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Álvaro Uribe y el presidente Juan Manuel Santos son los dos polos de la lucha ideológica actual. Para Uribe, Santos traicionó sus postulados, a pesar de que se hizo elegir con ellos.

| 2/6/2013 12:00:00 AM

Disciplina para perros

¿Qué ocurriría si, como lo sugieren las encuestas, Santos ejerciera un segundo mandato enfrentado una fuerte oposición parlamentaria dirigida por Uribe? Analistas hacen sus apuestas.

La pregunta sobre si el expresidente Álvaro Uribe buscará ocupar de nuevo una curul en el Senado ya es accesoria. Independientemente de si encabezará o no las listas del Centro Democrático –su nuevo movimiento político– ya está claro que quienes las conformen se plegarán a sus ideas y a su voluntad.

La última semana de enero, en dos escenarios distintos, quedó claro que ninguno de los aspirantes al Congreso y a la propia Presidencia de la República permitirá que se mueva una hoja del árbol de sus aspiraciones sin que su jefe se entere. En otras palabras, que en el movimiento que recoge la cimiente del antiguo Partido de La U podría imperar lo que los barones políticos tradicionales llaman “disciplina para perros”.

Primero en la auditorio de la Universidad Sergio Arboleda y luego en la Cámara de Comercio de Santa Marta, sus precandidatos presidenciales dieron por sentado que se acogerán a una consulta, a una encuesta o al guiño del jefe natural de la colectividad, si este así lo decide. Y lo harán, si bien los más representativos ya están en campaña.

En una cuña que se transmite en los principales canales nacionales y del exterior el exministro Óscar Iván Zuluaga, el primero en tomar posiciones en el partidor, se presenta a sí mismo como “candidato uribista a la Presidencia”. El exvicepresidente Francisco Santos salió de un silencio de seis meses y anunció que ya comenzó a cumplir la agenda de campaña, en la que el plato central de su ‘menú’ es una propuesta de hacer de Colombia un país con un régimen federal.

Tanto los precandidatos a la Presidencia como aquellos que conformarían las listas al Congreso comulgan sin reservas con la idea que, a lomo de la coyuntura, repite Uribe en sus trinos del twitter: que Juan Manuel Santos se hizo elegir con la plataforma del uribismo y que luego formó toldo aparte y “traicionó” sus ideas.

¿Oposición o trabas?

El rumbo trazado por el exmandatario señala que las agendas de sus precandidatos a la Presidencia y al Congreso tendrán un factor común: una fuerte oposición al Gobierno. Por eso, si ocurriera lo que desde ahora sugieren las encuestas, que no registran un candidato capaz de derrotar al actual Presidente pero sí una escalada en la popularidad de su antecesor, es posible que Santos tuviera que afrontar durante un segundo mandato la férrea oposición del Congreso, donde la bancada sería controlada por Uribe.

Así, temas cruciales para el país, como un posible acuerdo de paz con las Farc y los ajustes que requiere la economía nacional para facilitar procesos de reinserción y atención integral a las víctimas exigen una mayor competitividad, tendría como eje transversal la resistencia de la bancada. Varios analistas que le apuestan al futuro del proceso de paz se preguntan, por ejemplo, si no sería mejor acceder a la convocatoria de una nueva Asamblea Constituyente que permitir que un Congreso uribista se encargue de tramitar los desarrollos legislativos que demandarán los eventuales acuerdos con las Farc.

¿Cuál sería la agenda de la bancada uribista en el Congreso? ¿Cuáles serán los límites de su ejercicio en un Congreso donde el Estatuto de la Oposición es prácticamente un convidado de piedra? Dinero consultó la opinión de analistas de diversas tendencias.

A juicio de Mauricio Jaramillo, experto en seguridad internacional del Instituto de Estudios Políticos de Toulouse y profesor de la Universidad del Rosario, la presencia uribista en las cámaras afectaría negativamente los procesos de perdón, reconciliación y construcción de la verdad. Recuerda que el tipo de oposición que plantea el expresidente generó traumatismos que fueron difíciles de superar en países como Argentina, Chile, Ruanda y República Democrática del Congo, y en América Central. Sus efectos nocivos, recuerda el analista, se hicieron sentir después de la firma de acuerdos entre víctimas y victimarios.

Para Felipe Botero, director de posgrados del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, una vez se firme un acuerdo de paz, el escenario de la elección de 2014 cambia drásticamente y tener a Uribe como opositor en el Congreso a partir de 2014 podría resultar sano. “Lo que no me parece sano –advierte– es que intente estropear un proceso y convertirse en el palo en la rueda”.

Su opinión es compartida parcialmente por Marcela Prieto, directora ejecutiva del Instituto de Ciencia Política y editora de la revista Perspectiva. En su opinión, la presencia de Uribe en el Senado sería saludable para la democracia y para el debate político porque pondría fin a formas de oposición soterrada. “Nos estaríamos aproximando a un escenario donde podríamos indicar claramente quiénes están y en qué parte del espectro político”, observa.

Según ella, esas circunstancias llevarían a su vez al presidente Santos a aclarar sus relaciones con todas las fuerzas políticas, ya que actualmente tiene afinidad con el Partido de la U, con el liberalismo y con otras fuerzas que se congregan en su coalición.

Rubén Sánchez, politólogo del Instituto de Ciencias Políticas de París y profesor de la Universidad del Rosario considera que resulta cierta la previsión de Uribe en el sentido de que está en capacidad de elegir 35% del Congreso, se sublimarían los efectos de la oposición que está ejerciendo contra el Gobierno. De ser así, se potenciarían los intereses de quienes se oponen a la reforma agraria y formas de reparación de víctimas que puedan afectar económicamente intereses sectoriales, como los que defiende la Federación Nacional de Ganaderos.

Él y otros analistas prevén que con la eventual polarización de las fuerzas representadas por Santos y Uribe el país quedaría abocado a un regreso al bipartidismo, independientemente de las denominaciones políticas que cada cual adopte.

Lo que queda claro es que candidato o no, Uribe parece predestinado a manejar los hilos de la oposición y a influir marcadamente en el contenido de la agenda legislativa y en las prioridades del Gobierno. La disciplina que hoy observan sus huestes parece garantizarlo.

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