| 8/31/2017 12:01:00 AM

¿Qué tan cierto es que estamos estancados?

En el segundo trimestre la economía no repuntó, pero tampoco se desaceleró. Aunque la demanda interna muestra algún signo de recuperación, los resultados siguen generando incertidumbre. Muchos se preguntan si Colombia va a continuar estancada.

Los resultados de la actividad económica en el segundo trimestre del año son agridulces. En este período el PIB se incrementó 1,3% anual y 0,7% trimestral, muy cerca de lo esperado por el promedio de los analistas (1,4% anual y 0,8% mensual). Además, la tasa de crecimiento del primer trimestre fue incrementada de 1,1% a 1,2% anual.

Con este comportamiento, la economía todavía no repunta, luego de la fuerte desaceleración que sufre como consecuencia del ajuste de su demanda interna al incremento menos dinámico del ingreso nacional, provocado por el choque adverso que tuvieron sus términos de intercambio, como resultado del descenso pronunciado de los precios del petróleo. Sin embargo, tampoco sufrió un debilitamiento adicional.

La tenue actividad económica está sostenida por la demanda interna, que comienza a exhibir los síntomas de una incipiente revitalización (1,9% anual), gracias a un repunte de la inversión (0,8% anual) y a una aceleración del gasto público (4,2% anual).

Después de decrecer durante siete trimestres, la formación bruta de capital volvió a incrementarse, gracias a la de las obras civiles, la maquinaria y el equipo y la del sector agropecuario. Preocupa, sin embargo, el colapso por segundo trimestre consecutivo en la de la construcción de edificaciones (-7,9% anual).

No menos alarmante es que el consumo privado languidezca al mismo ritmo que antes (1,5% anual), por un descenso continuo en bienes durables y semidurables.

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En términos netos, el sector externo volvió a frenar el crecimiento, porque las exportaciones prolongaron su caída (-1,7% anual), mientras que las importaciones repuntaron (3,7% anual).

Por el lado de la oferta, la actividad económica sigue frenada por la larga depresión del sector minero y de hidrocarburos (cuya producción cayó 6% anual), una recaída de la industria (-3,3% anual) y el estancamiento de la construcción (0,3% anual).

La depresión del sector minero se prolongó como consecuencia de la caída continuada en la producción de petróleo y minerales metalíferos y una caída en la de carbón.

La recaída de la industria fue causada por la crisis de los subsectores de fabricación de productos metalúrgicos básicos, tejidos, minerales no metálicos y bebidas.

El estancamiento de la construcción se debió a la recesión en la actividad de las edificaciones, que fue compensada por una aceleración de las obras civiles.

Electricidad, gas y agua, comercio, restaurantes y hoteles y transporte y comunicaciones dejaron de caer, lo cual genera la esperanza de un repunte algo más vigoroso en lo que resta del año.

En contraste, el sector financiero, los servicios sociales y personales y la agricultura contribuyeron a sostener la actividad económica.

En medio de estas condiciones descritas, la actividad productiva del país continúa lenta, porque enfrenta dos obstáculos muy difíciles de superar.

En el corto plazo, la economía carece de fuentes de demanda y de motores de crecimiento, mientras su capacidad de expansión en el largo plazo (alrededor de 3% anual) continúa mermada respecto de la que tuvo hace un par de años (4,5% anual).

En consecuencia, la política macroeconómica debe orientarse a estimular la demanda interna en el corto plazo, mientras que las estrategias sectoriales deben promover aquellas actividades que aceleren la producción de una manera inmediata, al tiempo que mejoren la competitividad de la economía en el mediano plazo.

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Sin embargo, estimular la demanda en el corto plazo en la coyuntura actual no resulta una tarea fácil, a pesar de los esfuerzos de las autoridades. Luego de una reducción de 225 puntos básicos, que podría llegar a 250 o 275 el 31 de agosto, al Emisor se le estrecha el espacio para adoptar una postura monetaria más estimulante este año, debido al alto riesgo de un rebrote inflacionario previsto durante el segundo semestre y el peligro de que desalineen algo más las expectativas.

Además, como argumenta Anif, ese estímulo para los consumidores tardará en lograr resultados debido a su alta carga financiera y a la lenta transmisión de la intención de la política monetaria a los créditos de consumo, la mayor parte de los cuales se contrataron a una tasa de interés fija.

Al mismo tiempo, el Gobierno tampoco puede tornar más estimulante la postura fiscal, porque debe cumplir las metas de reducción del déficit establecidas por la regla fiscal con el fin de preservar la solvencia del Estado, para conservar el grado de inversión y la confianza de los inversionistas, que le permiten mantener bajos los costos financieros de la economía. En el mediano plazo, lograr mayor competitividad es vital para aumentar la productividad, acelerar la acumulación de capital físico y humano y emplear con mayor intensidad la fuerza de trabajo. Solo de esta manera se podrá incrementar la capacidad de crecimiento para que la actividad económica se expanda de una manera sostenida, sin desequilibrios macroeconómicos cuyo ajuste requiera frenarla.

Foto: Mauricio Cárdenas, Ministro de Hacienda.

Quizá en este punto el mayor obstáculo es que los cambios institucionales que se requieren para mejorar la competitividad deben ser fruto del consenso, mientras que las reformas necesarias para implementarlos deben ser aprobadas por el Congreso. Entre ellas, por ejemplo, las que mejoran la eficiencia de los mercados, de la tributación, del gasto público y del régimen de comercio exterior, junto con las que mejoran la equidad.

Con un exceso de intervención estatal, que crea demasiadas distorsiones en la formación de los precios, genera inequidad, castiga la iniciativa privada, cierra el acceso a los mercados financieros, encarece el trabajo formal y crea rentas para los productores ineficientes, protegidos de la competencia exterior, es difícil lograr una asignación óptima de los recursos que permita incrementar su productividad.

Aunque por la falta de demanda no se han superado los riesgos de un estancamiento, los analistas encuestados por Fedesarrollo proyectan un repunte en el segundo semestre, gracias al cual la expansión en el año sería de 1,7%, menor que en el anterior (2%). También prevén una aceleración el año entrante (a 2,3%), bajo el supuesto de que la postura monetaria será más estimulante, al descender la inflación y realinearse las expectativas.

Con ello quedaría atrás la fase más severa del ajuste de la demanda a la desaceleración del ingreso nacional, pero haría falta una estrategia más eficaz para mejorar la competitividad y aumentar la productividad de la economía. En aras de lograrlo, quizás el votante mediano de Alberto Carrasquilla debería preocuparse por elegir a un político que en promedio favoreciera más los intereses de la Nación, que los propios y los de quienes pagan su campaña.

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