Opinión

  • | 2016/07/21 00:00

    ‘Prosperidad para todos’ o la nueva ‘prosperidad al debe’

    Es una contradicción que se estén planteando toda clase de mayores inversiones y gastos sin tener las fuentes de financiación.

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El acceso al poder por parte del Partido Liberal en cabeza de Olaya Herrera en 1930 se debió solo en parte a lo político, con la división del conservatismo entre el General Vásquez Cobo y el Poeta Valencia. Detrás estaba la situación económica causada por la gran crisis mundial y el manejo dado por la orientación de la ‘prosperidad al debe’ denunciada por Alfonso López Pumarejo. Como la historia se repite, hoy ante la crisis mundial nos prometen la ‘prosperidad para todos’.

Las propuestas a nivel nacional como las de la nueva Alcaldía de Bogotá tienen la misma orientación: tanto el Dr. Peñalosa como el Dr. Santos –o más exactamente el Dr. Vargas Lleras, porque el Presidente no maneja nada diferente de los ‘acuerdos de paz’– nos prometen una ‘prosperidad al debe’. (El caso de la Alcaldía está desarrollado en Véndase todo).

Consiste esta en planear inversiones sin tener los recursos para hacerlas, planteando en el papel soluciones que o no dependen de quien las propone o tendrán las consecuencias negativas en un futuro en cabeza de otros mandatarios.

Hoy en día el Presupuesto General de la Nación debe ser disminuido, por la caída en los recursos provenientes principalmente de la baja del petróleo, pero también del fracaso del modelo basado en el comercio internacional (la ‘apertura’) en un momento en que este pasa por su peor crisis.

Nuestra capacidad de inversión se encuentra condicionada a los ingresos que producimos y a la capacidad de endeudamiento que tenemos. Al igual que cualquier individuo o cualquier hogar, la posibilidad de aumentarla depende de la capacidad de destinar a ello mayores recursos; y lo que le sucede actualmente al Estado colombiano es que su ingreso está disminuyendo; con lo cual disminuyen a su turno las posibilidades de mayor endeudamiento. Por lo tanto, es una contradicción que se estén planteando toda clase de mayores inversiones y gastos (desde los de infraestructura, que dependen de lo que venga con las empresas transnacionales, hasta los de la ‘Paz’, que aspiramos a que los aporten los gobiernos extranjeros) sin tener las fuentes de financiación.

Como en cuanto a la capacidad de adquirir créditos la Nación es un agente económico más y como tal depende de la financiación del sistema de intermediación que funciona a través de los bancos, cuando estos –tanto los nacionales como los internacionales– están a su turno disminuyendo sus riesgos, la respuesta no parece encontrarse por ese lado. Y aunque en principio el Estado tiene además la posibilidad de emitir para con los recursos así ‘creados’ crear una forma de ‘financiación’, esta está estrechamente ligada a la inflación; y como la tendencia actual ha llevado a que el objetivo principal del manejo monetario sea el control de la inflación (insertada incluso en la ley para el Banco de la República, y para el presupuesto con las limitaciones que impone la ‘regla fiscal’) la alternativa de recurrir a la emisión para adelantar las promesas del Gobierno se ve bastante limitada.

Nos dicen entonces que la solución es atraer inversionistas extranjeros porque supuestamente tenemos mejores condiciones para ello gracias a los acuerdos con las Farc, lo cual es cierto en cuanto a la comparación para efectos internos entre con conflicto armado o sin él. Pero no necesariamente nos vuelve más competitivos en contraste con otros países. Esta ‘solución’ depende entonces de ofrecer más ventajas que las del resto del mercado para compensar los riesgos e incertidumbres que presentamos. Además, en alguna forma se pretende que se pueden vender los beneficios de la paz antes de que esta se consolide; y al mismo tiempo se reconoce que esa paz depende de lograr esa especie de venta anticipada. (Es algo parecido a la idea del gobierno distrital de financiar las terminales de Transmilenio con la venta de los edificios que se harán en esas terminales).

El hecho es que tanto en el caso de la financiación con los eventuales déficit creados por emisión, como en el de los recursos que se puedan conseguir por inversión extranjera, estaríamos hablando de una prosperidad al debe basada en un presente que compromete la estabilidad futura. En últimas dependemos de algo que no existe, pero que nos aseguran que existirá.

Caemos entonces en lo que la funcionaria distrital dijo con mayor sinceridad al decir que conseguiría los recursos ‘con la venta de lo que sea’. Al nivel Nación ya lo iniciamos con la venta de Isagen y sigue la lista encabezándola una participación en Ecopetrol. Lo que no se aclara es que esas nuevas ‘mayores inversiones de la historia’ en esos sectores corresponden a otro tanto de desinversión en los sectores de esas empresas que se rematan.

Se acude entonces a las vigencias futuras y a las reformas tributarias que aumentarán la carga, y a que ‘el que venga atrás que arrastre’.

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