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Hombre curtido en las lides de la Inteligencia, el coronel Gustavo Moreno asume ahora uno de los desafíos más importantes de su carrera.

| 5/2/2013 6:00:00 PM

El estratega

El coronel Gustavo Moreno, nuevo zar anticontrabando, enfrenta el reto de quebrarle la cerviz a un problema que conspira contra las metas económicas y sociales del país.

El interrogatorio al que lo sometió la firma de cazatalentos contratada por el Gobierno para escoger al mejor candidato para su cargo, le resultó al coronel Gustavo Moreno una de las pruebas más exigentes de su carrera. Era la primera vez que él, un curtido oficial formado en las lides de la Inteligencia, se sentía “del otro lado”: auscultado, invitado sutilmente a caer en contradicciones o a revelar algún secreto encriptado en su conciencia.

Nada de eso pasó y el nuevo director de la Policía Fiscal y Aduanera –designado por el presidente Juan Manuel Santos como “zar anticontrabando”– se sintió listo para asumir un reto mucho más exigente, que consiste en doblarle la cerviz al espectro de un problema que genera desempleo, que amenaza el futuro del sector real y que se ha convertido para Colombia en un estigma comparable a los generados por el narcotráfico.

Próximo a recibir su primera estrella como general de la República, él no es de aquellos que creen en los honores o en los reconocimientos rimbombantes por los logos. Su formación académica como magíster en relaciones internacionales y especialista en resolución de conflictos, amén de la disciplina prusiana con la que se ha formado, lo invitan a menudo a procurar que cada decisión que tome minimice riesgos y sublime utilidades. En ese sentido,parece encarnar la teoría del actor racional a la que tantas horas le dedicó en las aulas.

La urticaria que le producen los reconocimientos públicos es directamente proporcional a su esfuerzo por producir resultados en equipo. A quienes hablan con él por primera vez les parece extraño que se defina a menudo como alguien “gris”. Quienes lo conocen afirman que esa definición no tiene nada que ver con alguna falta de compromiso, sino con el hecho de que los cargos desempeñados le han enseñado que alguien que se enfrenta a ilegales debe conservar un bajo perfil con un cierto toque de enigma que no le permita a la contraparte hacerlo enteramente descifrable o predecible.

Oficiales que han sido ayudantes suyos en cargos de responsabilidad dicen que las misiones que ha desempeñado le han exigido una cierta invisibilidad táctica. Como subdirector de la Policía Judicial e Interpol (Dijín) tuvo que dirigir detrás de bambalinas a quienes reconocían en escena a los protagonistas y actores de reparto de los dramas protagonizados por agentes mafiosos de todo calado. Como miembro de planta de la Dirección de Inteligencia de la Policía, su reserva y discreción estaban atadas a exigentes protocolos. Y como agregado de Policía en la embajada en Washington debió conocer las restricciones de la diplomacia.

Pereirano, hombre de familia –hasta donde sus obligaciones se lo permiten– no cree en las suertes del azar y, por eso, al asumir su nuevo cargo, creó un grupo de análisis prospectivo que, según él, les permitirá a sus policías conocer la dimensión del problema que enfrentan y así anticiparse a sus variables.

La mañana en que vio un titular de prensa según el cual en Colombia solo se incauta de algo más del 8% del contrabando que permea sus fronteras, comentó que la noticia era exagerada, pero no por lo pequeño de la cifra sino por el desbordamiento del cálculo. Escéptico, sin llegar a los límites del negativismo, cree que siempre hay que tener claro que el problema es más grave de como está planteado, de manera que ninguna decisión tomada para enfrentarlo se vea minimizada.

Por eso espera hacer equipo no solo con fiscales, jueces y todas las instituciones y agencias internacionales que tienen que ver con el problema del contrabando, sino también con los actores no estatales, franja encabezada por los propios empresarios. Confía en que de la mano de ellos, sin aplicar una política de tabula rasa, podrá hacer la inteligencia de mercado que a la postre le permitirá penetrar las estructuras del enemigo.

Admira la discreción, la meticulosidad y los resultados del Grupo Especial de Inteligencia Británica y confía en que él y su equipo logren emularlos en el campo que les está asignado.

Lo que lee parece decir mucho de su estilo. El arte de la Guerra, de Sun Tzu, para cuidarse de que su estrategia se acople a la lógica y naturaleza del adversario; De la Guerra, de Clausewitz, en busca de la eficacia operacional y Los cuatro acuerdos, de Miguel Ruiz, para hacer valer estos atributos: ser impecable con la palabra, no tomarse nada personalmente, no caer en suposiciones y hacer todo lo mejor posible.

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