Opinión

  • | 2015/06/24 19:00

    La Maldita Botella

    El Economista Extraterrestre llega a nuestro planeta y estudia la industria del agua embotellada

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Si el EE (el Economista Extraterrestre, un alienígena que no siente emociones ni tiene prejuicios ni intereses) visitara nuestro planeta para estudiar los hábitos de consumo de los seres humanos, seguramente se asombraría de que muchos terrícolas estén dispuestos a pagar miles de veces más por un litro de agua embotellada que por un litro de agua de la llave, cuando todas las aguas son la misma cosa.

Tras esa observación, el EE probablemente investigaría a los compradores de las botellas, lo que lo llevaría a descubrir que en este planeta existen 6 grupos de consumidores de agua embotellada: i) los que la compran sin comparar el precio; ii) los que le tienen miedo al agua de la llave; iii) los arribistas; iv) los que creen que ciertas aguas vienen del manantial de la eterna juventud; v) los que no quieren tomar bebidas azucaradas, y vi) los que la compran obligados.

Posteriormente, el EE analizaría las estrategias de venta de los productores de agua embotellada –a menudo dirigidas a los más pobres– y encontraría que la publicidad de esas empresas hace énfasis: A) en la supuesta pureza especial del agua que venden, B) en que el agua es sana y no engorda, y C) en sus fuentes de agua, a las cuales usualmente pintan como manantiales rumorosos y remotos, perdidos en una naturaleza de ensueño donde los pajaritos cantan pero no cagan.

Al juntar esta información, el EE se daría cuenta que los vendedores están dedicados a crear y a reforzar sesgos absurdos en los compradores, para lo cual hacen publicidad a la pureza del agua embotellada, buscando despertar –por contraste– un terror irracional a la imaginaria peligrosidad del agua de la llave, y describen líricamente sus manantiales para que la gente sepa que no le están ofreciendo agua de acueducto , y también –en el caso de ciertas aguas “especiales”– para lograr que algunos tontos confíen en que estas aguas tiene propiedades saludables (que el agua de la llave no tendría), y que otros tontos consuman aguas con nombres franceses o italianos para sentirse más elegantes.

A esta altura, el EE ya habría concluido que el consumidor racional de agua es escaso, pero tendría que visitar Colombia –donde se tiene el más profundo desprecio por todos los consumidores– para ver cómo aquí los restaurantes obligan incluso a los más remisos a comprarles agua embotellada en vez de agua de la llave, utilizando para ello toda clase de mecanismos de presión, y también cómo los proveedores y las variedades de agua presentes en nuestro mercado son muy pocas (comparados con el estándar internacional) lo que refleja claramente la tendencia monopólica de nuestra economía.

Pero, una vez estudiada la industria del agua embotellada en el mundo, ¿qué diría el EE sobre la manera como los seres humanos manejamos los recursos de este planeta? Veamos:

Por una parte, la industria del agua embotellada está vendiendo aproximadamente US$100.000 millones anuales precisamente en los países donde la gente no necesita agua empacada porque puede obtenerla del acueducto, y mercadea sus botellas con base en un terrorismo publicitario sutil que insinúa que el agua de la llave es insegura, a pesar de que los acueductos y el saneamiento básico son los principales responsables de la duplicación de la expectativa de vida al nacer que experimentó la humanidad durante el último siglo (de 35 a 70 años).

Por otra parte –aunque ya no cabe más basura en el mundo–, solo en Colombia se generan más o menos 60.000 toneladas de residuos plásticos al año, en buena parte provenientes de botellas de agua que necesitan entre 500 y 1.000 años para descomponerse y que serían totalmente innecesarias si se hicieran inversiones relativamente menores en los acueductos.

Supongo que ante esta situación, el EE se devolvería a su planeta, al otro lado de la vía láctea.
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