Opinión

  • | 2015/09/30 19:00

    Economía papal

    El Papa Francisco ha liderado dos debates de enorme trascendencia: la pobreza y el medio ambiente. ¿Tiene razón en sus argumentos?

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Durante el último par de meses, el Papa Francisco ha liderado debates de enorme trascendencia global, entre ellos, de manera especialmente relevante por estos lados, la pobreza y el medio ambiente. Primero, con su Carta Encíclica Laudato Si sobre el “cuidado de la casa común”. Segundo, con sus intervenciones en el curso del viaje apostólico a Cuba y Estados Unidos. Es muy claro que nadie en el mundo, como el Papa, es capaz no solo de generar las ideas, sino también de comunicarlas y lograr que se abran las ventanas del diálogo franco.

En gran síntesis, el Papa está, en primer lugar, reafirmando lo que consignó, hace un par de años, en su exhortación Evangelii Gaudium: que la pobreza y lo que él considera su correlato, la desigualdad social, son un escándalo firmemente anclado a lo que ha llamado la “cultura de la exclusión” o del descarte y la “idolatría del dinero”. En dicha exhortación planteó el hilo conductor de su visión económica. Primero, al mercado libre lo subyace una falencia antropológica: la subordinación del ser humano al flujo de consumo, “el consumismo extremo y selectivo de algunos”. Segundo, esta falencia antropológica inherente al actual modelo de desarrollo, es la causa última de la pobreza, la exclusión y la desigualdad. Tercero, la degradación humana y la degradación ambiental van de la mano y tienen su origen común en “un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla”. A ese modo equivocado causante de las dos tragedias, lo llama el “paradigma tecnocrático” en cuya esencia está la idea de: “un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos”. Supone, dice Su Santidad, “la mentira de la disponibilidad infinita de bienes del planeta, que lleva a estrujarlo hasta el límite y más allá del límite”.

La verdad es que al Sumo Pontífice lo contradicen las cifras. Primero, contrario a lo que escribe, lo cierto es que desde los albores del siglo XIX, cuando la humanidad estrena el crecimiento económico, hasta nuestro días todos los indicadores de calidad de vida han mejorado de manera pasmosa. La esperanza de vida al nacer, para comenzar, pasa de 26 años en 1820, cifra prácticamente idéntica a la observada por los siglos de los siglos previos, a 64 años en 2003. La pobreza extrema cobijaba a 85% de la población mundial en 1800, hoy a 12%. En conclusión, sugerir que el modelo de desarrollo actual es excluyente y empobrecedor, carece de fundamento empírico. 

Segundo, la desigualdad tiene de largo y de ancho. Es completamente cierto que al interior de muchos países la desigualdad ha aumentado. Pero desde el punto de vista de lo que le debe importar al Papa, es decir la población mundial, lo cierto es que entre 1970 y 2006, la desigualdad, medida como el coeficiente Gini bajó de manera importante: de 67,6 a 61,2. Cálculos recientes estiman que la pobreza, medida como el número de personas que viven con ingresos de US$2 de paridad por día –unos $430.000 mensuales en una familia colombiana de 4 miembros–, bajó de representar 45,2% de la población total del planeta en 1970 a 13% en 2006, y cabe pensar que es menor hoy día. En conclusión, afirmar que entendida como una variable global, la desigualdad es cada día peor, carece de fundamento empírico.

Tercero, en su discusión climática, el Sumo Pontífice es muy partidario de actuar con decisión y urgencia, frenando radicalmente la emisión de gases causantes del efecto invernadero. Hay dos problemas. Primero, entre más fuerte el frenazo, menor el crecimiento económico, factor que duele más en un país pobre que un país rico, lo cual va en contravía de lo que él quisiera ver. Dos, el costo de largo plazo, medido en términos de PIB entre no hacer nada, escenario de adaptación, y mitigar los efectos de 2 grados de calentamiento serían, según un reciente análisis de la dirección ambiental de Ocde, a solicitud del IPCC, muy similares en el año 2100. La propuesta de frenar el crecimiento para mitigar el calentamiento global (hoy día no hay alternativa factible) castiga más duro a los habitantes de países pobres y castiga más duro a la generación actual, que es inmensamente más pobre que la generación futura. Resultado que Su Santidad, sin duda, consideraría contrario a sus convicciones éticas.
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