| 10/30/2013 6:00:00 PM

Manos a la obra

William Camargo, el nuevo director del IDU, tiene el reto de ejecutar los $3,03 billones del cupo de endeudamiento de Bogotá. Así es el ahora hombre fuerte de las vías de la Capital.

Aunque los años han pasado, William Camargo aún recuerda con nostalgia aquella época en que, mientras su padre conducía un bus intermunicipal, él hacía las veces de ayudante. Imposible olvidar esos extenuantes trayectos de 14 horas –entre Bogotá y el Cocuy– en los que debía permanecer de pie y lidiar con el revuelo provocado por los pasajeros, el equipaje y la muchedumbre a lo largo del pasillo de la flota.

Tampoco se escapan de su mente las jornadas que dedicó en su natal Duitama, Boyacá, a ‘latonear’ carros estrellados, manejar un taxi familiar, arreglar bicicletas maltrechas o vender pasajes de bus en la terminal de transporte. Labores que, sin siquiera sospechar, serían la antesala e inspiración de una meritoria carrera técnica que, entre otras cosas, lo llevó hace pocos días a dirigir los destinos del polémico Instituto de Desarrollo Urbano de Bogotá (IDU).

Desafío que, sin lugar a equivocaciones, ha sido el mayor que le ha planteado la vida hasta hoy. Al punto que sobre sus hombros recaerá la responsabilidad –para nada fácil– de ejecutar los $3,03 billones del cupo de endeudamiento aprobado por el Concejo de Bogotá.

De sus habilidades gerenciales dependerá que esa multimillonaria partida sirva para dar vida a un rosario de ambiciosas obras. Por ejemplo, los 35 kilómetros de la Troncal de Transmilenio de la Boyacá que, según cálculos de Camargo, tendrá un costo de $713.000 millones y su ejecución podría demandar entre 36 y 48 meses, tan pronto sea adjudicado el contrato.

Y así como su voz no titubea cuando habla del Transmilenio, tampoco se quiebra al momento de vaticinar el futuro del metro. Dice convencido que en septiembre de 2014 deberá tener en sus manos todos los documentos necesarios para darle luz verde al proceso licitatorio que, una vez abierto, podría tomar unos 12 meses.

Así, mientras llegan los días para tomar esas grandes decisiones, por lo pronto la primera prueba de fuego para Camargo está a la vuelta de la esquina. A partir del próximo 22 de noviembre tendrá que devolver los $21.000 millones recaudados a comienzos de este año por concepto del derogado acuerdo de valorización. Y, a renglón seguido, deberá reprogramar una fecha para conseguir –en esta oportunidad– unos $350.000 millones con el ánimo de poner en marcha los 11 proyectos de infraestructura incluidos en esta renovada fase de valorización.

Pero, ¿cómo este boyacense humilde logró llegar a las más altas lides administrativas del Distrito? La respuesta está contenida en una admirable consigna: sus ansias de superación. Las mismas que lo motivaron –en sus años de auxiliar de bus– a estudiar ingeniería de transporte en la Universidad de Tunja para alcanzar una sola meta: convertirse en gerente de la empresa donde su padre tenía afiliada aquella flota intermunicipal.

Las cosas del destino, no obstante, cambiaron sus planes. Y todo porque a los pocos días de graduarse, su papá vendió el bus, se desvinculó de la empresa y optó por comprar una tractomula. Desencantado, el joven William no vaciló en irse a Bogotá con el único propósito de poner en práctica la condición de ingeniero que ya ostentaba. Fue entonces cuando una compañía petrolera lo contrató para que cumpliera con una labor bien sui generis: clavar estacas.

A pesar de ser su primer trabajo, una enorme frustración se apoderó de él cuando advirtió que esas rudimentarias tareas en nada se relacionaban con la profesión que había elegido. Inundado de un sentimiento de impotencia, llamó a su madre y le dijo: “quiero devolverme a Duitama. Esto no está a la altura”. De inmediato, ella respondió: “el título de doctor se lo va a ganar en el camino”.

El eco de las sabias palabras de su madre resonó y, de paso, lo invitó a trazar un nuevo derrotero para su vida. Decidido, se vinculó a la empresa CPT y a partir de ese momento comenzó una vertiginosa carrera como ingeniero dentro del sector privado. Con el paso del tiempo, su trasegar en el oficio lo llevó en 2001 a trabajar con el Distrito en calidad de coordinador dentro de la desaparecida Secretaría de Tránsito y, desde ese momento, no volvió a salir de las entrañas de la administración capitalina.

Los afectos que brotan por los poros de Camargo hacia Bogotá se desvanecen cuando habla de lo más importante para él: su familia. Quizás eso explique por qué en su agenda siempre hay un espacio para montar en bicicleta –los fines de semana– con ellos o para convertirse en el cómplice de su hijo menor cada vez que se imbuye dentro de algún juego de video.
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