Opinión

  • | 2015/08/05 19:00

    No sé qué

    Con frecuencia, las convicciones más inapelables producen reacciones emocionales contrarias a la evidencia. ¿Será que eso sirve para algo?

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En el conjunto de todos los objetos del mundo predominan, en cantidad tanto como en contenido, aquellos que no dejan duda alguna. Un televisor. Un martillo. Un parlante. Son lo que son y punto final. Objetos que dejan dudas –el cachivache, el sinfin, el vainaesa, por decir algo– son una minoría inobjetable.

Si pasamos de los objetos a las emociones cambiamos de grado, claro, pero no de esencia. En el conjunto de todas las emociones del mundo, mejor dicho, también predominan las que no dejan duda, empezando por el amor –voy en orden alfabético, tranquilo– y pasando por la ira. A su amparo, uno siente lo que uno siente y punto, así los matices sean complejos hasta el punto de gestar el mejor arte y la mejor literatura. 

Pero también existen los cachivaches y los vainaesa emocionales. En los últimos días varios episodios han golpeado con particular fortaleza el tambor de estas emociones ambiguas y minoritarias. En el escenario que habitan mis ambigüedades recientes se desarrolla una trama cuyo hilo conductor es sencillo. Primer acto (allegro con brío): se acusa a fulano de tal de un acto intolerable, con i mayúscula. Suenan las trompetas de la indignación, con i mayúscula. Las emociones no dejan duda. Segundo acto (andante lento), resulta que, tras una pesquisa más o menos simple, queda claro que fulano de tal no cometió el acto intolerable, o que el acto no era, al cabo, tan intolerable, o que hay una asimetría incómoda entre la realidad y las trompetas del primer acto.

Empiezo por el caso de la presunta violación de una conductora del SITP en Bogotá. No hay mucho que decir, salvo quizás una cosa. No obstante el hecho de que haya sido una mentira, me niego a guardar del todo las trompetas que toqué en el primer acto de lo que a mi concierne. Algo me gustó de mí mismo en el curso del empute –otra emoción tajante que no deja la menor duda–.

Sigo con el caso del Profesor Tim Hunt, premio Nobel de Medicina en 2001. La historia transcurre en el contexto de un importante evento mundial para periodistas especializados en ciencias, evento que se llevó a cabo en junio último en Seúl. Pues bien, resulta que el Profesor Hunt fue invitado como conferencista a un almuerzo cuyo anfitrión era una asociación que agrupa diversas organizaciones coreanas de mujeres dedicadas a la ciencia y la tecnología. El Profesor hizo su presentación en el tono amable y ameno que caracteriza estos discursos a la hora de almorzar, en medio del berenjenal exigente de una conferencia profesional. En ese contexto, lo que Hunt verdaderamente dijo fue que a él le parecía bastante extraño: 

“(...) que un monstruo chauvinista como yo haya sido invitado a hablar con mujeres científicas. Déjenme contarles mis líos con las chicas. Cuando ellas están en el laboratorio pasan tres cosas: uno se enamora de ellas, ellas se enamoran de uno y cuando uno las critica, chillan. A lo mejor deberíamos construir laboratorios separados para niños y para niñas. Ahora sí, hablando en serio, me impresiona el desarrollo económico de Corea. Y las mujeres jugaron, sin duda, un papel importante en lograrlo. La ciencia necesita mujeres y ustedes deben hacer ciencia sin importar los obstáculos y sin importar monstruos como yo”.

Infortunadamente, en el auditorio había una tal Connie St. Louis, tuitera influyente, quien fue incapaz de captar la sutileza y el humor británico de un mensaje que tiene mucho más de autoburla que de misógino irredento, lanzó una diatriba cibernética sacando un par de frases de contexto, y ahí fue Troya. Al poco tiempo, Hunt fue víctima de una andanada mediática sin misericordia, tuvo que renunciar a un puesto honorífico que tenía en la Universidad de Londres, centro de excelencia que no tuvo, empero, la entereza de defenderlo y debió haber pasado, o debe seguir pasando, amarguras de diversa índole.

Nuevamente, me niego a guardar del todo las trompetas indignadas del primer acto y nuevamente siento que hay algo sustantivo, un no sé qué cuya estructura precisa se me escapa, pero que intuyo relevante. Reconocer el error incurrido en el caso específico, aceptar el peso de la evidencia empírica, sin renunciar al juicio inicial por el caso general, debe tener un nombre. Y, de paso, creo que es una virtud en cualquier cancha donde se crucen convicciones inapelables.
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