Opinión

  • | 2016/06/23 00:00

    Venezolanos sí, pero no

    La ambigüedad de Colombia frente a los inmigrantes venezolanos tendrá consecuencias negativas.

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El gobierno colombiano ha rehuido tomar una posición respecto a la dictadura del presidente Maduro. Esa falta de claridad en las relaciones internacionales se está reflejando en la política migratoria para los venezolanos.

Según los acuerdos de Mercosur, los venezolanos que vienen al país como turistas deberían entrar con su cédula venezolana, sin ningún otro requisito. Pero desde el 27 de febrero se les está exigiendo pasaporte y requisitos equivalentes a visa, como son demostrar que tienen recursos para pagar su estadía (o carta de invitación) y pasaje de regreso. Estos controles se aplican en forma mucho más estricta en los pasos fronterizos que en los aeropuertos. Quienes entraron como turistas antes de esa fecha tienen que acogerse a las nuevas normas cuando se venza su permiso de estadía.

Cientos de venezolanos vinieron a trabajar amparados por visas expedidas por Mercosur, que supuestamente permitían trabajar y después de dos años obtener residencia permanente. Pero desde noviembre de 2014, Colombia no respeta esos derechos y ahora están obligados a solicitar visa de trabajo.

Conseguir o renovar una visa de trabajo en Colombia es una pesadilla para cualquiera, pero especialmente para los venezolanos. Se les exige todo tipo de requisitos que ninguna norma contempla y se les niegan las visas con argumentos discriminatorios tales como “los venezolanos no califican”. La Asociación de Venezolanos en Colombia elevó a mediados de mayo una petición a la Cancillería con numerosas acusaciones de discriminación, que no ha sido respondida.

La ministra María Ángela Holguín ha explicado en varias ocasiones que los acuerdos internacionales solo son válidos cuando hay reciprocidad. ¿Qué más puede esperar un país vecino que nos cierra sus fronteras?

Sin embargo, la estrategia colombiana del “sí, pero no” es insostenible y puede traer consecuencias negativas. Colombia no tiene los medios para vigilar la frontera. La militarización de algunas trochas cercanas a Cúcuta es más simbólica que efectiva. Tampoco tiene los mecanismos para expulsar a los inmigrantes cuyas visas o permisos de estadía se venzan. Si no se hace nada, gradualmente se acumulará en el país una masa de indocumentados sin empleo formal ni sentido de pertenencia, y se creará un ambiente de animadversión que será caldo de cultivo para el chovinismo, la intransigencia y el neopopulismo que estamos viendo en Estados Unidos y en muchos países europeos.

La falta de alimentos y medicinas, la corrupción y el empobrecimiento general de los venezolanos no van a terminar el día que caiga Maduro. Las relaciones con Venezuela seguirán siendo complejas, con o sin Maduro. Eso no puede ser excusa para aplazar la definición de una posición clara y coherente sobre la inmigración venezolana que tenga en cuenta la opinión pública y el interés social de largo plazo.

Y eso debería empezar por discutir los principios generales de nuestra política migratoria. Colombia está casi totalmente cerrada a la inmigración permanente: apenas 0,3% de quienes residen en el país nacieron en el extranjero; el patrón mundial es 3%. En Estados Unidos 15% de los trabajadores son de origen extranjero, en Australia 27% y en Silicon Valley 53%. El cierre a los extranjeros se apoya en la creencia de que el número de puestos de trabajo es fijo y de que los inmigrantes van a desplazar a los profesionales nacionales.

Estas falsas ideas están refutadas en decenas de estudios que demuestran cómo las oleadas de inmigración traen consigo know-how productivo que abre nuevas oportunidades de empleo y eleva la productividad en los países receptores. Estados Unidos es el mejor ejemplo. Trump, que es hijo de inmigrantes, está atizando el desprecio contra los mexicanos no porque entienda mucho de economía o de historia, sino porque durante décadas Estados Unidos ha tenido una política migratoria ambigua, basada en una doble moral que ha fomentado el racismo.

Colombia está a tiempo para enderezar su política migratoria: la crisis venezolana es una buena razón para hacerlo.

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