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“El Estado soy yo” fue una de las frases que hicieron célebre al rey francés Luis XIV. Con algunas de sus medidas, Petro parecería replicar esta filosofía.

| 10/11/2012 12:00:00 AM

El Estado soy yo

Con iniciativas como la de crear una empresa de basuras, un banco y una central de abastos, Gustavo Petro muestra su inclinación por los modelos estatistas. Qué está en juego.

Cuando le preguntan por el vínculo que alguna vez tuvo con Hugo Chávez, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, prefiere guardar silencio. De su mente, sin embargo, no podrá borrar aquellos consejos que le entregó al mandatario venezolano cuando este apenas se aprestaba a tomar las riendas de su país. “Si quieres gobernar Venezuela, debes tener absoluto control del petróleo y de los medios de comunicación”. Esa frase, según cuentan miembros del círculo más estrecho del Alcalde, fue la gran herencia que le entregó Petro a la revolución socialista de Chávez.

Un modelo que hoy muestra a Venezuela sumergida –al mejor estilo de la izquierda más recalcitrante– en las turbulentas aguas del estatismo puro. Guardadas las proporciones, dicho fenómeno empieza a cobrar notoriedad en la administración de Gustavo Petro. Iniciativas como la de crear una entidad distrital para hacerse cargo de la recolección de las basuras o un banco encaminado a otorgarles créditos a los sectores populares de la capital, son dos ejemplos que evidencian los lazos ideológicos que unen al Alcalde de Bogotá con el modelo estatista de Venezuela.

Para entender el asunto, vale la pena revisar aquellas propuestas del Alcalde que están impregnadas con ese controvertido tinte. La primera tiene que ver con la empresa pública de recolección de basuras que, tal y como lo ha dicho la Administración, empezará a operar en diciembre próximo bajo el modelo de libre competencia. Es decir: el Distrito se convertirá en un actor más de ese rentable negocio que mueve $200.000 millones al año y en el que hoy aparecen cuatro jugadores privados: Atesa, Ciudad Limpia, Lime y Aseo Capital.

Muchos dirían que se trata de una oportunidad de oro para que Bogotá tome partido sobre las utilidades que genera el sector. No obstante, conocedores del tema advierten que podría repetirse la tristemente célebre historia de la Edis, que no fue más que un fortín de burocracia, corrupción, ineficiencia y pérdidas. Tanto así, que al momento de su liquidación, durante la alcaldía de Juan Martín Caicedo, los libros contables de la entidad mostraban un déficit cercano a los $3.500 millones de la época.

Pero más allá de los temas del pasado, inquieta que la parte de la recolección de desechos sólidos del Distrito va a quedar en cabeza de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB). La preocupación radica en los altos costos que deberá asumir esa entidad al momento de comprar la flota de camiones recolectores y poner en marcha su operación –ya hay cálculos que hablan de más de $20.000 millones–. Una partida que nunca se incluyó en el Plan de Desarrollo.

Adicional a eso, según Antonio Sanguino, concejal del Partido Verde, “un obrero contratado por el Acueducto cuesta tres veces más que uno contratado por los privados”. Y agrega: “la carga prestacional de un trabajador de la EAAB equivale a un 93% contra el 53% que le cuesta al sector privado”. ¿Valdrá la pena embarcarse en una aventura de estas?

Feria de entidades


No muy distinto al panorama de la empresa de las basuras, es el futuro del banco que pretende crear el Distrito. Tal y como lo reveló Dinero (Edición 407), la Administración tiene las baterías enfiladas en la implementación de una entidad financiera orientada a apalancar proyectos de emprendimiento en los sectores más populares de la ciudad, mediante créditos blandos.

La idea no suena mal. Pero detrás de ella, a juicio de más de un analista consultado, se esconden tres factores inquietantes. El primero está relacionado con el hecho de que los excedentes de caja de la ciudad –al año son de $4 billones– terminen convirtiéndose en la fuente principal de los créditos que quiere ofrecer el banco. Hipótesis que, en conversación con periodistas de esta Revista, no descartó Carlos Simancas, secretario de Desarrollo del Distrito.

Lo segundo que preocupa, según Miguel Uribe, concejal liberal, es que la naciente entidad financiera “se vuelva la caja menor de Petro para regalar plata y hacer política con los recursos del Distrito”. Y, finalmente, advierten los expertos, que en Colombia está demostrado que cuando el Estado ha hecho las veces de prestamista el resultado siempre ha sido el mismo: la quiebra, como ocurrió con el Banco del Estado y La Caja Agraria.

A todo lo anterior habría que sumar una última iniciativa del Alcalde que está esbozada con los trazos del modelo estatista. Consiste en la venta de 4% que hoy tiene la ciudad sobre la composición accionaria de Corabastos. El objetivo es claro: crear una entidad totalmente distrital que, en palabras del propio Simancas, se llamaría Alimentos Bacatá y tendría un costo aproximado de $80.000 millones.

Buena parte de la visión de ciudad de Petro, sin embargo, no se circunscribe al tema del estatismo. También recae sobre él una tendencia asistencialista que, a la luz los analistas, podría salirle cara a Bogotá. Un ejemplo es el subsidio a la tarifa de Transmilenio que al mes le cuesta a la ciudad $12.000 millones. “Lo que llama la atención es que dicho monto proviene del fondo de estabilización de Transmilenio que a partir de este mes se quedará sin recursos. Eso significa que Petro tendrá que echar mano de la plata de la ciudad”, anota Orlando Parada, concejal de la U.

La lista de iniciativas de Petro, que muestran ese espíritu estatista y asistencialista, es de nunca acabar. Tal vez, esos planteamientos fueron los que le dieron la victoria a Hugo Chávez en Venezuela y lo mantendrán por seis años más en el poder. De seguir transitando por esa senda, ¿obtendrá Petro los mismos réditos políticos?
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