| 9/2/2015 12:00:00 AM

La década perdida para las exportaciones

¿Por qué no reaccionan las exportaciones colombianas, cuando el país destinó billonarios recursos para impulsar la inversión extranjera y la compra de bienes de capital? Análisis.

El país completó más de un año de devaluación y hasta el momento las exportaciones no reaccionan. Los síntomas son preocupantes. Las ventas de productos no tradicionales, aquella porción de la canasta colombiana diferente a petróleo, carbón, níquel o café, han venido cayendo. Este año, inclusive, a una tasa de 10%, hasta junio pasado.

El tema exige análisis, pues si bien los expertos (ver recuadro) señalan que se necesita un tiempo prudencial para que las exportaciones reaccionen, lo que preocupa es que la tendencia, en el caso de las no tradicionales, se viene registrando desde hace dos años.

¿Cuál es la causa del fenómeno? Las razones son claras: primero, las condiciones de la economía colombiana generaron una estructura productiva que tuvo un mayor crecimiento en sectores no transables como vivienda, pero que deterioró sus sectores transables, con excepción de las materias primas.

Desde 2002, justo cuando apenas el país salía de la más profunda crisis económica de toda su historia, y hasta 2014, el comercio total de Colombia (importaciones más exportaciones) no paró de crecer. A principios de la década pasada, el país tenía un volumen total de ventas y compras externas de US$24.000 millones. En 2014 fue de US$115.800 millones. Buena parte de ese incremento se explica por los mayores precios y volúmenes en las ventas de materias primas, que llegaron a representar el 70% de las ventas externas colombianas.

Sin embargo, durante estos más de 12 años el promedio de superávit comercial fue apenas de US$1.418 millones. Los años de mayor superávit fueron 2011 y 2012, con US$5.300 millones y US$4.000 millones, respectivamente.

Claramente, el boom minero energético no generó un salto competitivo. Según el banco BCP Securities, durante este tiempo, el Gobierno colombiano decidió comportarse como un importante productor de petróleo, cuando solo cuenta con reservas para siete años. De otra parte, no se garantizó mayor nivel de competitividad e innovación en nuevos sectores. Eso es a lo que muchos han llamado ‘enfermedad holandesa a la colombiana’.

Así, el balance de estos casi 13 años de historia económica de Colombia es que nos dedicamos a vender petróleo y otros productos básicos, y con ese producido salimos de shopping al exterior.

Además de los ingresos extraordinarios del petróleo durante la década pasada, el país no hizo más que endeudarse, lo que explica el déficit de cuenta corriente que padece actualmente la economía nacional y que es el resultado de esta tendencia. Esa es más o menos la parte conocida del diagnóstico.

Plata sí hubo

En estas circunstancias, lo inteligente de la política habría sido fomentar la productividad y la innovación en otros sectores para enfrentar las dificultades que actualmente pasamos.

Como ya se dijo, los altos niveles de inversión extranjera no favorecieron esta tendencia, pues la mayor parte de ese pasivo se fue directamente a promover la producción de commodities. Aunque es de destacar lo que ha ocurrido en materia de inversión en sectores como transporte, telecomunicaciones y turismo. Sin embargo, el peso del sector petrolero fue considerablemente superior a cualquier otro esfuerzo de inversión desarrollado durante estos 10 años.

Pero lo que no se ha dicho es que todo esto ocurrió en un contexto de una fuerte política de promoción de inversión extranjera y de adquisición de activos fijos –es decir, aquellos que les permiten a las empresas estar preparadas para producir más y mejor–. Es necesario mostrar ese aspecto de la política, para identificar la causa de que el boom petrolero y minero no haya derivado en un aumento de la competitividad exportadora del país.

Todo indica que la política fiscal contribuyó a profundizar el problema. El país se metió en 2002, durante el primer gobierno del presidente Álvaro Uribe, en un plan de promoción de la inversión para fortalecer los activos fijos, lo que suponía ayudaría a que los empresarios consolidaran su capacidad productiva.

La deducción por inversión en activos fijos, logró su propósito. Solo en 2009, el beneficio impulsó inversiones de $12,6 billones. En 2010, la inversión que se benefició por este incentivo fue de $12,22 billones.

Claramente, esta clase de incentivos le abrió espacio a más inversión. Y ese resultado es innegable. Sin embargo, el desajuste de la estrategia estuvo en que buena parte de los beneficios se los llevaron los mismos sectores tradicionales. Minería y petróleo aprovecharon esta gabela y aumentaron sus niveles de inversión y su capacidad productiva. Por esta vía, el país se volvió más dependiente de estos sectores.

La conclusión puede ser frustrante: un incentivo tan importante no contribuyó en su meta de lograr que el sector productivo fuera más innovador, con mejor infraestructura y, en general, con mayores niveles de competitividad.

Hoy, muchas industrias tienen copada su capacidad instalada y en otros sectores esta quedó desmantelada por cuenta de la revaluación. Por eso muchos no tienen cómo empezar a exportar o aumentar su producción tipo exportación. La caída permanente de las exportaciones no tradicionales lo prueba. El incentivo a la inversión y a la compra de bienes de capital no sirvió para moderar la tendencia. Esta es una lección que debe ser tenida en cuenta para lograr el timonazo en la política económica.

¿Por qué no repuntan las exportaciones?

En economía existe una condición llamada Marshall-Lerner,
la cual sostiene que si un país pasa por un proceso de devaluación de su moneda, en el corto plazo la economía se contraerá, las importaciones serán mayores (se necesitan más pesos para comprar el mismo número de dólares) y las exportaciones en dólares también caerán (el sector externo necesita menos dólares para pagar por los bienes y servicios de Colombia).

Sin embargo, luego de unos meses (entre 6 y 12), las importaciones empezarán a caer, porque los consumidores preferirán productos nacionales y ante una tasa de cambio más “competitiva”, las empresas nacionales ajustarán su producción y exportarán más.
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