| 1/22/2014 8:00:00 PM

Catador de libros

Los libreros tradicionales aceptaron el desafío de los productores digitales y se han adaptado al cambio. Eso queda claro en la historia de vida de Felipe Ossa, su decano en Colombia.

Luis Felipe Ossa se asigna a sí mismo el rótulo de ‘catador’. Para él, un buen libro es como un vino de calidad: se percibe su aroma, se aprecia su bouquet y hasta es posible identificar su cepa y su cosecha si quien lo cata sabe valorar, por ejemplo, la tendencia y estilo del escritor. Y si es capaz de anticipar cómo sabrá al paladar del lector.

Sus viñedos y sus bodegas imaginarias se encuentran en la Librería Nacional. A esta empresa editorial ha dedicado 50 de sus ya casi 70 años de vida. Por su cedazo crítico pasan mensualmente unas 900 novedades literarias y es casi seguro que nadie, como él, conozca los 70.000 títulos que están expuestos y la acogida que tienen el millón setecientas mil unidades que llegaron el año pasado para la venta.

Tiene olfato y tacto. Eso lo saben los editores que antes de imprimir un texto lo consultan con él y lo entienden bien autores de la talla de Ricardo Silva, Fernando Quiroz o Silvia Galvis (q.e.p.d.), que varias veces lo buscaron para que les ayudara a sortear predicamentos y obstáculos.

Los libros señalaron el derrotero de su vida desde los 18 años, cuando salió de su casa en busca de trabajo. La semilla del amor a ellos la sembró su padre, don Luis Ernesto Ossa Campo, dueño de la librería Estelka, un pequeño negocio que funcionaba en los alrededores del Palacio de Nariño. La librería cerró sus puertas el 9 de abril de 1948, entre las ruinas de El Bogotazo, pero no alteró su sentimiento hacia los libros.

En 1963 tocó a las puertas de la Librería Nacional. Allí lo emplearon primero como ayudante de bodega, luego como auxiliar de ventas y, más tarde, cuando el conocimiento que acumulaba lo llamaba a mejores destinos, le confiaron la dirección en las librerías de Bogotá. Luego se hizo socio y aunque su participación es importante pero minoritaria, comparada con la de los otros dueños, todos allí lo reconocen como alma y nervio de la compañía.

Dice con frecuencia que ya está retirado y que los libros son para él el más lindo de sus pasatiempos. Nadie, ni sus colaboradores más cercanos, se lo creen. Entre otras cosas porque no es extraño verlo llegar muy temprano a uno de locales dispuesto a brindar asesoría no solo a los editores sino a los clientes. Y él está allí, vital y bien dispuesto. Aconseja con la misma entrega a los eruditos o a compradores pintorescos como aquel hombre que algún día le pidió un libro sobre las virtudes de la fidelidad y la abnegación para regalárselo a una joven con la que sostenía una relación a distancia.

Pero a diferencia de los catadores que cobran el precio de su paladar privilegiado, él no solo “prueba” y aprueba el producto, sino que guía con el ejemplo. Dueño del buen criterio que heredó de su mentor, Jesús María Ordoñez, fundador de la librería, también los sabe escribir. Su libro Los héroes de papel es uno de los pocos trabajos en lengua castellana sobre el centenario del comic americano. Leer para vivir es una obra que recoge el eco de sus clamores para despertar a una sociedad que cada día parece valorar menos el ejercicio de la lectura.

No le teme a la emergencia acelerada y desbocada de los contendidos digitales. Para él, el desarrollo de la industria ha sido un constante ejercicio de surfeo entre las agitadas olas del mar de la competencia. Es allí donde se sostiene sobre la tabla aquel que sepa adaptarse a los cambios. Por eso su empresa está asociada a las más importantes plataformas digitales y tiene en ellas una oferta que cubre las necesidades del mercado.

Desde la arena de la industria ha podido percibir que los gladiadores de las empresas digitales han ganado en Colombia apenas 5% del mercado (calcula que en Estados Unidos han conseguido el 20%). La mayor parte de los duelos los están perdiendo, sin embargo, los libros de texto porque los profesores aconsejan cada vez más documentos que pueden ser bajados de plataformas virtuales, convertidos en PDF o simplemente fotocopiados.

Pero, como suele decir, la guerra no está perdida porque la memoria de la humanidad está escrita en los libros y porque los libros –los impresos– siempre fueron minoritarios: aun en los tiempos de auge de los impresos, la venta de una edición de 3.000 o 4.000 ejemplares se consideraba un logro mayor. Y está claro que ni la semilla, ni la cepa ni la cosecha se echarán a perder mientras exista amor por el conocimiento.

En el caso colombiano, lo importante no es quién gane, si las huestes de lo digital o los destacamentos del impreso. No, lo importante es que la gente no pierda el hábito de la lectura porque eso equivaldrá al rezago definitivo de la sociedad.
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