Opinión

  • | 2017/10/26 00:01

    Pobre país, pobre Santos

    Si la situación del país a unos nos parece catastrófica, existen quienes creen que lo logrado con el proceso de paz borra todo lo negativo del momento.

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Si ganó el NO, si más de 70% de la población está descontenta con el Gobierno y el Presidente, y si cerca o más de uno de cada dos colombianos se manifiestan contra la gestión del proceso paz no es porque estén en contra de ella, sino porque ven como costo mayor el manejo que lo acompañó: el olvido de la solución a los problemas sociales, una malísima situación económica y, sobre todo, un derrumbe o más exactamente una destrucción total de la institucionalidad.

Porque en Colombia la ética, la economía, la organización política y la jurídica se encuentran en caída libre. Contra las expectativas –y necesidades– de crecimiento, del orden entre 4% y 5%, la economía disminuye sistemáticamente reduciendo su aumento hoy a alrededor de 1,7% (por calificadoras de riesgo y Banco Mundial).

Con calificaciones externas como que en corrupción privada pasó del puesto 34 sobre 122 en 2016 al 104 entre 138 en 2016. En corrupción del sector público ocupa el puesto 117. En competitividad se ubica de 61 en una muestra de 66 países (según el Informe Global de Competitividad del Foro Económico Mundial). Según el Fondo Monetario Internacional, bajó del puesto 4 al 7 entre los de América Latina.

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Las instituciones, todas descalificadas internamente –Justicia, Congreso, Policía, etc.– con una aceptación de menos de 50%.

La corrupción de las Cortes vendiendo sentencias penales o administrativas. Pero además, nada más respetado y lógico que aquello de que ‘la Administración de Justicia habla por medio de sentencias’, mientras que ahora la Corte Constitucional habla por medio de ‘Comunicados’ para producir efectos políticos sin realidad jurídica (ejemplos: la sentencia del Consejo de Estado que tumbó las ilegalidades cometidas por la Dirección Liberal o la ley que ‘congela o blinda’ por tres periodos presidenciales los acuerdos de Paz).

En el campo político, los partidos desaparecidos; candidaturas alrededor del ‘carisma mediático’ sin programas, propuestas ni ideologías; los aspirantes recurriendo a firmas que se venden como los votos, con la diferencia de que se pueden aportar a varios candidatos. Un sistema basado en el principio de que ‘el egoísmo individual genera el bienestar colectivo’, traducido hoy a la sobreranía del mercado, con el resultado que esos incentivos del sector privado se convierten en grandes escándalos al aplicarlos al sector público.

Las más grandes obras públicas paralizadas y en entredicho, como Navelena y la Ruta del Sol. O en el limbo, como el Metro de Bogotá o el aeropuerto que cubriría el crecimiento del tráfico aéreo.

El sector agrario con los principales sectores en crisis (arroz, ganadería) y acudiendo a paros para hacerse oir (no ‘Colombia siembra’, sino ‘Colombia quiebra’). Las siembras de coca y nuestra dependencia de ello en crecimiento. Pero si la situación a unos parece catastrófica, aún existen quienes consideran que lo logrado con el ‘proceso de Paz’ justifica y borra todo lo negativo del momento.

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También en esto hay visiones: no pocos no coinciden con la idea de que lo que está en debate es la Paz, pues esta no se logra con el desmonte de las Farc, ya que de lo que depende es de unos cambios en los modelos económicos, político y de desarrollo que, según el Gobierno, están excluidos de los acuerdos (‘Paz no es el silencio de los fusiles’).

Pobre Santos y pobre país. Sin embargo, no porque él y nosotros estemos pasando por uno de los peores momentos que hayamos tenido, sino porque lo que viene parece aún peor para ambos. Al momento quienes parecen probables candidatos a sucederlo son Vargas Lleras, ‘el que diga Uribe’, el candidato del ‘Partido Liberal’, o sea de Gaviria, y eventualmente uno de los ‘antipolíticos’. Para Santos (en ese orden): el Vice que traiciona su compromiso de paz; quien más que su opositor se convirtió en su enemigo; quien acabó con la votación del Partido Liberal y lideró el fracaso del referéndum que ganó el No; y como mejor opción quienes se desentienden de su logro alrededor de la paz para hacer campaña alrededor de la corrupción que deja.

Para el país sería subir al Gobierno al grupo con más miembros judilicializados (por corrupción o parapolítica); volver a lo que fue la mancha más negra de nuestra historia (independiente de lo que se defiendan los resultados); poner a la cabeza del poder a quien trajo a nosotros el neoliberalismo (hoy cuestionado en el mundo) y quien, además de encarnar la falta de legitimidad política, tiene su origen en la ilegalidad; o entregar nuestro futuro a quien sustituye con consignas demagógicas (‘acabar la corrupción’) la ausencia total de programas o propuestas. Y como temas pendientes no sabemos que pasará con el narcotráfico, su manejo y, sobre todo, como lo tratará el gobierno americano (con Trump no promete nada bueno); y lo que falta del pleito con Nicaragua que, contrario a lo dicho por el Gobierno, ha sido fallado contra lo pretendido por nosotros.

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