| 5/30/2013 4:00:00 PM

La culpa es del agua

200 constructores de la capital dicen estar ad portas de la bancarrota por las políticas de Petro en materia de agua. Según ellos, sus pérdidas superan ya los $30.000 millones y han dejado de generar 70.000 empleos.

Pocas veces en la historia de Bogotá se había entretejido una maraña política, económica y social tan compleja como la que hoy está cobijando a la ciudad. Por un lado, el alcalde Gustavo Petro cuenta con angustia los días para ver cómo termina el proceso revocatorio que busca ponerle fin a su mandato. Al mismo tiempo, espera impaciente a ver si la Procuraduría decide destituirlo o no por la controvertida forma en la que echó a rodar el nuevo esquema de recolección de basuras. Algunos miembros del Concejo capitalino, por su parte, empezaron a caer como fichas de dominó luego de que el expresidente de esa corporación, Hipólito Moreno, y el cabildante José Juan Rodríguez, terminaran confinados en la cárcel La Picota por su participación en el carrusel de contratos.

Y ahora, como si lo anterior no fuera suficiente, las medidas adoptadas por esta Administración en materia de agua y redes de acueducto –que pretenden ser refrendadas en la actual revisión del Plan de Ordenamiento Territorial (POT)– tienen a más de 200 constructores de la capital ad portas de la bancarrota. Al punto que, tal y como figura en sus libros, a estas alturas muchos de ellos han perdido cerca de $30.000 millones y han dejado de generar alrededor de 70.000 empleos.

Por eso, no resulta extraño que los conocedores del tema repitan sistemáticamente una frase que cada día retumba con más fuerza dentro del sector: “el negocio de la construcción en Bogotá llegó a un punto de no retorno”. Eso explica por qué en la tarde del pasado miércoles 22 de mayo, los representantes legales de las 200 constructoras afectadas optaran por reunirse en un edificio del barrio Cedritos para, con cabeza fría, hacerle frente a este problema que crece como espuma.

Al cabo del encuentro y luego de exponer durante varias horas cómo, según ellos, vienen siendo ‘víctimas’ de las políticas de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB), los constructores ahí presentes aprobaron en forma conjunta un documento de 34 páginas en el que se quejan formalmente ante la Superintendencia de Servicios Públicos y dejaron constancia en los ministerios de Vivienda y Hacienda de la manera en la que la EAAB los condujo a la situación económica que hoy los aqueja.

Pero, ¿de qué se trata su malestar con la EAAB y en qué consiste la queja? La respuesta está contenida en el escrito radicado aquel día ante la Superservicios y conocido por Dinero. A lo largo de 22 puntos y 14 peticiones, el documento plantea una posición dominante de la Empresa de Acueducto, la cual –sin tener en cuenta las leyes– está obligando a las firmas constructoras a asumir los costos de modernización y mantenimiento de las desvencijadas redes de acueducto y alcantarillado de la capital.

A los ojos de los constructores, las peticiones que les hace la EAAB son impositivas: “realizar análisis, levantamiento topográfico e inspección de redes existentes, así como el diseño y construcción de la infraestructura de las redes públicas, para acceder a los procesos y trámites requeridos en la obtención del servicio de acueducto y alcantarillado ante la EAAB”. Esta es una de las reglas que está poniendo la Empresa.

Édgar Hernando Oliveros Córdoba, representante legal del Consorcio Takoa y de las 200 constructoras afectadas, con código en mano, explica que cada una de esas tareas las debe cumplir el Estado. “En Colombia, las vías y las redes son públicas y al tener esta condición –de acuerdo con la Ley 142 y el Decreto 302 del 2000– su mantenimiento y ampliación, en el caso de Bogotá, es responsabilidad de la EAAB. Pero a pesar de eso pretenden que la renovación la hagamos los privados, una situación que ya está incrementando los costos de la construcción y, a la vez, generando una burbuja especulativa en materia de vivienda”, remata el empresario.

Lo más preocupante de todo esto es que, a pesar de que muchas firmas constructoras han cumplido a carta cabal con las disposiciones de la EAAB –en cuanto a la modernización de redes que les corresponde– la Empresa aún no les ha suministrado agua a sus proyectos terminados. Por eso, cientos de urbanizaciones y edificios del norte de Bogotá tienen que valerse de carros-tanque para acceder al líquido. ¿Hasta dónde llegará esta situación?.

La letra menuda

Aunque el rosario de quejas de los constructores hace especial énfasis en las pautas que, a su juicio, les está imponiendo la EAAB, también toca otros asuntos; por ejemplo, el deterioro de las redes de acueducto y alcantarillado de los barrios Cedritos, Los Cedros, Contador y Bella Suiza. Tras hacer una inspección de las redes de esas zonas y grabarlas en video, los constructores demuestran que su estado es lamentable (ver fotos en www.dinero.com).

Dicen, además, que el inocultable deterioro en la infraestructura de acueducto en los barrios mencionados se debe a la negligencia de la EAAB, pues a pesar de tener los recursos para modernizarla, nunca lo hizo. Hoy, según cálculos extraoficiales, remozar todas las redes de Bogotá podría costar poco más de $3 billones. Una partida para nada despreciable que, tal y como van las cosas, tendrá que salir del bolsillo de los privados.

Las preocupaciones de los quejosos no se detienen ahí. Están convencidos, además, de que los dineros que tiene la EAAB para renovar las redes se están destinando para hacer populismo. “Con esa plata, el actual gobierno distrital está subvencionando la tarifa de acueducto de los estratos 1, 2 y 3, cuando la debió haber invertido en infraestructura hace tiempo”, apunta Oliveros.

Lo cierto acá es que por primera vez en lo corrido de la era Petro, más de 200 constructores de Bogotá se quejaron formalmente ante la Superservicios. Un episodio que sienta precedente sobre un problema que –aunque era un secreto a voces– nadie se atrevía a ventilar. Así las cosas, serán los órganos de control y vigilancia quienes dicten la última palabra.
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