| 4/3/2014 3:00:00 PM

Tejedora de proyectos

Carolina Blackburn, directora ejecutiva de la Cámara Colombiana de la Confección, ha puesto su brío juvenil al servicio de un sector que toma el rumbo del crecimiento.

Es la más joven de los dirigentes gremiales del país. Con 27 años, dirige la Cámara Colombiana de la Confección y representa, con iguales ímpetu y diligencia, los intereses de empresas de la más variada condición: desde manufacturas Eliot, una compañía con el músculo financiero que le da el capital judío, hasta una SAS manejada por mujeres cabeza de la familia de una comuna de Medellín o de Cali.

Por lo pronto, en un año de ejercicio logró –junto con otros colegas gremiales– algo que en la historia reciente no se había conseguido. Bajo la tutela del Gobierno se alcanzó una reforma arancelaria que ha servido para frenar el avance del contrabando técnico y la subfacturación, fenómenos que amenazaban la estabilidad de su sector. Gran parte de la fuerza de su cabildeo quedó evidenciada en el decreto 074 de 2013 que estableció nuevos rangos tarifarios para las confecciones importadas de países con los cuales Colombia no tiene tratados de libre comercio.

Claro, hay críticos que buscan minimizar la conquista y que le atribuyen un espíritu proteccionista. Pero ella siempre tiene al alcance de su mano una réplica razonable y demuestra que los confeccionistas colombianos estaban siendo avasallados por foráneos que entraban al país productos con un costo promedio de US$1,6 el kilo, que no se compadece ni siquiera con lo que vale el algodón en rama cotizado en bolsa.

Menciona las palabras “equidad” y “justicia” cuando explica de qué manera el nuevo régimen ha hecho que el empleo en el sector haya subido casi 22% y que las ventas en el mercado nacional hayan repuntado en 8%. Cita el de Cali como un ejemplo brillante, ya que allí el crecimiento de esta industria bordea el 30%. La evolución tiene como antecedente un estudio de la Universidad de los Andes de 2012, que reveló que la confección generaba 376.000 puestos directos de trabajo, si bien 74,2% de la actividad se desarrollaba de manera informal.

Su cotidianidad transcurre entre tareas a las que siempre busca darles la dimensión social que ameritan. Desde conseguir una máquina para una empresaria en ciernes o asesorar la elaboración de un plan de negocios, hasta buscar la adopción de políticas sostenibles para sus agremiados y de condiciones laborales justas para los operarios, e impulsar los procesos de reconversión tecnológica.

La carrera de esta joven ha sido meteórica. Se graduó como abogada en 2010, se enroló en la oficina de abogados Barros Vélez Gutiérrez y, mientras brillaba con luz propia entre los litigantes, fue reclutada para el equipo de asesores del Superintendente de Industria y Comercio. Como lo suyo eran las relaciones interinstitucionales, un día recibió una llamada de alguien del Ministerio de Comercio Exterior que buscaba referencias sobre un profesional que estuviera dispuesto a asumir la representación de los empresarios del subsector de las confecciones, en ese momento el eslabón más débil de la cadena que integran también los textileros y los hilanderos.

Cuando preguntó por candidatos, todos los ojos se volvieron hacia ella. Y aceptó pese a que no conocía la actividad. Desde el principio estuvo dispuesta a conocer cada hilo que se mueve en la industria porque no de otra manera podía comprender su complejo entramado.

Aunque es sobrina de José Blackburn, expresidente de Telecom y dirigente galanista de peso en la década de los 90, no cree que su apellido haya pesado en absoluto para llegar a los cargos que ha desempeñado. Es soltera, vive con sus padres y en su papá –el ingeniero civil y empresario Henry Blackburn– tiene el consejero más cercano y mejor dispuesto.

La edad no parece haberle generado inseguridades. Prepara las reuniones con el mismo rigor que lo hacía con sus clases y por eso el poder de sus argumentos frente a sus interlocutores, entre los que se encuentran a diario personas de la talla de Arturo Calle, José Douer o del ministro de Comercio, Santiago Rojas, es muy fuerte, lo que contrasta con su apariencia física que podrá corresponder a la de una niña recién salida de la adolescencia.

Paisas, judíos, caleños y representantes del clúster de productores de Ibagué o del Eje Cafetero la perciben, más que como su vocera, como una aliada confiable para sus proyectos que ella les ayuda a tejer con paciencia y buen pulso.
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