Opinión

  • | 2014/11/30 08:00

    El parecido entre el Metro de Petro y la Paz de Santos

    Nadie cuestiona que para Colombia el fin del conflicto y para Bogotá la solución de la movilidad son una prioridad absoluta.

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Por ser esta una revista de economía, el primer paralelo que se debería mencionar es el que tiene que ver con la dificultad para hacer lo que llaman el ‘cierre financiero’ en cada uno de estos planes.

Pero más de un parecido hay entre el Metro de Bogotá de Petro y la Paz de Colombia de Santos.

A comenzar porque hace más de cincuenta años que se habla y se busca concretarlos sin que el resultado se produzca. No son ellos los primeros en buscar y comprometerse con su solución, pero aparentemente ambos están decididos a ser los últimos, los que aseguran que sí lo lograrán.

Se parecen los dos temas en que son la necesidad más evidente, para Bogotá el uno y para el país la otra. Mucho se discute sobre alternativas y/o caminos diferentes, pero nadie cuestiona que para Colombia el fin del conflicto y para Bogotá la solución de la movilidad son una prioridad absoluta.

Otro parecido es que el antecedente que disparó el reclamo ciudadano por la solución a estos problemas son las deficiencias de las estrategias que se montaron anteriormente, las de la ‘seguridad democrática’ y las del Transmilenio.

Pero igualmente se identifican en que para los dos mandatarios es la necesidad más apremiante. Santos tiene claro que de no sacar la Paz adelante, su gobierno pasaría a la historia, pero no con él como un personaje superior, sino, por el contrario, como el fracaso más resonante que haya tenido un gobernante. Sin tener nada que mostrar en lo social (salud, educación, justicia), ni en la seguridad, ni en lo internacional diferente a la Paz, y con un modelo económico haciendo agua por todos lados, solo el llevar a término el proceso reivindicaría a un gobierno que a los 100 días del mandato recibido no cuenta ya ni con 40% de aprobación.

A su turno, para Petro la única opción con el fin de que su gobierno no se distinga por sus fallas y los conflictos que ha creado es que bajo su periodo se consolide el proyecto del Metro. Gestiones o iniciativas podrá haber tenido buenas, pero son mucho más las malas o por lo menos las fuertemente cuestionadas. De no lograr cerrar la licitación, acabaría en los niveles de aprobación que tenía cuando aumentó su respaldo por la sanción del Procurador, y probablemente le equivaldría a la muerte política que aquel no logró (en cuanto a personajes comparte con el Presidente el honor de su odio).

Si inicialmente era un problema de vanidad para cada uno de ellos, ahora es un tema de huella histórica y de supervivencia política a futuro.

Por eso en lo que también se parecen los casos es en que los dos mandatarios son indiferentes al contenido de lo que saquen –uno en el acuerdo con las Farc y el otro con la licitación del primer tramo– y aún más al resultado o viabilidad del desarrollo futuro.

Y por eso la superficialidad con la que tratan el tema económico.

Parecería obvio que ambos proyectos están supeditados a que tengan financiación para no convertirse en una nueva frustración, y que al dejarlos a medias se conviertan en un problema más grave (el orden público nacional con unas variantes de las Bacrim menos cohesionadas y más dispersas en el territorio nacional; y una Capital con obras inconclusas y costos duplicados).

Lo primero que falta es un estimado de los costos; es decir, de los recursos que sería necesario conseguir para llegar a alguna parte. Y una vez estudiado, por lo menos el verdadero orden o dimensión de ellos, sustentado con los programas en un caso y los diseños en otro, faltaría la forma y la fuente de donde saldrían las sumas para garantizar un buen resultado.

Por el momento, el Presidente explica que no se pueden hacer cuantificaciones porque no se sabe qué se acordará; sin embargo, afirma simultáneamente lo contrario, o sea que ya existen los acuerdos y programas porque lo que falta son los temas de entrega de armas, castigo y participación en política. En resumen, se queda en que la paz se firmará pero que no se sabe qué sumas se requerirán o destinarán a volverla realidad.

A su turno, Petro habla de la primera línea como si fuera una abstracción que no requiere todos los complementos para volverla operativa y eficiente; dónde o cuándo habrá otras líneas, en qué o cómo queda la complementariedad con los otros sistemas, o los gastos de funcionamiento quién los pondría. Al respecto, ni siquiera se aclara la operación: cómo o en manos de quién quedaría. En cuanto al compromiso de $6 billones por parte de la Nación, no sería el cumplimiento sino el incumplimiento de una promesa o, mejor, de una ley, puesto que el aporte del gobierno central debe ser de 70% (es decir, $10,5 billones).

Sería hora de que más que repetir promesas se concentraran en volverlas cálculos.
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