decisión su papel en aquellos frentes en los que su acción es indelegable.

Parecen irritarle también los relativistas que consideran que el modelo tiene vocación asistencialista. No cree que los programas de atención a las poblaciones vulnerables merezcan ese apelativo y encuentra desinformados a quienes no están al tanto de las nuevas relaciones de cooperación que se han construido entre el gobierno nacional y las entidades territoriales.

No se le ha visto improvisar, si bien su capacidad de reacción y el margen de maniobra que tiene para administrar situaciones de crisis son amplios. “Superministro”, lo llaman quienes miden su capacidad por el volumen de recursos que maneja, que anualmente asciende a $7 billones. Su equipo preferiría que lo llamaran “Megaministro” por su dinámica y su capacidad para generar cambios sin dejar secuelas.

Disciplinado y exigente, no es un trabajador compulsivo porque quienes están cerca de él han advertido que suele administrar bien su tiempo. La familia es su prioridad. Ama a Cartagena, su ciudad, y cuando se le indaga sobre su apellido y su ascendencia escocesa se desliza rápido de las ramas al tronco y dice: “Simplemente soy cartagenero”.

Le queda tiempo para repasar su colección musical que incluye los clásicos, pero no discrimina géneros. Conserva producciones del DJ holandés Armin Van Buuren.

Algunos de sus mentores, como Orlando Cabrales, Max Rodríguez Fadul y el chileno Óscar Landerretche, debieron considerarlo alguna vez un prototipo de nerd por su aplicación al estudio, que lo llevó, por ejemplo, a convertirse en una de las primeras personas que edificó el concepto de responsabilidad social empresarial.

Aquello de nerd quizá haya influido en el hecho de que entre sus lecturas favoritas se encuentre “La maravillosa y breve vida de Oscar Wao”. Su protagonista es un nerd dominicano amante del trabajo del escritor Oscar Wilde.

Se siente pleno en el mar y le gusta la navegación a vela. Ciertos domingos los dedica al skateboarding y remonta obstáculos sobre su tabla rodante con la habilidad de un adolescente. “Me le mido a todo”, dice.

Habrá que ver ahora cómo logra controlar el más gigantesco skateboard de la política social que, en medio de muchos retos, debe marcar el ritmo de las ‘locomotoras’.

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