Opinión

  • | 2015/02/08 08:25

    Déjame vivir mi vida

    Antes de juzgar o de prohibir, primero hay que intentar entender.

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¿Será 'verdá' que hay muchos más moralistas entre los colombianos de tierra fría que entre los de tierra caliente? Esta hipótesis light se basa en el papel que jugó el clima frío de las montañas colombianas en la colonización española, y en la impronta que a su vez dejó la colonización española en el carácter de la gente que vive hoy en día por encima de los 2.000 metros sobre el nivel del mar en Colombia –incluyendo también los descendientes de la colonización cafetera–. El punto está en que el frío de las montañas facilitaba que los españoles (una especie exótica en el trópico) y sus cultivos y sus animales domésticos (también exóticos) pudieran sobrevivir aquí, a salvo del paludismo y las demás plagas que ellos mismos trajeron. Además, las altiplanicies eran más fáciles de explotar para los españoles que las selvas que predominaban en el resto del país.

Buscando el frío, las autoridades coloniales decidieron poner su capital en la mitad de la altiplanicie cundiboyacense, donde evangelizaron manu militari a los pobres chibchas que tenían la desdicha de vivir en estas sabanas donde no había selvas para esconderse, convirtiéndolos en celosos guardianes del moralismo judeo-cristiano que tanto pavor le tiene al cuerpo humano femenino, y otro grupo humano, también muy españolizado, se instaló fácilmente en aquellas partes de lo que se conoce hoy como el departamento de Antioquia donde el clima es benigno. En cambio, la colonización de las tierras colombianas que quedan más cerca del nivel del mar fue difícil por las plagas, las selvas y el clima, cosa que permitió que quienes habitaban fuera de las paredes de las ciudades que allí se fundaron escaparan del control colonial y vivieran “sin obedecer al Rey y por fuera del toque de campanas”, como decían –preocupados– los curas de la época en sus crónicas.

Los proponentes de la hipótesis de la relación entre el frío y la moral colombiana concluyen finalmente que los habitantes de las zonas frías quedaron tan bien evangelizados, que incluso sus descendientes heredaron la preocupación de los curas españoles sobre la forma como viven en la tierra caliente y selvática del resto del país, los descendientes de los pueblos que se formaron sin el control de las autoridades coloniales, y sostienen que por eso aún hoy en día aparecen en las ciudades frías de Colombia muchos vigilantes de la moral ajena, a quienes preocupa en particular la sexualidad de la gente de tierra caliente porque –como bien se sabe, la sexualidad es lo que más interesa a los moralistas– aunque también están muy pendientes de sus hábitos de trabajo.

¿Deberían los calentanos preocuparse por lo que puedan pensar de ellos los fiscales morales que los miran desde las montañas? Depende. Una cosa es tener que aguantar los chistes malos sobre las burras y los costeños de Andrés Ríos y otra es la posibilidad de que el aparato estatal colombiano –normalmente controlado por cachacos– lo haga a uno víctima de un falso positivo moral, tal como ocurrió recientemente con el escándalo del concurso infantil en “traje de baño” conocido como Miss Tanguita, que salió a la luz pública después de la fiesta del Río Suárez del puente del 13 de enero en el pueblo de Barbosa, Santander (temperatura promedio 23 grados) cuando –horrorizada por el desfile de Miss Tanguita– la directora del ICBF amenazó desde Bogotá a los padres de las niñas que participaron en el desfile con quitarles la patria potestad sobre sus hijas chiquitas, por haberles permitido salir en vestido de baño frente al público, castigo aterrador e innecesario porque es obvio que ese desfile no fue más que un pinche juego infantil, y que en ninguna cabeza sana cabría la peregrina idea de que una alcaldesa colombiana apoyaría un morboso espectáculo de explotación sexual de niñas entre 5 y 11 años, y que en todo caso los propios padres de las niñas jamás habrían permitido que ellas participaran en semejante cosa.

Antes de juzgar o de prohibir primero hay que intentar entender. Tanto la reacción contra el desfile de Miss Tanguita como los comentarios crueles que hizo la prensa contra la alcaldesa de Barbosa por haber dicho “inducí” en vez de decir “induje” cuando explicó a los medios el evento infantil desnudan el clasismo y el moralismo colombiano. En el fondo, el error de la alcaldesa de Barbosa fue utilizar el término “tanguita” para nombrar un concurso en el que salen niñas chiquitas en vestido de baño. Si lo hubiese puesto Little Miss Princess nada habría pasado.
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