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Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia. Además de presupuesto, el presidente Santos necesita gastar capital político. Ese parece un trago amargo que el primer mandatario no quiere tomarse en este momento.

| 3/8/2013 6:00:00 AM

Atrapado sin salida

Ninguna de las soluciones planteadas a la crisis cafetera podrá resolver el lío de fondo: que a los productores del grano su propio trabajo no les da ni para subsistir.

Si alguien está informado sobre el sector cafetero es el gobierno Santos. El primer mandatario empezó su carrera pública en la Federación Nacional de Cafeteros (FNC) y fue representante por Colombia ante la Organización Internacional del Café (OIC); además, fue Ministro de Hacienda en el gobierno Pastrana, cargo en el que se maneja toda la información sobre la situación cafetera, pues el Fondo Nacional del Café no es sino una cuenta más de las finanzas públicas.

El actual ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, es hijo de quien fuera por casi 20 años gerente de la Federación, Jorge Cárdenas Gutiérrez; quien a su vez fue sucedido por uno de los alfiles del presidente Santos, Gabriel Silva, quien estuvo rigiendo la estrategia cafetera durante siete años. Silva le dio el guiño a su sucesor y actual gerente, Luis Genaro Muñoz. Como si fuera poco, en Procafecol, la compañía que comercializa los productos de valor agregado –como las tiendas Juan Valdez–, estuvo Catalina Crane, Alta Consejera para la Gestión Pública y Privada.

Así que, esta crisis cafetera le reventó a un Gobierno que conoce de primera mano el mercado y la situación de los cafeteros; ¡y no solo eso!; que ha definido las estrategias para el sector por lo menos durante la última década. Esta genealogía es necesaria para entender la problemática actual de los cultivadores del grano, pues los líos de los cafeteros no están relacionados con la coyuntura, sino con una estructura de mercado que no se modernizó y no impidió que muchos agricultores terminaran en la quiebra.

El diagnóstico fundamental es tan sencillo como dramático: la producción de café ya no resulta tan rentable para los cafeteros como antaño. Es decir, los ingresos no alcanzan para cubrir los gastos. De ahí la petición de los productores de que se les garantice un ingreso mínimo, con el objetivo de mejorar sus condiciones de sobrevivencia. Esa salida genera un problema político y fiscal, porque existe el riesgo de que ahora se juegue a la ruleta con el Presupuesto de la Nación para socializar las pérdidas de algún sector.

Si se les da alivio a los cafeteros, ¿por qué no dárselo a otros sectores que están pasando por iguales dificultades? El alboroto de los camioneros y los cacaoteros tiene como fundamento el mismo principio equivocado: el Estado debe financiar actividades que hoy no resultan rentables. La decisión de seguir garantizando un ingreso mínimo a los caficultores nos va a salir muy cara a todos.

El drama social
Pero ese diagnóstico fiscalista no desvirtúa el drama social que viven hoy las familias cafeteras. Frente a esta tragedia, el Gobierno no puede responder con una simple hoja de ‘excel’ explicando que los gastos son superiores a los ingresos. Aquí es donde resulta conveniente hacer un corte de cuentas. La primera responsabilidad que le cabe a la estrategia de la última década es que convirtió el café en un reglón de segunda. Mientras en los últimos cinco años los siete principales productores aumentaron su producción (Brasil, 41%; Vietnam, 34%; Indonesia, 144%; Etiopía, 8%; Honduras, 48%; India, 21% y México, 24%) Colombia cayó 36%. 

La Federación asegura que los factores que originaron la crisis no están bajo el control de ninguna autoridad. En un comunicado aseguró que: “la institucionalidad cafetera no controla la tasa de cambio, ni tampoco el precio. No controla el clima, ni el Fenómeno de la Niña, ni las floraciones de los cafetales. Son estos los factores que han afectado la productividad de las plantaciones en los últimos años, y su rentabilidad en los últimos 12 meses ante los menores precios internacionales”.

Con esta afirmación reconoce en forma implícita que ninguna de las estrategias diseñadas en la última década preparó a los agricultores para enfrentar los grandes desafíos que se presentaron en el camino. Eso es lo que explica la rebelión de las masas.

Las autoridades no han logrado establecer una hoja de ruta para fortalecer la presencia del país en los mercados internacionales, ni para evitar que la revaluación y la caída del precio internacional afecte su ingreso o enfrentar el Fenómeno de la Niña. Por los resultados mostrados, es claro que ninguno de estos temas significó un problema sustancial para otros países productores de café. 

Una sola prueba basta para señalar los errores de la Federación. Desde 2009, la institucionalidad cafetera no ha logrado construir proyecciones acertadas sobre la cosecha. En este periodo, la cantidad proyectada de café disponible siempre ha sido sobrestimada. Según Jorge Humberto Botero, expresidente de Asoexport, agremiación que reúne a todos los exportadores de café, “al sobrestimar la producción, la Federación deprimió los precios, pues siempre se esperó un café que al final del día nunca llegó”. En 2010, se estaban esperando 12 millones de sacos y apenas se lograron 8,5.

También ha habido otros errores, como los contratos a futuro porque, ante las bajas cosechas, para cumplir con los pedidos, la Federación tuvo que salir a comprar grano a un precio superior al que había negociado. 

Estos errores de estrategia están relacionados con la gestión tanto de Gabriel Silva como de Luis Genaro Muñoz. Pero a los errores de estrategia se le suma el hecho cierto de que el esquema de producción de café en Colombia mantiene criterios anacrónicos: no se permite la inversión extranjera, la mayor parte de las parcelas no alcanza las cinco hectáreas –tamaño óptimo para garantizar al menos un salario mínimo de ingreso–, se sigue exigiendo la cosecha del grano a mano, lo que impide tecnificación que permita mayores niveles de productividad y, para terminar, la Federación es la que establece las calidades del café a exportar, lo que limita la oferta nacional.

La crisis, además, desveló las peleas intestinas del gremio. No solo los cafeteros están insatisfechos con el actual gerente, sino que se habla de que las relaciones entre el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo y Muñoz están en su peor momento. Se dice que solo se dirigen la palabra por e-mail y no se sientan uno al lado del otro en las reuniones.

Sin duda, se necesita un verdadero revolcón y no paños de agua tibia. La cirugía debe ser de fondo: habrá que facilitarles a muchos productores su salida del sector hacia actividades que les renten mejor. Además de presupuesto, el presidente Santos necesita gastar en esto capital político. Ese parece un trago amargo que el primer mandatario no quiere tomarse en este momento.

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