Opinión

  • | 2017/04/27 00:01

    ¡Que tiemblen los contribuyentes!

    Improvisada y a medias estructurada, la reforma tributaria ha dejado males por varias partes.

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Pareciera que esa hubiera sido la intención de la nueva reforma tributaria; o por lo menos que ese ha sido el resultado que se empieza a ver.

Improvisada y a medias estructurada –se suponía que iba a ser una ‘reforma estructural’, pero tocó limitarla a una reforma de emergencia para subsanar desfases coyunturales– lo que ha dejado es, como todo lo que se hace medias, males por varias partes.

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Uno, el que estamos viendo de un golpe a la economía y sobre todo a los hogares. Así lo muestran la disminución de la actividad industrial, el crecimiento del desempleo, la reducción de las expectativas de crecimiento del PIB, la lamentable situación del sector agrario, e incluso (aunque parezca increíble) la baja de las utilidades de los bancos en $1 billón. Hasta el Fondo Monetario Internacional –que predice una mejora sobre sus previsiones anteriores respecto al aumento del PIB mundial– considera que América Latina tendrá sin embargo menos de lo proyectado, y dentro de la región Colombia sería después de Venezuela la que en relación a los supuestos anteriores más cae.

Pero lo más grave es la disminución del consumo, porque esto afecta tanto al Estado como a sus habitantes. Ya no se le puede echar la culpa al verano o al paro de camioneros por el deterioro de las cifras, ni seguir predicando que estamos mejor que el promedio regional, cuando lo que sucede es que seguimos yendo de mal en peor. En cambio, lo mal que va el vecino nos afecta doblemente a nosotros pues han ido desapareciendo las remesas de nuestros compatriotas en Venezuela (que como la mayor colonia de nacionales en el extranjero era la principal fuente de esas divisas), y lo que ahora recibimos son colombianos y venezolanos desempleados que agravan la situación nacional.

Los supuestos recaudos adicionales por la nueva reforma ($7,8 billones) quedarían en entredicho, como casi todas las presentaciones optimistas del Gobierno.

Si ya estaba reconocido que antes de dos años debería venir otro asalto al bolsillo de los contribuyentes, ya no queda duda que así será, pero parece que más pronto y más fuerte de lo anunciado.

El Ministro de Hacienda insiste en que una gran labor fiscal ha sido el aumento del recaudo durante los últimos tres años. Lo que no enfatiza es que parte de ese mayor ingreso (puede ser que la mayoría) corresponde al ‘impuesto a la riqueza’ y a la amnistía para bienes en el exterior, que se acaban ambas en este año. Tienen ambos impuestos el carácter de ocasionales y el segundo es el gran lavadero de toda clase de dineros clandestinos e ilegales; ningún sistema tributario puede depender estructuralmente de permanentes ‘creaciones’ de tributos como esos. Ni se puede hacer como se hizo con el ‘cuatro por mil’ al volverlo permanente; y eso siendo por consenso entre todos los expertos el gravamen más antitécnico concebible, entre otras porque propicia la desbancarización.

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El complemento de esta ‘política tributaria’ (o más correctamente de esa ausencia de ella) repite lo que sucede por ejemplo con la falta de una política criminal: se pretende que las medidas represivas y/o coactivas corrigen esa ausencia. Así la amenaza de que por declaraciones inexactas se puede caer ya no solo en multimillonarias multas sino inclusive llevar a prisión. Otros modelos parece se ensayarán, como el de la India de “obras por impuestos” en las que el contribuyente (sobre todo como empresas) puede cubrir parcialmente sus responsabilidades fiscales con obras públicas o para la comunidad; pero sin corresponder a un esquema general –son solo para las ZOMAC, Zonas Más Afectadas por el Conflicto Armado– y con eventuales sanciones que tienden más a evitar que a invitar inversionistas.

Tiene el Gobierno además la mala suerte de que coincide esa nueva situación con el gran despliegue de los medios en relación al lugar o función que ocupa la corrupción en el país.

Ya ni siquiera se puede hacer el chiste de que ella es una forma de redistribución del ingreso o de la riqueza, porque al resentimiento por el deterioro de la situación personal se adiciona la indignación de saber a dónde van esos recursos.

Sí, parece que la ‘política tributaria’ es la de ¡‘que tiemblen los contribuyentes’!; pero probablemente parte de sus consecuencias (aunado al hastío con los caos de corrupción y a la falta de respuestas o reformas a los temas de Justicia, Salud, Pensiones, etc.) es que según las encuestas 77% de la población considere como mala la gestión del Gobierno. Y no se trata de si son válidas o no esas encuestas, sino que una tras otra muestran cada vez más insatisfacción en la ciudadanía.

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