| 6/22/2017 12:01:00 AM

Economía colombiana: ¿El vaso medio vacío?

Después de un ajuste severo, la economía tiende al estancamiento. Algunas condiciones favorecen su expansión. ¿Qué impide aprovecharlas?

En los tres últimos años la economía colombiana realizó un ajuste severo para reducir los desbalances macroeconómicos originados por un descenso pronunciado en los precios del petróleo, que amplió el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos (a 6,4% del PIB en 2015) y el del gobierno nacional (a 4% del PIB en 2016).

Con ese propósito, las autoridades acomodaron la expansión de la demanda interna al menor incremento del ingreso nacional. Su estrategia combinó una depreciación de la tasa de cambio (de 70%), un aumento de la tasa de interés mínima de expansión del Banco de la República (BR) (de 450 puntos básicos), un recorte del gasto público (de 0,9% del PIB) y una reforma tributaria (que aportará un recaudo de 0,7% del PIB a partir de 2017).

Como resultado del ajuste, la expansión de la demanda interna se desaceleró (de 6,1% en 2014 a 1,1% anual en el primer trimestre de 2017), por medio de una caída de la inversión en capital fijo y una ralentización, tanto del gasto público como del consumo privado.

El ajuste redujo el déficit en la cuenta corriente (a 4,4% del PIB en 2016 y 3,6% en 2017). También encausó el déficit fiscal a la trayectoria decreciente establecida por la regla fiscal (de 3,6% del PIB en 2017, 3,1% del PIB en 2018, 2,2% del PIB en 2019, 1,6 del PIB en 2020 y cerca de 1% del PIB de 2021 en adelante). Con ello la deuda pública se enrutará de regreso a una senda descendente entre 2019 y 2028 (que irá de 42,8% a 31,1% del PIB, según el Marco Fiscal de Mediano Plazo).

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Con base en el ajuste, el país conservó la calificación de su deuda pública dos escalones arriba del grado de inversión, para mantener baja la percepción sobre su riesgo soberano. Con ello preservó la confianza de los inversionistas extranjeros, que le permite conseguir a un costo moderado los recursos para financiar sus desbalances.

Al final del ajuste, la economía tiende al estancamiento, con una tasa de expansión de 1,1% anual en el primer trimestre de 2017. Sin embargo, cuenta con un conjunto de condiciones para facilitar el repunte de la actividad económica: un ambiente institucional más amigable para la inversión privada y la generación de empleo, una mayor demanda externa, una abundante liquidez en los mercados financieros internacionales, unas bajas tasas de interés externas, unas condiciones climáticas y de orden público más favorables, junto con una firme solidez del sistema financiero.

Como argumenta el Ministerio de Hacienda, la pobreza disminuyó 10 puntos porcentuales desde 2012. Los costos laborales no salariales se redujeron 13,5 puntos porcentuales (pp) desde 2013, lo cual contribuyó a bajar la informalidad y la tasa de desempleo estructural, así como a aumentar la resiliencia del mercado laboral. Por ello, aunque la actividad económica se desaceleró de forma pronunciada, la tasa de desempleo promedio se incrementó de un modo leve el año pasado (0,3 pp a 9,2%) y los analistas prevén que no variará en 2017 ni 2018.

A pesar de estos logros, según las encuestas de Fedesarrollo, la confianza del consumidor es negativa, por lo cual el gasto de los hogares aumentará de una forma lenta (1,9% este año y 2,8% el entrante).

Gracias a la extinción del impuesto al patrimonio en 2017 y la reducción de la tasa del tributo de renta corporativa (de 40% a 33%) a partir de 2019, la inversión privada tendrá mayores estímulos para resurgir. Sin embargo, de acuerdo con los índices de Fedesarrollo, la confianza de los industriales se encuentra en el menor nivel desde 2009, al tiempo que la de los comerciantes se redujo a su valor más bajo desde 2015. Este pesimismo desfavorece la inversión.

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Con esa falta de confianza de los consumidores y los inversionistas es difícil que tenga lugar una reanimación vigorosa de la demanda privada.

Es factible que la inversión aumente con moderación (a 2,5% este año y a 3,7% el entrante), por una mayor ejecución de los proyectos de obras civiles de los gobiernos locales y los de las concesiones de cuarta generación.

La demanda externa está mejorando con base en un repunte leve del crecimiento mundial y regional. Además, aunque lejos de los niveles que tuvieron durante el superciclo, los precios de las materias primas se han incrementado. Gracias a esto, los ingresos por exportaciones y los términos de intercambio han repuntado con timidez.

Sin embargo, las exportaciones no han aprovechado la depreciación real de la moneda, por su poca diversificación y la baja inserción del país en las cadenas internacionales de valor. Además, en los sondeos de Fedesarrollo los empresarios no son optimistas sobre sus ventas al exterior. Por estas razones no serán un dinámico propulsor del crecimiento en el corto plazo, aunque permitirán un estrechamiento adicional del déficit en la cuenta corriente (a 3,6% y 3,3% del PIB en 2017 y 2018).

En estas condiciones, la ausencia de una demanda dinámica precisa de una mezcla de políticas más estimulante para sacar la economía del estancamiento.

No obstante, a pesar de la ampliación de las metas de déficit del gobierno nacional autorizada por el Comité de la Regla Fiscal para 2017 (de 3,3% a 3,6% del PIB) y 2018 (de 2,7% a 3,1% del PIB), la necesidad de reducirlo para cumplirlas impide una postura fiscal más expansiva. Su adopción arriesgaría la calificación de la deuda, porque tanto su monto como el déficit fiscal exceden las medianas de los países que tienen el mismo grado que Colombia.

Por tanto, la responsabilidad del estímulo a la demanda recae en la política monetaria. En la Junta Directiva del Banco de la República existe consenso sobre la necesidad de relajar la postura, que sigue contractiva, a pesar del recorte de 150 pb en la tasa mínima de expansión. La dificultad estriba en la lenta convergencia de la inflación básica y de las expectativas hacia la meta. Los analistas pronostican que la inflación terminará este año en 4,4%, con lo cual excederá de nuevo el rango meta (2% – 4%). Solo retornará a él en marzo de 2018 (3,9%), para cerrar ese año en 3,5%. En consecuencia, el promedio de analistas prevé que la tasa de la política monetaria bajará otros 75 pb este año (a 5,5%) y 50 el entrante.

En estas circunstancias, sin fuentes de demanda, con poca confianza, sin demasiado espacio para estrategias contracíclicas, el crecimiento permanecerá lento en 2017 (al 2,1%). Sin embargo, será un poco mejor en 2018 (2,9%), cuando se encausará hacia su tasa potencial (3%), por debajo de la que tuvo durante el último auge (4,5%).

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