| 5/9/2012 6:00:00 PM

Populismo costoso

El gobierno Santos entró en una nueva fase de su mandato: la del populismo. Los costos de la nueva estrategia pueden resultar demasiado elevados y poner en entredicho la estabilidad fiscal.

Por muchas razones, el presidente Santos le dio un timonazo a su estrategia de Gobierno: la consigna ahora es mejorar la percepción que los ciudadanos tienen sobre su administración y para ello va a quemar todos los cartuchos que tenga disponibles.

Hay dos anuncios que ponen en evidencia la nueva estrategia. Primero, el Presidente informó al país de un ambicioso plan de viviendas gratis para los más pobres de los pobres, que liderará Germán Vargas Lleras. Pero eso no fue todo, algunos días después, el mismo Santos se lanzó con un anuncio que muchos esperaban y que desarticuló un inminente paro de transportadores: el precio de la gasolina bajaba $37 para mayo.

Muchos de los críticos y opositores bautizaron esta nueva fase del Gobierno como populista. Y tienen toda la razón, porque el Presidente lo reconoció y dijo que si ayudar a los pobres era populismo, pues él mismo se declaraba populista.

La pregunta que queda ahora en el aire es cuáles son los riesgos y costos de esta estrategia. Todo indica que las noticias no son alentadoras.

¿Cuánto vale el timonazo?

Santos tenía razones de sobra para tratar de mejorar su imagen ante la opinión pública. Primero, las encuestas mostraban una caída vertiginosa en la percepción sobre su gobierno y, como si fuera poco, en el Congreso están sacando las uñas, con proyectos de moción de censura contra varios de sus Ministros. Avanzan iniciativas de este tipo contra Mauricio Cárdenas, Juan Carlos Echeverry y Germán Cardona. Las regalías, los atrasos en la infraestructura y los precios de los combustibles son el caballito de batalla de quienes quieren por fuera del gabinete a estos Ministros, por su falta de resultados. Es evidente que estas mociones no prosperarán, pero los intentos son otro indicador de que algo anda mal en el engranaje del Gobierno con la opinión pública.

Ya entrados en gastos, y con el propio Presidente proclamándose como populista, es necesario poner sobre la mesa los costos y riesgos de estas movidas.

La promesa de regalar 100.000 casas vale $600.000 millones al año. Sin embargo, otros dicen que podría costar hasta $3 billones al año. Esto es posible, bajo el supuesto de que todo salga bien y no se presente un descalabro con la estrategia, similar al de las viviendas rurales. Se supone que para ello está el ministro de Vivienda, Germán Vargas. Pero el tema de fondo es ¿quién va a garantizar continuidad de la política? Esa es una pregunta que todavía no tiene respuesta, pues es claro que todo dependerá de la situación fiscal futura; y aquí es donde empezamos a entrar en materia.

El otro anuncio populista, el de reducir $37 el precio de la gasolina, también tiene costos enormes. La decisión adoptada por el Ministerio de Minas no tiene sustento técnico, pues desde hace más de un año el país tiene una deuda billonaria con el Fondo de Estabilización de los Precios de la Gasolina. De hecho, en enero pasado el Ministerio de Hacienda abrió un crédito en el presupuesto nacional de $1,7 billones para cubrir ese hueco.

Así que el país está acumulando un pasivo con los precios de los combustibles que se está cubriendo con dineros públicos. Lo que se necesitaba para mayo era mantener el costo de la gasolina, para empezar a financiar ese déficit que crece mes tras mes. Pero el Gobierno decidió todo lo contrario: subsidiarles $37 a los colombianos en cada galón.

Así queda en evidencia que el Gobierno está dispuesto a jugársela con tal de que ciertas decisiones no le representen un costo político; el mensaje de fondo es muy claro: en este momento, lo de menos es cuánta plata hay que poner sobre la mesa. Aquí es donde está el quid del asunto: la estrategia populista tiene costos que se giran contra el Presupuesto, que siempre será finito. El ministro Echeverry tal vez ha tenido días muy agitados calculando hasta dónde pueden llegar los ofrecimientos de Santos.

Miremos el caso de la gasolina; lo que está en juego es el flujo de caja de la Refinería de Cartagena, que es uno de los activos más importantes de Ecopetrol, y la plata del fisco nacional; para el Presidente, esa no es una consideración en este momento, y por eso, se da el lujo de revivir, veladamente, la antigua política de subsidios a los combustibles, que se llevaba al año $6 billones; es decir, un punto del PIB de hoy. Con candela no se juega, porque si los precios siguen al alza, va a ser más difícil desmontar el esquema en el futuro.

El país atraviesa una bonanza fiscal que tiene disparados los ingresos por impuestos. El propio Gobierno ha reconocido que lo de las viviendas se puede hacer porque ?hay espacio fiscal. Una estrategia de manos llenas puede desembocar en que muchos recursos se vayan por el sifón en malas políticas, como la de seguir subsidiando los combustibles, o construir unas cuantas casas que no resuelvan el déficit descomunal de vivienda en el país. Aquí Santos tiene que diferenciarse: no es lo mismo hacer las cosas como Hugo Chávez, su nuevo mejor amigo, a hacerlas como Lula Da Silva; en un escenario se gasta sin consideraciones una bonanza que es finita; en el otro, se definen políticas que realmente benefician a la población y que ayudan a impulsar la demanda agregada.

Eso es lo que el presidente Santos tiene que advertir y su Ministro de Hacienda, evitar: que el país entre en una política de gasto que ponga en tela de juicio uno de los principales logros de los años recientes en Colombia: la solidez de las finanzas públicas. Si no lo logra, le estaría dando la razón a uno de los principales críticos de la actual administración: el expresidente Álvaro Uribe, quien dice que Santos es derrochador.

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