Opinión

  • | 2017/07/20 00:01

    Sobre ‘La Economía como profesión’

    ¿Cuál es la distancia que hay entre la Economía como rama de la ‘ciencias económicas’ y la Economía Política, que pertenece a las ciencias sociales?

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Un excelente y entretenido artículo de Amylkar Acosta presentado en el año 2003 en el VIII Encuentro Nacional de Decanos de Economía tiene el sugestivo título de ‘La Economía como una profesión’ y trata de la dificultad de concretar un lenguaje común o una definición consensuada sobre la ciencia que llamamos la Economía.

Hace referencia a la diferencia entre quienes la ven como algo eminentemente teórico y quienes la ven solo como una práctica, ilustrando esa dificultad de lograr conceptos claros con citas de varios personajes como la de Currie haciendo referencia a que la tendencia cuantitativa era “un escape del mundo insatisfactorio de las ciencias sociales, de donde pueden excluirse los legos y así los economistas pueden escribir y conversar entre sí como ‘verdaderos’ científicos; o el gracejo de Churchill de “Si metemos a dos economistas en una habitación saldrán de allí dos opiniones diferentes, a menos que uno de ellos sea Lord Keynes, en cuyo caso obtendremos tres”.

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Me atrevo a complementar dicho escrito haciendo referencia a la distancia que hay entre la Economía como rama de la ‘ciencias económicas’ desde que con ella se creó esta categoría, y la Economía Política, que existía antes de esa clasificación y pertenecía, y se puede considerar que sigue perteneciendo es a las ciencias sociales. En otras palabras, distinguir que, aunque con los mismos instrumentos, la una tiene interés en el funcionamiento de los mercados, mientras la otra estudia la incidencia en la organización de una comunidad alrededor de su estructura de producción y distribución de la riqueza.

Esta última asume que la evolución de la sociedad discurre alrededor de los cambios que se dan en los factores de producción (como pueden ser por ejemplo la tierra, el capital, el trabajo, el conocimiento o la innovación), en los sistemas de producción que vinculan esos factores (como un sistema feudal con la propiedad de la tierra y el trabajo, o después uno industrial con el capital y el trabajo) y en las relaciones de producción que de los anteriores se derivan (como pueden ser en los casos anteriores la relación entre señores y siervos o entre empresarios y obreros).

Mientras el mundo pasó y superó la etapa de la revolución industrial, y hoy el principal factor de producción son el conocimiento y la capacidad de innovación, Colombia es en buena parte un país que no ha logrado despegar de la dependencia de los propietarios de tierras y los colonos, o aparceros que las trabajan. Por eso nuestros conflictos siguen siendo principalmente alrededor de este tema. Y nuestros problemas son aún los de un país semifeudal. Es esta la perspectiva que se estudiaría desde la Economía Política

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El ensayo del Doctor Amylcar Acosta termina con una anécdota de la vida del Nobel de Física Niels Borg –el que primero propuso el modelo del átomo con neutrones, protones y electrones girando a su alrededor–. Cuenta que como estudiante le pusieron la pregunta de cómo era posible medir con un barómetro la altura de un edificio. Contestó que amarrando el instrumento a una cuerda y soltándolo desde la azotea hasta que tocara suelo; el largo de la cuerda entonces sería igual a la altura del edificio. Como la respuesta era correcta pero no mostraba conocimientos de física no supieron si ponerle la máxima puntuación o un cero; optaron por darle una segunda oportunidad exigiendo que aplicara los conocimientos en esa materia. La segunda solución que dio fue que dejando caer el barómetro desde arriba y tomando el tiempo que le llevaba caer al suelo se sacaba la altura con la fórmula de la aceleración por efecto de la atracción de la gravedad. Tuvieron que aceptar que la respuesta era correcta. Pero, al salir, su calificador le preguntó que por qué decía que tenía además varias respuestas, y si acaso no conocía la respuesta convencional (que la diferencia de presión en el barómetro entre el piso y la terraza es proporcional a la altura del edificio); contestó él que claro que sí la sabía, pero que le molestaba que los profesores le dictaran la forma de pensar.

La moraleja que propone Amylcar Acosta es que, si algún sentido tiene formar economistas (en una ciencia que no es exacta) es promover ‘profesionales capaces de pensar con cabeza propia, sin grilletes ideológicos, sin prejuicios por camisa de fuerza’.

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¡Cuánta actualidad tiene ese pensamiento, programa o consejo, cuando nuestros ‘economistas’ siguen atados a las tesis y al modelo ‘ortodoxo’ de estirpe neoliberal impuesto por los órganos internacionales que piensan en el Estado como responsable únicamente del desarrollo económico y ni siquiera reconocen la alternativa y la importancia de la Economía Política!.

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