Opinión

  • | 2014/12/18 06:00

    El secreto de la felicidad

    Lo más probable es que Colombia vuelva a liderar el ranking de los países más felices del mundo para 2014.

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Cada 30 de diciembre, la firma WIN/Gallup publica el resultado de ciertas encuestas que hace anualmente para averiguar cómo nos sentimos, durante el año que termina, las personas que vivimos en este mundo, con lo que –sin buscarlo– les amarga las fiestas de año nuevo a los economistas que se dedican a los temas latinoamericanos. En concreto, el problema está en que al responder las encuestas de Gallup, los latinos casi siempre decimos que fuimos muy felices durante el año que pasó, de lo que se sigue que, según Gallup, el grupo de los 10 países más felices del mundo está integrado mayoritariamente por países latinos, mientras que los economistas –que se pasan la vida estudiándonos y recomendando a los gobiernos de turno que adopten alguna gran reforma, cuyo contenido dependerá de lo que esté de moda el respectivo año– opinan que en realidad somos infelices así digamos lo contrario, y les preocupa que se cuele la idea, que consideran absurda, de que Latinoamérica es feliz, porque temen que esto pueda llevar a algún gobierno a pensar que la reforma que le propusieron no era tan necesaria.

Entre los que no pueden entender la felicidad latina está el conocido periodista argentino Andrés Oppenheimer, quien en una columna1 que publicó recientemente dijo que para recuperarse del estrés que le produjo la última encuesta de Gallup –según la cual Paraguay es el país más feliz del mundo por emociones positivas– le pidió ayuda a Daniel Kahneman, el famoso sicólogo experto en economía del comportamiento, autor del best-seller Pensar rápido, pensar despacio y premio Nobel de Economía, quien le explicó –al parecer después de pensar muy rápido– que los resultados de la encuesta en cuestión se explican por la tendencia de los latinos a expresar más sus emociones que las gentes de otras culturas, y que así como contestaron que son muy felices cuando se les preguntó por la felicidad, contestarían que son los más infelices de todos si se les preguntara por la infelicidad.

Para evaluar la tesis del profesor Kahneman, según la cual los latinos no somos los más felices pero si los más emocionalmente exagerados de todos los seres humanos, es útil discriminar por clases sociales la percepción subjetiva de felicidad que se reporta en nuestra región y compararla con lo que se observa en otras regiones, ya que esa perspectiva permite ver que la diferencia en percepción de felicidad entre Latinoamérica y las demás regiones se explica en que, en los países altamente felices de nuestra región, todas las clases sociales tienen una percepción alta de felicidad, mientras que en los países desarrollados, la percepción de felicidad que tienen los ricos es mucho mayor que la de nuestros propios ricos, pero la percepción de felicidad de los pobres es mucho menor que la que tienen los pobres de acá.

Esta información puede deducirse de la página web del World Values Survey 2010-20142, donde, por ejemplo, se observa cómo en Colombia –país que ocupó el primer lugar mundial en percepción de felicidad durante los últimos dos años según Gallup– la diferencia entre la clase más alta y la más baja (asumiendo 5 clases sociales ) es de solo 3%, mientras que en Alemania esa misma diferencia es de 40%, en Estados Unidos de 51% y en Australia de 56%, y también que si se compara la percepción de felicidad de los colombianos de la clase más alta con la de sus pares en los otros 48 países analizados, el país desciende del puesto 3 al puesto 17.

Estos datos abren grandes troneras a la tesis de Kahneman, en tanto demuestran: i) que los miembros de la clase más alta en los países latinos muy felices se sienten menos felices que los de muchos países desarrollados, lo que es incompatible con la supuestamente alta emotividad latina y ii) que es muy probable que la cercanía en cuanto a las percepciones de felicidad entre las clases altas y bajas refuerce positivamente la percepción de felicidad de los integrantes de la clase más baja mientras que, al contrario, la alta diferencia en la percepción de felicidad entre las distintas clases seguramente retroalimenta negativamente la infelicidad de los más pobres.

Ante el fracaso de la explicación emocional se necesitan otras hipótesis para entender la causa de la felicidad latina. Puede ser que, a diferencia de los pobres de tradición protestante de otros países, las personas de clase baja en nuestras sociedades asocian menos la felicidad a los logros materiales y más a la vida en familia y a las relaciones sociales, o simplemente en que por razones culturales los latinos sienten menos odio de clase. Pero sabemos que la alta percepción de felicidad que caracteriza a algunos países latinos se sustenta en que –a diferencia de los pobres en los países ricos–, los integrantes de las clases más bajas en nuestra región no se sienten menos felices que nadie a pesar de la adversidad que enfrentan, de lo que surge una poderosa lección de alegría de vivir.
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