| 11/13/2014 12:00:00 PM

Guerra negra

¿Es la caída en el precio internacional del petróleo la primera escaramuza de un conflicto comercial mundial? Sin tener aún la respuesta, las principales economías sienten los efectos del desplome.

La pelea es peleando, podría ser el nuevo eslogan en el mercado mundial petrolero. Y el resultado de esa estrategia es una caída en el precio del crudo que llevó la cotización del WTI a cerca de US$77, y al Brent alrededor de los US$83, los precios más bajos de los últimos tres años.

Las primeras explicaciones del fenómeno son las obvias: la oferta mundial del crudo se mantiene sólida y creciente, mientras la demanda está cayendo por cuenta de la desaceleración en Europa y China. De hecho, la Agencia Internacional de Energía de los Estados Unidos (EIA, por su sigla en inglés) ve una menor demanda para 2015 en 200.000 barriles por día.

Sin embargo, las cuentas no son así de simples, pues esas explicaciones no responden una pregunta central del diagnóstico: ¿por qué, si los precios del crudo tienen una caída vertical, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) no acude a su estrategia de siempre de recortar la oferta para frenar el descenso que ya empieza a afectar los ingresos de muchos de sus socios?

De hecho, suena paradójico que sean los principales países productores del mundo los que bajen el precio del crudo. El asunto quedó en evidencia cuando Arabia Saudita aumentaba las cotizaciones para sus tradicionales clientes en Europa y Asia, pero los reducía a sus compradores en Estados Unidos, lo que ocurrió en la primera semana de noviembre.

La decisión implicó una caída adicional en las cotizaciones del crudo en todo el planeta. Eso mostraría que el mundo del petróleo habría entrado en una nueva fase de “guerra de precios”. De ser así, la pregunta que queda en el ambiente es: ¿hasta dónde puede llegar el nuevo juego geopolítico en el que el planeta ha entrado por cuenta de la nueva realidad petrolera?

Las fichas del ajedrez ya han sido movidas sobre el tablero: Estados Unidos se está imponiendo con su política de promoción a los combustibles no convencionales, lo que significó un cambio radical en la canasta energética mundial. De hecho, en julio pasado Estados Unidos rompió su propio récord de exportaciones de crudo al lograr 401.000 barriles por día, según informó la EIA.

Según la propia EIA, ese fue “el más alto nivel de exportaciones en 57 años y el segundo dato mensual más alto desde 1920”. Aunque el asunto se refiere a temas coyunturales, como que Canadá está exportando a través de territorio gringo como una estrategia para reducir costos de transporte, en julio sí se dio el primer gran embarque de crudo estadounidense hacia Corea: 400.000 barriles, según lo comentó el exministro de Minas, Amylkar Acosta, durante la presentación de un estudio sobre los impactos de la caída del precio del petróleo en Colombia.

El hecho puso en evidencia cómo sería un nuevo escenario en el que Estados Unidos se convirtiera en el principal exportador de crudo. A menos que alguien se lo impida.

Y ese alguien, por ahora, parece ser Arabia Saudita. 

Arabia inaudita

La revolución petrolera estadounidense ha sido posible gracias a que puede explotar petróleo por métodos no convencionales como el fracking. Pero esos sistemas de explotación resultan muy costosos y exigen niveles de precio superiores a los US$75 el barril, valor muy cercano al actual que registran los mercados; de hecho, fue Arabia Saudita la que le dio un empujón adicional a comienzos de noviembre, cuando anunció rebajas en el precio del crudo para sus clientes norteamericanos.

Eso explicaría igualmente que la Opep no haya llegado a un acuerdo para reducir la producción con el objetivo de aumentar los precios. De mantenerse la estrategia, muchos proyectos de fracking podrían empezar a ‘pasar aceite’ en Estados Unidos. Por eso no es descabellado asumir que una porción de la caída en los precios internacionales de crudo ha sido “premeditada con alevosía” para afectar los intereses estadounidenses. O por lo menos para alertar a la principal economía del mundo sobre lo que está en juego.

Sobre el tema no hay consenso ni siquiera al interior de la Opep. Mientras que Venezuela y Ecuador están preocupados por la caída en los precios, el representante de Arabia Saudita ante la Opep y el propio secretario general de la Organización, Abdullah al-Badri, han insinuado que no se esperan cambios en los niveles de producción para 2015; así que la tendencia a la baja se mantendría en los próximos meses.

El problema es preocupante para muchos países pequeños o que están en crisis. En el caso de Colombia, por cada US$1 de menor precio sostenido durante un año, podría perder más de US$200 millones en ingresos fiscales por cada vigencia. Por ejemplo, si el petróleo se mantiene cercano a los US$80, perdería unos US$4.000 millones por año.

Peor es la situación de Venezuela, donde algunos expertos señalan que por cada dólar que caiga el barril de crudo durante un año, ese país deja de recibir US$500 millones; otros lo estiman en US$700 millones.

La apuesta por una caída en el precio tiene su límite. Es claro que si de nuevo la oferta se ve restringida por la salida de parte del crudo estadounidense, los precios volverían a elevarse. Así que todavía falta mucho por ver en esta guerra, pues todos coinciden en que los precios bajos no son sostenibles en el largo aliento, si se concreta una recuperación en la economía norteamericana y las demás economías responden a las políticas de estímulo diseñadas por Europa y Asia.

Esta será una película que mantendrá la atención de todo el planeta en las próximas semanas. A finales de noviembre se realiza la cumbre de la Opep para analizar el panorama de 2015. Ese será un buen escenario para medir las tensiones en uno de los principales mercados de materias primas del mundo. Esta novela apenas comienza.

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