Opinión

  • | 2014/05/29 06:00

    La doble revolución

    ¿Qué tan atípica es la coyuntura política colombiana?

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De confirmarse en la segunda vuelta, la derrota electoral del presidente Santos sería un fenómeno bastante atípico en América Latina desde el retorno de las democracias. Sería el tercer presidente en funciones que no logra ser reelegido y además uno de los poquísimos candidatos de derecha que resulta derrotado, no por un competidor ubicado a su izquierda, sino muy a su derecha.

Quizás este sea el primer indicio de que el péndulo ideológico de la región ha empezado a moverse en la dirección opuesta a la de las dos últimas décadas. No sobra recordar que, si bien actualmente la mitad de los gobiernos están en poder de partidos de izquierda, a comienzos de los noventa todos los gobiernos latinoamericanos eran de centro o derecha.

Sin embargo, en muchos otros aspectos, los resultados electorales recientes son una demostración de tendencias bastante comunes al resto de la región. En la mayoría de países ha aumentado la competencia partidista y la afiliación a los partidos es cada vez más frágil y circunstancial. El liderazgo político se ha vuelto mucho más personalista y han quedado relegadas las dinastías familiares y patrimonialistas. El voto clientelista no ha desaparecido, pero se ha vuelto más difícil de movilizar, y han ganado fuerza diversos canales de expresión de las demandas electorales, incluyendo las protestas callejeras y las manifestaciones virtuales de opinión a través de las redes sociales por internet.

Lo crucial de todos estos cambios es que han acelerado la revolución de las expectativas que ha traído consigo la estabilidad macro y el buen crecimiento económico. La campaña del presidente Santos contaba con que los electores reconocieran los logros del Gobierno en estas materias, especialmente porque el país tiene actualmente las menores tasas combinadas de inflación y desempleo de por lo menos medio siglo. Hace solo un par de décadas, con logros macro mucho más modestos, cualquier gobierno latinoamericano habría contado con un gran capital político difícil de vencer.

Como ha ocurrido en casi toda América Latina, los electores están pidiendo mucho más que eso. Debido al ascenso de clases medias que por primera vez tienen cubiertas sus necesidades básicas, los votantes tienen expectativas cada vez más elevadas, no solo de consumo, sino de educación y salud, y un mínimo de condiciones de seguridad personal y de tranquilidad. Aunque el país también ha avanzado en estos campos, el mismo gobierno del presidente Santos ha contribuido más a elevar las expectativas que a generar resultados. Con una cierta dosis de nostalgia y con mucha de impaciencia, una gran masa de electores cree que un gobierno bajo el mandato (tácito) del expresidente Uribe respondería mejor a sus infladas expectativas.

Se ha dicho que las elecciones han sido un plebiscito sobre el proceso de paz y que la mayoría de los colombianos no confía en las negociaciones. Quizás, pero es iluso creer que este es el criterio fundamental con el que las grandes masas de colombianos han ido a las urnas o lo harán en la segunda vuelta.

Algo más central en las actitudes políticas es que los colombianos del montón no sienten que el actual gobierno haya gobernado para ellos. El sentido de justicia suele ser un gran orientador de las actitudes políticas. Las interminables negociaciones con las Farc no han servido para llevar el mensaje de que habrá justicia. Pero esta no es la única justicia que demandan los electores. También demandan justicia contra los corruptos y justicia redistributiva, como suele ocurrir cuando las expectativas de mejoramiento económico para la mayoría de la gente suben más rápido que su poder de compra y cuando observan que todos los días hay alguien más que se enriquece, con justificación o sin ella.

No solo en Colombia, sino en el resto de la región, la doble revolución de la política y de las expectativas será leña para la candela de las tensiones sociales. Lo grave en Colombia es que a ello se suma una impresionante radicalización ideológica que puede ser la chispa de un enfrentamiento que podría dejar cicatrices más grandes aun que las que las negociaciones con las Farc estaban tratando de curar.

Paradójicamente, los candidatos que quedaron derrotados en la primera vuelta mostraron mucha más visión de Estado y mayor capacidad propositiva que los ganadores. Ojalá puedan influir en el desenlace del lamentable trance en que se encuentra el país.
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