Opinión

  • | 2014/10/30 06:00

    Timonazo Educativo

    Si la educación superior es rentable, podemos pensar en vehículos financieros que liberen recursos públicos para preescolar, que es donde más se necesitan.

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Nadie pone en duda que la educación es un insumo esencial en el progreso real de cualquier sociedad. Al mejorar el acceso de todos los niños y jóvenes a las aulas, la sociedad da un primer salto en la dirección deseable y correcta de igualar oportunidades y subir la productividad y el nivel de vida de la población. Al mejorar la calidad de lo que sucede en esas mismas aulas, de otra parte, la sociedad da un segundo salto, de muchas maneras inmensamente más importante que el primero.

Aceptada esta verdad de Perogrullo hay que pasar de la lírica prácticamente unánime de lo que debería ser, a la prosa controversial del cómo diablos.

Desde más o menos mediados del siglo pasado se han hecho esfuerzos crecientemente sofisticados por estimar con alguna precisión las consecuencias económicas y financieras de que uno se eduque. La base de estos ejercicios es bastante sencilla: si la educación en realidad sirve para algo, debemos ser capaces de medir la ganancia más simple de todas: el incremento en los ingresos monetarios que la persona que se educa logra obtener por el solo hecho de hacerlo. Si haber cursado un año más de educación representa 12% más de ingresos laborales cada año respecto de la alternativa de no educarse, por ejemplo, hay razones para pensar que se trata de una inversión tan razonable como la de haber comprado una empresa cuyo precio sube 12% para siempre.

La cosa suena sencilla, pero no lo es tanto. En primer lugar, porque la información que tenemos sobre la población colombiana son fotografías tomadas de manera aislada en diferentes momentos del tiempo y no, como sería deseable, una película que hiciera seguimiento de una muestra de personas a lo largo de los años. Segundo, porque para deducir el efecto de la educación sobre los ingresos usando fotografías y no películas, es necesario eliminar con técnicas siempre imperfectas diferentes tipos de ruido que pueden llevar a equívocos como por ejemplo confundir el efecto de la educación con el efecto de los años de experiencia, o con el de la ubicación geográfica, o con aspectos que a veces influyen indebidamente en la historia laboral como por ejemplo el origen étnico del individuo, o su género o sus preferencias y opiniones.

Este tipo de ejercicios se vienen haciendo en Colombia desde hace muchos años, el primero se publicó a comienzos de los años setenta del siglo pasado, se actualizó unos diez años después y, posteriormente, se volvió a actualizar en 2002. Los resultados, palabras más palabras menos, sugieren que en esa época la educación era, en un sentido amplio, más rentable que en el resto del mundo (14% vs. 9,7%) y algo más rentable que en América Latina en su conjunto (12%). Esos resultados sugieren que, al menos en aquella época, los gastos en educación distaban mucho de ser un desperdicio en un sentido estrictamente financiero. Por ejemplo, sugerían que si el salto de 14% en el flujo de los ingresos representaba, digamos, $1.000 contantes y sonantes, era perfectamente razonable endeudarse y pagarle al acreedor $500, por decir algo. Mas en general, resulta razonable plantear que educarse ese año con respaldo en una deuda es razonable si el retorno a ese año adicional supera el costo de la deuda que uno asume.

Recientemente, el ejercicio se volvió a hacer, desde luego con varias sofisticaciones y un esfuerzo grande por mostrar resultados comparables con el resto del mundo. En gran síntesis, los resultados son todavía más promisorios que los de hace 20 años. La tasa de retorno de un año adicional de universidad, por ejemplo, es de 19,6%. Esto significa que lo que hay es plata para pagar la educación universitaria y que conviene empezar a pensar en esquemas que hagan uso de este enorme potencial financiero.

Uno que bien vale la pena mirar fue propuesto por el profesor Miguel Palacios hace unos años y consiste en titularizar los ingresos futuros de un grupo de jóvenes promisorios y diversos en términos de su vocación profesional, vender esos títulos en el mercado de valores y usar la plata para financiar la carrera universitaria de estos jóvenes.
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