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Mezclarse con la gente y apropiarse de los problemas locales, son componentes de la nueva estrategia del presidente Juan Manuel Santos.

| 3/8/2013 2:00:00 PM

En casa de herrero…

Aunque Santos es un estadista con formación de periodista, no logra conectarse con la gente. Tras despedir a sus más cercanos asesores en comunicaciones, ahora le apunta a una nueva estrategia para llegarle al pueblo.

El presidente Juan Manuel Santos sacó con un palustre porciones de cemento recién batido en un balde, las esparció proporcionalmente sobre una base de concreto y luego, dando golpes secos con el mango de la herramienta, dejó fijada la primera piedra del Palacio de Justicia de Ramiriquí. Su traje oscuro no se chispeó, ni el nudo de su corbata roja de seda, ajustada al cuello de una camisa blanca, se descompuso. Tampoco su semblante alegre.

Eran las 9:43 de la mañana del viernes primero de marzo y Santos, el primer mandatario que pisaba aquella tierra boyacense, acababa de llegar por el costado oriental del pueblo. Desde allí debía avanzar casi un kilómetro por calles empinadas para llegar al atrio montado en la plaza principal. Prefirió cubrir aquel trecho caminando, en compañía de Alfonso Vargas, un hijo de la comarca que ese día sería condecorado por haber coronado con la Presidencia del Consejo de Estado una carrera de 34 años que comenzó como celador del alto tribunal.

Los seguían los jóvenes de la Sinfónica de la Escuela Ramón Idelfonso Martínez que interpretaban las notas de La gallina mellicera, del maestro carranguero Jorge Veloza. El presidente se detenía para saludar a los niños de los colegios locales que batían banderas blancas, para estampar besos en las mejillas de las mujeres y para estrechar manos como la de aquel labriego que se le acercó para decirle: “Está fregada la vaina con los campesinos cafeteros, pero no olvide doctor que aquí también habemos (sic) campesinos”.

Ese día se advertirían los primeros giros en la estrategia adoptada por él mismo para desafiar las encuestas que muestran que su popularidad está a la baja y para acallar las críticas de quienes interpretan los recientes retiros de su asesor de comunicaciones y de su secretario de prensa como pruebas palmarias de que el estadista, con formación de periodista, tiene dificultades para llegarle a la gente, para comunicarse con ella.

Ya algunos de los once congresistas boyacenses que lo acompañaban ese día en Ramiriquí le habían aconsejado alejarse un poco de los rasgos flemáticos adquiridos en Londres cuando, de la mano de connotados dirigentes como Tony Blair, acarició la doctrina política conocida como Tercera Vía. “No está mal seguir el consejo de Álvaro Gómez que solía decir que era necesario meterle pueblo a la democracia”, le dijo con franqueza raizal un miembro de la bancada conservadora.

Meterle pueblo a la democracia significaría mostrar un interés más genuino por los asuntos locales y sectoriales sin caer en el exceso de microgerencia que caracterizó a su antecesor. Y ese día en Ramiriquí, durante la caminata hasta el atrio, Santos preguntó con propiedad sobre asuntos como la formalización de la propiedad rural en la provincia de Márquez y se anticipó al discurso del alcalde Moisés Aguirre al indagar sobre la carretera transvial Boyacá-Magdalena Medio, la construcción del hospital regional de San Vicente y el proyecto para dotar de tabletas digitales a 410 estudiantes.

De lágrimas y ancestros


La ocasión se prestaba para poner en práctica otros dos componentes de su estrategia: abordar un discurso que, sin sacrificar su fondo, toque las fibras sensibles de los auditorios y aplicar un tono y una dialéctica más decidida para replicar los ataques de una oposición que, encabezada por un expresidente, le apuesta a estrechar sus márgenes de gobernabilidad.

En el parque José Ignacio de Márquez –donde hizo una ofrenda floral ante el busto del ramiricense que fue el primer presidente civil de la Nueva Granada– lo esperaban el Consejo de Estado en pleno, los presidentes de las demás cortes, el Procurador, la Contralora, el Fiscal, el Defensor del Pueblo los consejeros electorales y el presidente del Congreso. Era la primera vez que las cabezas de los poderes públicos se congregaban en un pueblo pequeño.

Apartó sus ojos del telepronter y del discurso impreso que acababa de entregarle su edecán y dijo que su gobierno y los asistentes le estaban enviando al país un mensaje de unidad de Estado.

Soltó sátiras y disparó saetas. Recordó que al llegar a su cargo las relaciones entre el Ejecutivo y la justicia estaban incendiadas por obra de espíritus pendencieros que atacaban sin consideración la institucionalidad y desoían los mandatos de unidad nacional. Una salva de aplausos lo interrumpió antes de que dijera que los odios y las inquinas estaban conspirando contra la paz.

También arrancó lágrimas al hacer una semblanza del homenajeado Presidente del Consejo de Estado, a quien se refirió como el experto jardinero, el estudiante nocturno, el notificador, citador y portero “hijo de campesinos que con sus manos benditas labraron una tierra que es cuna de la civilidad”. Algo poco usual en él: apeló a los íconos de aquella tierra e incluyó en sus evocaciones las gestas ciclísticas del también ramiricense Pedro Soler, campeón de la montaña del Tour de Francia.

De entrada, se quiso desprender del estigma de centralista que, según el semiólogo César Africano, le han impuesto los que lo encuentran más cerca de palabra y de obra de la caótica Bogotá que de la sufrida provincia. “¡Qué felicidad –exclamó– estar en esta tierra bendita! Y lo digo de corazón porque mi abuelo y mi padre eran boyacenses y eso me hace a mi boyacense por sangre y afecto”.

Los rígidos protocolos se deshicieron. Comió una arepa recién horneada, ordenó cambios en su agenda y se quedó a almorzar en un restaurante típico. Los cambios de forma comienzan a advertirse. ¿Quedan pendientes los de fondo?.

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