| 4/14/2016 12:00:00 AM

La estabilidad macroeconómica colombiana, en riesgo por la inflación

En máximo ocho años, la inflación se convirtió en otra amenaza para la estabilidad macroeconómica del país, que lesiona su competitividad y arriesga la confianza de los consumidores y los inversionistas.

Al cierre del primer trimestre la inflación al consumidor en Colombia continuó en la senda de alza que sigue desde 2014. En marzo alcanzó la mayor tasa anual de los últimos 15 años (7,98%), que la aleja del límite superior del rango objetivo del Banco de la República –entre 2% y 4% anual– y la encamina hacia los dos dígitos. El resultado de marzo sorprendió a los analistas, que pronosticaron en promedio una menor inflación (7,7% anual) en la encuesta del Emisor.

La salida de curso de la inflación desde los primeros meses del año pasado se debió a la tendencia al alza de los precios de los alimentos. Desde mediados del año las presiones inflacionarias se intensificaron también por el incremento de los precios de los bienes transables.

Además, el aumento de los precios de los bienes no transables se sumó a la tensión inflacionaria desde el último trimestre y las subidas en los precios de los bienes y servicios regulados la reforzaron desde diciembre. La inflación básica, que excluye las variaciones en los precios de los alimentos, también excede el límite superior del rango meta del Banco de la República desde mediados del año pasado y se inclina al alza. Se trata, por tanto, de un fenómeno generalizado en la mayoría de las canastas que componen el Índice de Precios al Consumidor (IPC).

La inflación baja constituyó un soporte primordial de la estabilidad macroeconómica del país en la última década, junto con el dinámico crecimiento del PIB, la baja en la tasa del desempleo y la sostenibilidad de los déficits fiscal y externo.

La estabilidad fue uno de los pocos factores que mejoraron la competitividad de la economía colombiana. Gracias a ella, los mercados redujeron las primas de riesgo del país, las calificadoras le devolvieron el grado de inversión y los inversionistas y los consumidores le otorgaron su confianza. Por la importancia de la inflación como ancla de la estabilidad macroeconómica, conviene preguntarse si su desboque tiene retorno.

Según el Banco de la República, la salida de curso de la inflación se debe a dos choques de oferta: el Fenómeno del Niño y la depreciación del peso. La escasez de lluvia causada por el Niño redujo la oferta de los alimentos, lo cual elevó sus precios. Ocasionó también una menor oferta de energía eléctrica de las plantas de generación hidráulica y una mayor demanda de gas para alimentar las de generación térmica, de modo que se incrementaron tanto los precios de la electricidad como los del gas.

La devaluación de la tasa de cambio aumentó los precios de los bienes de consumo transables y de los insumos importados, cuyo incremento se transmitió a los bienes finales. Además, contribuyó a aumentar los costos de los bienes no transables y los de los bienes y servicios con los precios regulados.

La tendencia al alza de la inflación tiene además efectos de segunda ronda. Por una parte, desalinea las expectativas –como se aprecia en los pronósticos promedio de inflación de los analistas en la encuesta del Banco de la República para diciembre de 2016 (5,7%) y marzo de 2017 (4,4%)– que superan el límite superior del rango objetivo. Por otra, la alta inflación también repercute en los incrementos de los precios de algunos bienes y servicios en los cuales opera la indexación.

El hecho de que la inflación básica (6,3% anual como promedio de los tres indicadores usados por el Banco) y la de bienes no transables (4,8% anual) excedan el límite superior del rango meta sugiere que la economía todavía tiene un exceso de demanda interna, como sostiene el codirector Carlos Gustavo Cano. Esta hipótesis es afirmada también por la magnitud del déficit externo del país.

En consecuencia, aunque los choques que sacaron la inflación de curso tienen efectos temporales que se deberían desvanecer en el segundo semestre del año, después de finalizar el Niño y al estabilizarse la tasa de cambio, la desalineación de las expectativas, la indexación y el exceso de demanda dificultan el regreso de la inflación a la meta. Esto tampoco resulta favorecido por los incrementos exagerados de los salarios que tuvieron lugar en 2016. Por estos factores, la convergencia tendrá lugar solo hasta 2017, encaminada por el estrechamiento de la postura monetaria y el crecimiento de la economía por debajo de su potencial.

Aunque en principio el Banco de la República no debería reaccionar a los efectos de choques temporales sobre los precios, tuvo que hacerlo subiendo la tasa de interés de la política monetaria –hasta ahora en 200 puntos básicos–, para morigerar el exceso de demanda, realinear las expectativas y quebrar la incipiente indexación. En opinión del codirector Cano, la postura monetaria todavía es expansiva, porque la tasa de interés real de la política es negativa (-1,5%). Por este motivo, el Emisor debería continuar el incremento de la tasa de interés de una manera “contudente”, para llevarla hacia el 2% en términos reales.

Una parte no despreciable del rebrote inflacionario es el precio de permitir que la tasa de cambio fuera la variable principal de ajuste de la economía al descenso de los precios de las materias primas exportadas y al estrechamiento del entorno financiero internacional. En lugar de ello, el Banco de la República hubiera podido optar por vender moneda extranjera en el mercado cambiario para atenuar la depreciación de la moneda, como hicieron otros bancos centrales de la región, que controlaron de un modo más eficaz la inflación, como sugiere el profesor Marc Hofstetter, de la Universidad de los Andes.

También hubiera podido iniciar antes el tránsito de la postura monetaria hacia la neutralidad, con lo cual hubiera evitado la desalineación de las expectativas y el riesgo sobre su credibilidad, al tiempo que hubiera logrado un estrechamiento mayor del exceso de demanda. Pero entonces la economía habría sufrido una mayor desaceleración.

Si la depreciación de la tasa de cambio ayuda a cerrar el déficit externo, sin un gran costo en la actividad económica y el empleo, la pérdida de poder adquisitivo del peso no lucirá tan onerosa para los consumidores. En tal caso, el rebrote temporal de la inflación habrá pagado la disminución de la vulnerabilidad externa de la economía y permitirá preservar la estabilidad macroeconómica del país en el mediano plazo.

Lea también: Es mínima la probabilidad de que la inflación llegue a 10%: codirector BanRep

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