Revista Dinero

Desde que consiguió su primer trabajo como citador en un juzgado de Suba, Otálora se ha movido como pez en el agua en la órbita de la Justicia.

| 8/31/2012 6:00:00 AM

El ángel guardián

Amante del Derecho, soltero empedernido y juez de los árbitros de fútbol, Jorge Otálora espera producir muchas nueces en su papel como Defensor del Pueblo.

A Jorge Armando Otálora no le gusta que lo llamen “doctor campana”, apelativo reservado para aquellos personajes que se ponen en el sonajero cada vez que se aproxima la elección para un alto cargo. Por eso mantuvo en silencio –hasta el 6 de agosto– su opción de convertirse en Defensor del Pueblo. Ese día, el presidente Santos lo llamó para formalizar su inclusión en la terna y para pedirle colaboración especial en temas sensibles de su agenda de gobierno: el cumplimiento de la Ley de Víctimas, la restitución de tierras y la recuperación del sector salud, entre otras.

Su candidatura cobraba vida en un momento crítico. En la antesala de la estruendosa caída de la reforma a la Justicia, los ataques contra el Consejo Superior de la Judicatura –de la que hará parte hasta que asuma el nuevo cargo– se habían exacerbado.

Por un lado, crecía el coro de voces que pedían la clausura del alto tribunal. Por otro, algunos de los consejeros de Estado buscaban aprovechar la oportunidad para que las sentencias de la Judicatura se convirtieran en actos administrativos. Más allá de los tecnicismos, el cambio hubiera implicado que sus sentencias pudieran ser anuladas por una corte de igual categoría.

Entonces Otálora rumiaba a solas sus amarguras. Quienes lo conocen saben que no es de aquellos que abandona el barco cuando las nubes en el horizonte comienzan a ennegrecer. Amainada la tormenta, se aplicó a preparar el nuevo perfil que piensa darle a la Defensoría. La aproximación a las comunidades que tienen dificultades para conciliar con el Gobierno el avance de obras de infraestructura, a los presos que se hacinan en las cárceles del país y a todos aquellos escenarios en los que estén en juego los derechos de las personas, hacen parte de sus prioridades.

En la mira de su catalejo siempre hay normas, incisos, jurisprudencias. No podría esperarse algo distinto en los enfoques de un hombre que, desde que consiguió su primer trabajo como mensajero del Juzgado Primero Penal Municipal de Suba, se ha movido en la órbita de la justicia, ya como juez, como Vicefiscal General, como magistrado, como abogado litigante o como profesor del Externado.

Soltero empedernido, deportista de todos los días y amante de las ‘tenidas’ sabrosas al lado de amigos como Yamid Amat o Harry Sasson, no parece haber perdido la sencillez de las gentes nacidas en Chocontá, ni el regusto por la comida casera que se prepara en el ‘corrientazo’ de doña Carmen, su madre, el más popular y concurrido de Prado Veraniego, en el norte de Bogotá.

Va a un lugar y a otro con la misma desprevención con la que llega varias mañanas al Club El Nogal para hacer sus dos horas de rutina física.

El Derecho le deja tiempo, a duras penas, para leer biografías y para escuchar música salsa o clásica.

Las normas lo persiguen incluso cuando como presidente de la Comisión Arbitral de la Dimayor, se sienta con juristas como Jaime Córdoba y Carlos Medellín, a revisar los videos de cada fecha del fútbol profesional y observa el comportamiento de los jueces acusados de parcialidad por dirigentes que no siempre aceptan las derrotas de sus equipos.

De alguna manera se ha hecho de ‘piel dura’, después de intentar en vano desvirtuar críticas de medios que cíclicamente lo presentan como el abogado de Alberto Santofimio (porque, dice él, un abogado tolimense que trabajó en su oficina asistió al controvertido político en una indagatoria).

Aunque es amigo de periodistas, ha tenido suerte para eludir las cámaras cuando sus asuntos demandan confidencialidad. Por eso recuerda a menudo el día en que, como abogado litigante, aceptó apoderar a Hernando Rodríguez, el llamado ‘cerebro’ del saqueo a Foncolpuertos, con la condición de que se sometiera a la justicia. Fue en compañía de agentes del CTI al aeropuerto Eldorado para esperar a su cliente que llegaba de Cuba. Cuando caminaban juntos a la salida de inmigración, vieron un grupo de presurosos reporteros. Se dieron cuenta entonces que las cámaras buscaban ese día al cantante Diomedes Díaz, a punto de irse a la cárcel por la muerte de su novia. También ese día se libró de ser el ‘doctor campana’…
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