Opinión

  • | 2015/03/05 06:00

    ¿Qué comerá Colombia en 2050?

    Nada se planea en nuestro país para producir la comida que necesitará su propia población y el resto del mundo en el futuro.

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¿Qué pondrá en su mesa la Colombia de clase media-alta que nos mira desde el año 2050? De acuerdo con las proyecciones de las Naciones Unidas, en el año 2050 Colombia tendrá 63 millones de habitantes, de los cuales solo 15% vivirá en el campo. Y –según las cuentas que hacen y rehacen los economistas– ninguno de estos futuros colombianos ganará menos de US$1.000 al año mientras que 24 millones ganarán más de US$15.000.

Tanto el aumento poblacional como el crecimiento de la clase media que se pronostican para Colombia entre el presente y el año 2050 hacen parte de fenómenos globales de gran trascendencia para la historia de la humanidad. Según las proyecciones de las Naciones Unidas, el mundo pasará de tener 7.000 millones de habitantes en 2015 a 9.300 millones en 2050, lo que nos llevará muy cerca del número máximo de personas a partir del cual la población comenzará a retroceder (menos de 10.000 millones antes de 2100). En otras palabras, nunca han convivido ni volverán a convivir tantos seres humanos como en este siglo.

Por su parte, la llamada “clase media global” de la que hoy hacen parte 1.800 millones de personas pasará a tener 4.800 millones en 2050. (Los miembros de la clase-media global son, según la Ocde, las personas que ganan o gastan entre US$10 y US$100 al día).

El aumento de la población que se avizora en el mundo –importante en términos absolutos aunque menos acelerado que en el pasado– tendrá su impacto en la demanda mundial por comida, pero el efecto más fuerte lo producirá el crecimiento de la clase media global, gracias al cual millones de nuevos consumidores cambiarán sus hábitos de consumo y demandarán los mismos productos de origen animal (carnes, huevos y productos lácteos) y las frutas y las verduras que hoy solo comen los habitantes de los países ricos y los integrantes de los estratos más altos de los demás países. Para ilustrar este efecto basta reparar en que en la Colombia de hoy, un solo rico consume –en promedio– aproximadamente la misma cantidad de carne de res que cuatro pobres.

Este fenómeno ya comenzó. Más personas pasarán a ser parte de la clase media en esta década (2010-2020) que en ningún otro periodo de la historia humana, y en nuestro propio país –en menos de 10 años– la clase media saltó de ser 15% a ser 30% de la población. ¿Qué comerá esta nueva clase media? Para atender sus demandas se calcula que en 2050 el mundo necesitará 60% más comida que la que se produce actualmente, particularmente carne, huevos y leche. Para producirlos, los sectores agrícolas y pecuarios de los países exportadores de alimentos tendrán que innovar e incrementar de forma sostenida y organizada su productividad, lo que requerirá de cuantiosísimas inversiones en tecnología y maquinaria y la capacitación continua de la mano de obra.

Pero, a pesar de la extraordinaria coyuntura que vive el mundo en materia de alimentación, en el debate sobre la política agroalimentaria y la bioeconomía colombiana no se oye ninguna pregunta –y menos aún respuestas– sobre lo que va a hacer nuestro país para dar comida a su propia población y para contribuir a alimentar al resto del mundo en los próximos 35 años de demanda creciente, porque las negociaciones de paz con las Farc galvanizan todo el debate agrario, haciéndolo girar exclusivamente en torno al tema de la distribución de la tierra, tanto que los 8 artículos que el Plan de Desarrollo dedicó al campo, solo se ocupan de la reestructuración de la burocracia sectorial, del tema de los baldíos y de la formalización de la pequeña propiedad.

No es posible desconocer la importancia de la paz, ni la tragedia de los campesinos que fueron despojados de sus propiedades, ni la grave situación de pobreza rural que aún persiste, pero la obsesión de muchos activistas políticos con la estructura de la propiedad de la tierra rural en Colombia devuelve al país a una época ya superada, en la cual nuestra economía estaba basada en la agricultura y la ganadería, la tierra era –junto al trabajo– el factor de producción fundamental y la fuente principal de la riqueza nacional, y el país estaba gobernado por una élite rural que desapareció ya hace un siglo.

El problema de fondo consiste en que tras la agenda rural acordada entre las Farc y el Gobierno en La Habana lo que se pretende es la construcción de una utopía campesina que nunca ha existido ni en Colombia ni en ninguna otra parte del mundo, y además, que sus proponentes se empeñan en imponer esa visión a los campesinos sin ofrecerles la opción de decidir si quieren hacer parte de ese experimento social o si prefieren usar los recursos que el Estado está dispuesto a invertir en ellos para abrirse una nueva vida en la ciudad con sus familias. Mientras tanto, se nos olvida el futuro.
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