Opinión

  • | 2015/01/22 12:00

    Vaivén emocional

    El complejo entorno internacional ya empezó a afectarnos, lo cual puede golpear la confianza este año. Tres áreas críticas para trabajar.

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El estado de ánimo de una sociedad es una variable que, no obstante encarnar misterios prácticamente inexpugnables, es a la vez reconocida como fuerza fundamental a la hora de explicar movimientos importantes de la situación económica y política de cualquier sociedad. Desde los caprichosos “espíritus animales” de Keynes a las diversas y muy traviesas “exuberancias” racionales e irracionales de la actualidad, pasando por una gama amplia de otras florituras y de esfuerzos más recientes por cuantificar, lo cierto es que no parece posible una reflexión relevante sobre lo que se viene sin una ponderación previa del estado de ánimo desde el cual uno arranca

Fácil discernir las cosas en Venezuela, por ejemplo, donde el estado de ánimo ya está pasando la raya del amargo extremo, con consecuencias que oscilan entre el pánico y el espanto. O en buena parte de Europa, donde a más de un lustro de estancamiento se le suma la inefable cantaleta del populismo, que siempre suena tan angelical y visionaria. O en Argentina, donde a las consecuencias sociales y económicas de una década de incompetencia y dolo en la Casa Rosada, se le suma ahora el asesinato coincidencial de los acusadores del régimen. Y así un desfile interminable de escenarios que llevarían al borde de un ataque de nervios al más recorrido de los maestros de meditación.

¿Y Colombia, qué? Cabe preguntarse porque, al fin y al cabo, como exportador de un petróleo significativamente más barato de lo que hace un año todos creíamos iba a observarse, el país experimentará incomodidades pequeñas, medianas y grandes derivadas de sus efectos fiscales y de balanza de pagos. Al fin y al cabo, digo yo, habrá otra reforma tributaria, probablemente aún más ilógica e inconveniente que la de hace un par de semanas, y al fin y al cabo muchos proyectos de inversión, incluso los que fueron capaces de aguantar en teoría la nueva andanada tributaria, carecerán del financiamiento externo con el cual habían contado.

Lejos de la preocupación que sugiere el entorno internacional, el ánimo nacional luce, por ahora, “muerto de risa y merendando”, como diría Celia Cruz. Por ejemplo, en diciembre los consumidores reportan unos niveles de confianza prácticamente iguales a los observados un año antes, cuando el petróleo superaba los US$100 por barril, financiar la cuenta corriente de la balanza de pagos parecía un chiste y era casi un hecho la reelección y por ende su fuerte espaldarazo a la gobernabilidad.

Un escenario deseable es que las realidades no tan nuevas que impone el entorno internacional induzcan una reconsideración prudente del estado de ánimo y el país logre evitar una de aquellas volteretas emocionales abruptas que tanto costo innecesario han implicado en circunstancias similares. Para ello, conviene que a 2015 lo recordemos como provisto de una política pública predecible, estable y bien comunicada. Hay tres temas específicos que resulta razonable enfatizar

Primero, en lo tributario es deseable olvidar el discursito populista de riquezas y pobrezas para enfatizar, en cambio, la necesidad de invertir, crecer y generar empleo de calidad. Nada sería mejor que profundizar los logros de haber reducido impuestos a la nómina, sin duda una explicación importante del comportamiento tan favorable del mercado laboral.

Segundo, pocas iniciativas darían un empujón tan grande a la confianza como una propuesta temprana y seria de reforma a la justicia que tenga como fin último la reducción de los monumentales costos de transacción que implica para empresas e individuos nuestra maraña actual.

Por último, conviene que seamos serios sobre lo que significan, más allá de las palomitas, los diálogos de La Habana. Hasta ahora, es claro que los mercados financieros no se han inmutado en los dos años que llevamos de aventura, lo cual ha hecho fáciles las cosas. Pero eso no necesariamente va a continuar así y conviene atajar el riesgo de que algún patatús sufran, explicando si lo que en el fondo quiere el Gobierno es una reforma agraria, en cuyo caso conviene explicar de dónde sale la plata.

Este va a ser un año provisto de varios vértigos potencialmente peligrosos y la tarea fundamental del Gobierno, por mínima que parezca, será no exacerbarlos.
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