Opinión

  • | 2015/05/31 06:00

    Los príncipes en la torre

    Colombia, el país latinoamericano con más niños huérfanos, construyó un laberinto jurídico que enreda aún más la noble pero difícil función de la adopción. ¿Será que nuestras instituciones están eternamente condenadas a causar daño cuando pretenden hacer bien?

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Tras la muerte del Rey de Inglaterra Eduardo IV en 1483, sus hijos –el Rey Eduardo V de 12 años y Ricardo, Duque de York, de 9– fueron aprisionados en la Torre de Londres por su propio tío y protector, el futuro Rey Ricardo III, donde posteriormente desaparecieron. Todavía conmueve al mundo la tragedia de estos huérfanos que narró Shakespeare en una fantástica obra de propaganda política, donde acusó a Ricardo III de haber mandado matar a ambos niños.

Muchos años después, en algún municipio de la Colombia del siglo XXI, “Sofía” –una niña que había sido abandonada por sus padres al nacer– fue sacada con engaños de la casa de sus abuelos maternos, donde había encontrado refugio, por una tía abuela quien la llevó al ICBF para que la dieran en adopción aduciendo falsamente que la niña no tenía ningún apoyo. Y así lo hizo el ICBF, pero la adopción de Sofía fracasó porque esa niña, que ya tenía 9 años, sintió que la nueva madre era distante y quiso retornar a su familia biológica. Finalmente, su adopción fue anulada por orden de la Corte Constitucional y Sofía, embarazada a sus 15 años, volvió donde sus abuelos.

De los detalles de esta segunda tragedia sabemos gracias a la sentencia de tutela T-844/2011 de la Corte Constitucional, cuya lectura revela las dificultades y las dudas que muchas veces surgen al decidir si una persona debe permanecer con su familia natural o si es mejor que sea adoptada. De acuerdo con el expediente, Sofía quería volver con su familia de sangre pero también quería seguir con su madre adoptante, tal vez porque había sufrido castigos violentos en la casa de sus abuelos –incluso se insinúa que pudo ser objeto de abusos sexuales– mientras que la madre adoptante nunca castigó a la niña y era constructiva, aunque fría con ella.

Tanto la tragedia de los niños York en la Inglaterra medieval como la de Sofía en la Colombia moderna nos recuerdan que los parientes de sangre pueden ser peligrosos para los niños, y ambos casos son ejemplo de las dificultades que entraña el discernir la mejor solución. En esto es fácil equivocarse, como lo demuesta el que el propio Eduardo IV eligió a su hermano Ricardo como protector de sus hijos.

Pero en Colombia supimos agregarle el siguiente giro, único y muy nuestro, a este difícil predicamento humano: convertimos lo dicho por la Corte en la sentencia de tutela T-844/2011 sobre el supuesto derecho absoluto de Sofía a permanecer con cualquier miembro de su familia biológica en un dogma que debe aplicarse a todas las adopciones, de lo que se siguió que el número de adopciones en nuestro país se redujo en más de 50% anual.

En efecto, a partir de la expedición de la sentencia T-844/2011 el número de adopciones colapsó en Colombia, al parecer porque los funcionarios del ICBF –a quienes la Corte ordenó investigar administrativamente en relación con lo ocurrido con Sofía– se sienten ahora obligados a demostrar que los niños abandonados no tienen familiares hasta el 6º grado antes de autorizar que sean adoptados, lo que consume un tiempo infinito y no sirve para nada, porque lo relevante no es que un niño abandonado tenga parientes lejanos sino que quiera vivir con ellos, cosa que basta preguntar al niño para averiguarla y así evitar problemas como el de Sofía. Para rematar, la vigilancia estricta de la Procuraduría –que disfruta mucho de la facultad de aplicar castigos draconianos a cualquier empleado público que no adivine bien el futuro– convirtió las opiniones debatibles de la Corte sobre la adopción de Sofía en una ley de hierro aplicable a todos los casos cuya infracción se paga con sangre.

Todos los niños abandonados son príncipes en la torre, tan preciosos como amenazados y vulnerables, pero Colombia –que es el país latinoamericano con más niños huérfanos– construyó un laberinto jurídico alrededor de esa torre que enreda aún más la noble pero difícil función de la adopción. ¿Será que nuestras instituciones están eternamente condenadas a causar daño cuando pretenden hacer bien?
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