Opinión

  • | 2017/04/11 18:00

    Uribe vs Santos: de cara a la bonanza

    Ni Uribe fue tan bueno, ni Santos ha sido tan malo. Pero ambos dejan un importante sinsabor. Se pudo hacer más y cambiar mejor el rumbo de nuestra economía.

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En materia de política económica a ambos se les pueden reconocer logros y mejores indicadores sociales y económicos. Igualmente, ambos dejaron pasar el capital político en el momento oportuno para hacer reformas estructurales más ambiciosas y que fueran en favor de cambiar nuestra baja competitividad y productividad, con una eficiente asignación de recursos públicos y una mayor consolidación fiscal.

Apostaron muchas veces por el rédito político de corto plazo y solo unas cuantas veces por la responsabilidad económica de hacer lo necesario para el largo plazo. Ambos tienen su pecado: un más apropiado ahorro de la bonanza o un mejor uso de la misma.

En 2007 la bonanza minero energética era ya similar a la bonanza cafetera de 1977. Ambos años son hito, con un crecimiento por encima de 7% representan los de mayor expansión anual del país en muchas generaciones.

Si de responsabilidad fiscal se trata, la falta de ahorro público de 2004 a 2014 se evidenció en un menor margen del manejo cambiario del banco central y una menor disminución de la deuda pública, comparado por ejemplo con Perú. Por lo mismo, los ataques a Santos culpándolo de la enfermedad holandesa de la economía es en cierta forma una expiación de culpas de sus opositores.

Perú y Chile hicieron con el cambio de siglo la regla fiscal. Uribe, en cambio, se esperó a sus últimos días de gobierno en 2010 para decirle a Santos que la hiciera él. Santos estuvo de acuerdo, pero en ahorrar el excedente del excedente a partir de 2014.

Algunas razones por las que no hubo ahorro no son tan descabelladas.

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En línea con el huevito de cohesión social, Uribe consideró que tras décadas de restricción fiscal el país no aguantaba ahorrar cuando aumentaba por fin el ingreso público. ¿Cómo concebir un Estado rico con una población pobre?   ¿Arriesgarse a un descontento popular como el que llevó a Chávez a la Presidencia de Venezuela? Por eso Uribe profundizó, agrandó y multiplicó el Sisben, así como los programas de familias en acción, adulto mayor etc. con varios millones de colombianos de nuevos beneficiarios.

Santos, cuidando ese huevito, prometió prosperidad para todos. A los programas sociales de Uribe les aumentó el presupuesto y la gente beneficiada. Además de paliar las diferencias económicas por estratos, les apuntó a las regiones. Allí surgió la famosa mermelada.

Con Uribe, las favorables condiciones internacionales llevaron al país a recuperar el buen crecimiento. Fue de 4,6% promedio anual entre 2002 y 2006. El departamento del Cesar creció en promedio a 8,4%, Meta a 7,5%, Santander a 5,7%, Risaralda a 5,9%, Chocó a 10%, Nariño a 6,2%, Arauca e 9,7%; mientras Casanare creció a -9%, Vaupés a -2,9%, Guaviare a 1%, Quindío a -0,2% y Putumayo a 2,2%.

Con Uribe II, de 2007 a 2010, el promedio de crecimiento bajó a 4% anual. La crisis internacional llevó a un crecimiento de apenas 1,7% en 2009. Con la bonanza y la crisis externa, el crecimiento se hizo más disperso y diferenciado entre los departamentos. Meta creció en promedio a 18%, Chocó a 10,8%, Putumayo a 14,6%, Vaupés a 6,8% mientras Guaviare lo hizo a 0,1%, Guainía a 1,8%, Casanare a 1%, Arauca a 1,1%, Risaralda a 1,5%, Quindío a 1,9%, Caldas a 1,3% y Córdoba a 1,9%.

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Con un historial de fraccionamiento y división territorial, la idea de gastarse la bonanza en una prosperidad colectiva no era tan mala. Santos sacó su ley de regalías para untar la mermelada del crecimiento a todo el país. En su primer gobierno la dispersión de crecimiento entre territorios llegó a su nivel más bajo al tiempo que el país creció a su mayor promedio en lo que va del siglo XXI.

Al acabarse la bonanza antes de tiempo y con menos que repartir, muchas regiones se sienten afectadas. Ahora hay que raspar la olla entre todos y no para unos pocos.

Pero tanto Uribe como Santos, muy a pesar de sus buenas intenciones, no dejaron, también, de mal gastar; dejaron de construir condiciones económicas de largo plazo. Favorecieron el menudeo para aceitar el tejemaneje del Congreso, el poder judicial y comprar la gobernabilidad.

En nuestra historia, el alto crecimiento ha sido más la excepción, explicado por muy favorables condiciones internacionales. El modesto crecimiento ha sido la norma, explicado por las divisiones internas, que se desnudan más cuando afuera el mundo va mal.

Esto no se cambia cambiando al político de turno La corrupción somos todos: nuestro deber es transformar el potencial productivo y la cultura facilista del país, empezando por uno mismo.

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