Opinión

  • | 2015/04/30 05:00

    Las apariencias engañan

    Nos insisten los voceros del Gobierno y sus publicistas sobre una situación de solidez y seguridad que nos permitirá superar la mala coyuntura; eso está muy lejos de la realidad.

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Detrás de lo que nos muestran siempre, hay algo más complejo que usualmente resulta oculto.

El punto es que no todo es como se nos presenta. Y no necesariamente porque sea falso sino porque es incompleto (en forma deliberada o no) o enfocado desde otra perspectiva.

Eso pasa con la economía colombiana.

Nos insisten los voceros del Gobierno y sus publicistas sobre una situación de solidez y seguridad que nos permitirá superar la mala coyuntura; eso está muy lejos de la realidad.

Los indicadores sobre los cuales hacen énfasis las autoridades y los medios afines o que son parte de ‘el establecimiento’ no dejan ver lo grave del momento en que nos encontramos.

Si profundizamos un poco en la estructura de nuestra economía –es decir, en los aspectos fundamentales y no en los indicadores macroeconómicos que solo reflejan lo que pasa en el momento (como la inflación, o las reservas, o la reducción o aumento del déficit fiscal)– el escenario es desolador.

Hoy es reconocido que el recurso humano –el Capital Humano– es no solo la base del bienestar social sino el que determina las posibilidades de la economía y del desarrollo; nuestros indicadores de educación –pruebas Pisa, Terce e Índice de Calidad Educativa– son lamentables, tenemos desde hace más de diez años una reforma pendiente a la educación, y lo que nos dicen es que será en un futuro –para el año 2025– que tendremos una situación satisfactoria.

Otro reconocimiento es que el mayor motor de una economía es el Capital Social, entendido como la seguridad de los contratos, la credibilidad de las instituciones, la funcionalidad de la administración de Justicia: en nuestro caso ese valor estaría cerca a cero, con la impunidad, la inseguridad, la corrupción, el abuso de autoridad y tantos etcéteras que traen además la insolidaridad, la violencia, la intransigencia y la intolerancia que vemos a diario; pero lo que nos dicen es que se presentarán reformas para subsanar todo esto.

Si fuéramos a las antiguas mediciones del Capital Físico como base de las proyecciones a futuro, nuestra infraestructura vial es la peor del continente, con ninguna actualización bajo los dos recientes mandatarios, y con retrasos y sobrecostos pendientes en lo poquito que se inició (la Línea, Autopista del Sol, Bogotá-Girardot, Cali-Buenaventura); pero nos prometen que eso cambiará, pues habrá $50 billones de inversión de aquí a no se sabe cuándo.

Y si hablamos del Capital en el sentido de inversiones en general, son las empresas extranjeras las que han invertido aquí; luego, si consideramos el Producto Nacional Bruto y no el PIB (es decir, el verdadero crecimiento del capital nacional) nos encontramos con que el primero prácticamente no crece; esto se refleja en que la cuenta corriente es deficitaria por el efecto de las remesas de dividendos que estas inversiones producen. Pero nos dicen que los TLC no solo compensarán eso sino también el creciente déficit de la balanza cambiaria; que no es sino esperar el futuro desarrollo de esos tratados.

Tenemos el desempleo más alto del continente y, lo que es peor, un empleo amarrado principalmente a la violencia crónica que vivimos: las fuerzas armadas tienen más miembros que cualquiera del continente exceptuando los Estados Unidos, pero incluso en comparación a ellos su participación en el presupuesto nacional es más grande. Y entre las compañías de seguridad, las bandas criminales organizadas, la guerrilla y la delincuencia común crean otro tanto de soluciones de vida para quienes no consiguen otra opción de trabajo.

El modelo basado en el libre mercado retrasó nuestra industria y fomentó el abandono de las actividades agrícolas, de forma tal que hoy la dependencia alimentaria del extranjero es más alta que nunca y nuestra manufactura es incapaz de competir con las importaciones. Nos montamos en un absurdo modelo que en vez de crear riqueza se basa en la extracción de recursos naturales; absurdo más grave aún por depender del petróleo que no tenemos (Venezuela, Arabia Saudita, Irán, Irak, Nigeria o cualquiera de los países petroleros tienen entre 50 y 200 veces más reservas que nosotros); pero nos dicen que la solución es explorar más, que ya subimos de 998.000 a 1’025.000 de barriles diarios (¡!!), que hay grandes expectativas en las plataformas submarinas…

Hasta hace poco, nuestra principal fuente de divisas eran las remesas que envían a sus familiares los colombianos del exterior; la crisis de España, de Estados Unidos y sobre todo de Venezuela cambió esto; y pareciera que nuestro consuelo es mostrar obsesivamente que esta última está peor que nosotros, cuando, por la forma en que nos afecta en su condición de principal socio comercial, esto es solo uno más de nuestros males.

No es casualidad que en el Índice de Estados Fallidos (The Failed States) seamos calificados después de Haití como el de más riesgo del continente y, exceptuando aquel, el único en la categoría de altísima advertencia (Very High Warning); ¡¡Y eso antes de la caída del precio del petróleo!! (Tanto nos dicen que esperar al futuro y hay que ver cómo comenzó).
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