Opinión

  • | 2016/07/21 00:00

    Rentas para los ricos

    ¿Qué tienen en común la Federación de Cafeteros, las Cajas de Compensación y las AFP?

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Como cada dos años, habrá una nueva reforma tributaria para la Navidad. En esta ocasión, en vez de subir los impuestos, deberían reducirse las cargas fiscales que recaen sobre las clases trabajadoras y recortarse las rentas para los ricos. Pero eso no está siquiera en discusión. Hay tres ejemplos destacados de impuestos a los trabajadores que financian rentas para los ricos, que el Gobierno no parece dispuesto a reformar.

El primero son los impuestos que pagan los caficultores para financiar la burocracia de la Federación Nacional de Cafeteros. La Misión Cafetera identificó que los caficultores, que son en su mayoría pobres, pagan 15% de sus ingresos por cuenta de la contribución cafetera y el sistema de fijación de precios del café pergamino. Con estos “parafiscales” se financia la pesada burocracia de la Federación y una diversidad de programas de dudosa eficacia. La Misión propuso remedios a esta situación, que el Gobierno prefirió desconocer casi en su totalidad. En lugar de reducirles las cargas fiscales a los caficultores, en el contrato recién firmado con la Federación, que regirá la política cafetera de los próximos 10 años, se estableció elevar en 20% la tajada que esta entidad puede recibir de la contribución cafetera para sus gastos de administración.

El segundo ejemplo son los parafiscales del 4% de la nómina con los cuales se financia a las Cajas de Compensación. Las Cajas se crearon para entregar a los trabajadores de ingresos bajos un subsidio por persona dependiente. En el papel este sistema es redistributivo, pues un trabajador de salario mínimo recibe por cada hijo o dependiente un subsidio en efectivo casi igual al monto aportado, mientras que no hay subsidios para trabajadores de más de cuatro salarios mínimos. Pero estos subsidios familiares en efectivo absorben apenas 30% del recaudo del 4%, con lo cual queda un espacio enorme para alimentar una burocracia y una diversidad de actividades que van desde recreación y supermercados hasta subsidios a la vivienda. Y esto sí es muy regresivo, porque todo subsidio al consumo le regala más al que tiene más dinero para gastar. Las Cajas nunca han dejado que se analice seriamente la eficacia de su gasto o el impacto distributivo de sus actividades.

Las pensiones son el tercer ejemplo. El sistema colombiano solo consigue que se jubilen los ricos, y a estos les conceden unos subsidios descomunales: quienes cotizan en Colpensiones sobre el máximo permitido de 25 salarios mínimos reciben un subsidio de más de $1.000 millones. En cambio, muy pocos trabajadores pobres se jubilan porque sus vidas laborales son muy inestables. Para la inmensa mayoría de los trabajadores pobres, las semanas de cotización o los montos cotizados no alcanzan para la pensión. Cuando llegan a la edad de jubilación, si están en una AFP les devuelven los aportes más los rendimientos y si están en Colpensiones apenas los aportes ajustados por inflación. Y en ambos lados pierden los costos de administración, que son el 1% de sus salarios y que constituyen, en fin de cuentas, parte de la renta para los ricos (pensionados ricos en el caso de Colpensiones o dueños de las AFP).

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Estas formas de gravar a los pobres para beneficiar a los ricos tienen varias cosas en común. La más destacada es que se escudan en los más loables objetivos sociales, como son proteger a los trabajadores pobres. El Gobierno sabe muy bien que una forma más efectiva de proteger a los trabajadores es facilitando la generación de empleo mediante la reducción de los sobrecostos laborales. Con ese argumento eliminó los parafiscales para el Sena y el ICBF, pero no se atreve a eliminar las rentas para los ricos. Estos mecanismos regresivos tienen además en común que solo afectan el Presupuesto Nacional cuando son deficitarios, como Colpensiones desde su creación, o como el sector cafetero en los años de vacas flacas. Y, por último, tienen en común que rara vez se los evalúa. Y si ello llega a ocurrir, como en el caso reciente de la institucionalidad cafetera, no ocurre nada porque quienes se benefician del status quo son demasiado poderosos mientras que los perjudicados son millones de trabajadores que no tienen mayor capacidad para expresarse, si es que acaso entienden cómo es que los están esquilmando.

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