| 10/27/2016 12:00:00 AM

¿Qué viene para la economía colombiana?

La economía enfrenta una desaceleración pronunciada debido a la desmejora de los términos de intercambio. ¿Logrará rebotar el año entrante o quedará cerca de una recesión?

El crecimiento de la economía colombiana en el segundo trimestre de 2016 resultó menor a lo previsto, como consecuencia de una prolongación de la caída de la inversión y una desaceleración del consumo privado.

Por el lado de la oferta, la desaceleración se debió a la persistencia de la recesión en la actividad petrolera y las telecomunicaciones, a la ralentización de la construcción y del comercio, junto con el estancamiento agropecuario y de la generación de electricidad y transporte de agua, como efecto del Fenómeno del Niño. Sin embargo, la expansión de la industria, impulsada por la entrada en operación de Reficar y la sustitución de importaciones, junto con la mayor intermediación financiera y el incremento de los servicios ayudaron a sostener la actividad económica.

La menor expansión de la demanda interna contribuyó a estrechar el desbalance externo por tercer trimestre seguido. Así, la economía continuó el ajuste del gasto doméstico al incremento menos dinámico del ingreso nacional, debido al descenso de los términos de intercambio.

El resultado inesperado del segundo trimestre condujo a los analistas a reducir los pronósticos para 2016, de 2,5% a 2,2%; y para 2017, de 2,9% a 2,6%, según el promedio de la encuesta del Banco de la República.

Los indicadores de actividad que se conocen para el tercer trimestre parecen concederles la razón. En el bimestre julio-agosto las ventas al por menor decrecieron -2,4% anual, las licencias de construcción -12,4% anual y la producción de concreto premezclado -18% anual, mientras que la producción y los despachos de cemento gris lo hicieron -9% y -10,9% anual. Los egresos por importaciones de bienes prolongaron su descenso en el bimestre a -19,7% anual.

En contraste, la producción industrial se incrementó 1,5% anual, la confianza de los industriales y los comerciantes en la encuesta de Fedesarrollo se mantuvo alta, al tiempo que la utilización de la capacidad instalada de la industria se incrementó.

En la misma encuesta, la percepción del ritmo de construcción total respecto del año anterior persistió en terreno negativo en el tercer trimestre, aunque la de las edificaciones se volvió positiva. Por último, las expectativas de la construcción de edificaciones para el cuarto trimestre del año retornaron a terreno positivo, mientras que las de la construcción total permanecieron negativas, pero mucho menos que antes.

Sin embargo, en ese sondeo las condiciones económicas y sociopolíticas para la inversión permanecieron negativas en agosto, con leves mejoras respecto de mayo. En otro posterior, también de Fedesarrollo, la confianza del consumidor continuó negativa en septiembre, aunque menos que en los meses anteriores.

Este conjunto de datos sugiere que la desaceleración del crecimiento se habría prolongado en el tercer trimestre (a una tasa de 1,9% anual en la encuesta del Banco de la República) por otra caída de la inversión y una ralentización del consumo. Además, es posible que el incremento menos dinámico de la demanda interna siguiera estrechando el desbalance externo, pues el déficit comercial del bimestre julio-agosto se redujo en US$1.142 millones.

A pesar del repunte esperado para el año entrante, el sesgo a la baja en los pronósticos de crecimiento de los analistas coincide con la opinión de la Junta Directiva del Banco de la República, que en las minutas de la reunión de septiembre consideró que los riesgos de la economía se inclinan más en la dirección de una desaceleración de la actividad que hacia una convergencia más lenta de la inflación a su rango objetivo en 2017.

Aunque el desbalance externo se ha reducido y es probable que continúe en esa tendencia el resto del año y el entrante, los requerimientos de capital extranjero para financiar el exceso de gasto doméstico todavía son considerables.

Por este motivo, con el fin de preservar la confianza de los inversionistas, sobre todo después de las dudas sobre la estabilidad institucional del país y la gobernabilidad de la administración del presidente Santos, sembradas en el exterior por la negativa de refrendar el acuerdo de La Habana en el plebiscito, urge la aprobación del proyecto de reforma tributaria presentado por el Gobierno a consideración del Congreso.

La reforma busca conseguir los ingresos para compensar la disminución de la renta petrolera y el desvanecimiento de algunos impuestos temporales a partir de 2018, con el fin de encausar el déficit fiscal y la deuda pública a las trayectorias decrecientes establecidas por la regla fiscal, sin recortar el gasto público, sobre todo el de inversión.

El descenso del déficit fiscal le abriría espacio a la inversión privada, sacrificada hasta ahora para ajustar la demanda interna al incremento menos dinámico del ingreso nacional. Con la escasez de fuentes de crecimiento que tiene la economía, es indispensable estimular la inversión privada. Por este motivo, el proyecto plantea disminuir la tributación de las empresas para mejorar su competitividad e incentivar una mayor productividad por medio de la inversión en bienes de capital. De esta manera también mejoraría la capacidad de crecimiento potencial de la economía.

Es probable que la reforma disminuya el ingreso neto de los hogares, tanto por el incremento en la tasa como por una pequeña extensión en la base del IVA, así como por el impuesto sobre los dividendos y la ampliación de la base del impuesto de renta de las personas naturales. Sin embargo, por lo general el impacto negativo de los impuestos es menor que el positivo del gasto público, por lo cual resultaría más perjudicial para la demanda y la actividad económica recortar el gasto del gobierno que subir el recaudo tributario.

Si no se lograra aprobar la reforma, el país sufriría una desmejora de la calificación de su deuda, quizá por debajo del grado de inversión. En tal caso, perdería la confianza de los inversionistas, lo cual produciría una fuga de capital, una depreciación mayúscula de la tasa de cambio, una desvalorización de las acciones y la deuda pública, junto con un incremento pronunciado del riesgo soberano.

Todo ello obligaría a subir las tasas domésticas de interés para tratar de restablecer la paridad con las tasas externas y prevenir otro desborde de la inflación. En esas circunstancias, la demanda interna se desplomaría y la economía podría entrar en una recesión. De este modo, las perspectivas de la economía colombiana dependen de manera crucial de la aprobación oportuna de la reforma tributaria.

En el caso de lograrla, la actividad económica podría repuntar en 2017, como proyecta la mayoría de los analistas. En el evento contrario, quedaría al borde de una recesión.

Lea también: El tema económico antes y después del plebiscito

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