Opinión

  • | 2017/06/22 00:01

    Prescripciones del diablo

    La industria de los medicamentos se ha contaminado tanto por el dinero, que pareciera que se les está olvidando el juramento hipocrático: la ética en la práctica de su oficio.

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En 20 años, 1955 y 1975, el total de bajas sufridas por el ejército de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam fue de 58.209. Para 2016 se estima que las muertes por sobredosis superaran 60.000, y su monto asciende a 600.000 desde 1999. Más de medio millón de personas jóvenes, con talentos tan extraordinarios como Prince o Philip Seymour Hofman, están muriendo, en buena medida, por las estrategias engañosas de comunicación de esta industria.

El crecimiento de esta epidemia es exponencial. La mayoría de los muertos está entre los 25 y los 55 años de edad. La crisis es de tal nivel que Estados Unidos es el único país desarrollado cuya esperanza de vida ha disminuido. En 1999 las muertes por sobredosis apenas superaban las 16.000, para 2008 fueron 36.500, y en 2015 el total llegó a 52.500. Esto es como si cada año se muriera todo el público de un clásico en el estadio El Campín por sobredosis de drogas.

Los medicamentos por prescripción explican más de la mitad de estas muertes, casi 30.000 en 2015. Estas medicinas se están prescribiendo a diestra y siniestra con el falso argumento de que no representan riesgo de adicción. Desde una extracción de unas muelas, pasando por la fractura de un pie y llegando hasta cualquier cirugía –no importa que sea menor– los médicos prescriben tarros de OxyContin, Percoset o Vicodin.

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Las recetas documentadas son escandalosas: 30 días de medicamento por una muela. 30 días que son más que suficientes para convertirnos en adictos. Una cirugía de un trasplante de rodilla, dolorosísima sin duda, ameritó una prescripción de 300 pastillas, y la paciente solo necesitó 6 antes de volver a los tradicionales ibuprofeno o acetaminofén. Estas pequeñas píldoras verdes, de apariencia inofensiva y fácil acceso, terminan en las fiestas de nuestros hijos y combinadas con la mariguana son el rápido camino para destruir sus futuros.

Este negocio es tan lucrativo y tan inmoral que en los Estados Unidos existe un salón de la fama para los estrategas de publicidad de las farmacéuticas (MAHF). A sus ejércitos de vendedores y los gerentes que los azuzan, poco les importa la verdad, o el bien común. Su dios es el dinero, su métrica es el volumen, su objetivo es embutirnos tantas pepas como puedan, importa un comino lo que nos suceda. Los médicos no son más que un vehículo para emitir recetas, manipulable con viajes, seminarios, incentivos y regalos. Que sus medicamentos puedan ser una de las principales causas de mortalidad de jóvenes e inducción a la drogadicción es tan solo un costo de hacer negocios.

En 2007 los ejecutivos de Purdue Pharma aceptaron cargos penales por publicidad engañosa y por haber manipulado médicos, estudiantes de medicina y enfermería con manuales para el manejo del dolor con falsedades. Las consecuencias humanas de sus actos, pareciera, ni se discutieron. La sanción fue de apenas un poco más de US$600 millones y cambiar sus textos seudocientíficos.

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La justicia americana, que es tan diligente y estricta con los narcotraficantes de nuestros pueblos, apenas les impone una multa irrisoria a los responsables de esta verdadera tragedia.

A pesar de todo esto, los dueños de Purdue Pharma, los Sackler en 2015 superaron a los Rockefeller en la lista de las 20 familias más ricas de Forbes, con un patrimonio superior a los US$14.000 millones, algo más que el costo total del plan de infraestructura de Santos. Arthur, el líder de la familia, como era de imaginar, es miembro del salón de la fama de estos mercachifles.

Él fue el “genio” de la estrategia publicitaria de Pfizer que posicionó el Valium. La clave fueron los estudios “científicos” que él financió para divulgar sus “bondades” e irrelevantes efectos secundarios. Así, facilitar a los médicos su masiva prescripción. Esto la disparó a ser el primer medicamento que logró US$100 millones en ventas.

Dios quiera que, conocer en detalle los grotescos ejemplos sobre cómo ciertos medicamentos se han convertido en las drogas que amenazan la vida de nuestros hijos, nos ayude a entender y apoyar el valeroso esfuerzo de Alejandro Gaviria, nuestro ministro de Salud. Su lucha por controlar estos conglomerados es la correcta. El libre mercado en los servicios de salud claramente no funciona. Lo rentable son los excesos en diagnósticos, los tratamientos caros y prolongados, lo crónico, lo que no se cure o lo que prolongue una agonía. Las vacunas no son la prioridad, tal vez ni siquiera la salud. El Gobierno tiene la obligación de defender los intereses de la sociedad en contra de la desenfrenada ambición por el lucro de esta industria.

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