Opinión

  • | 2014/03/19 18:00

    Visiones de largo plazo

    Lo más grave en los mismos términos económicos, es que las perspectivas de futuro han sido reemplazadas por esa visión cortoplacista de que el ingreso inmediato es lo que determina las decisiones.

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Sin estar tan polarizados como Venezuela, sí tenemos el problema de que el país está dividido en dos formas de ver la realidad o, más exactamente, que parecemos ver dos mundos diferentes.

Para el Gobierno estamos viviendo una etapa de bonanza, los resultados de los indicadores macroeconómicos certifican un excelente momento, y las perspectivas inmediatas prometen un futuro incluso mejor.

Para los críticos, los resultados económicos no son tan excelentes si se relacionan con las condiciones que se han presentado y se comparan con los resultados de la región; aún si fueran aceptables han sido acompañados de un relego de los tema sociales y políticos que han mantenido el subdesarrollo en esos campos; y nos hemos contentado con unos resultados a corto plazo para producir efectos de imagen pero nos hemos olvidado de pensar en el futuro.

Por eso el Gobierno se felicita del empuje de la minería y el petróleo, y cuenta sobre ella como la locomotora de la economía, al tiempo que no se aterra con la situación del campo y de la industria. Se puede decir que nos montamos en un modelo de desarrollo que depende cada vez más de la extracción de recursos naturales no renovables y de su precio internacional. En palabras del Ministro de Hacienda, si ese sector logra crecer a 8%, el PIB alcanzaría el nivel de 6% (el de hoy apenas se espera que ronde 4%). Por eso la inesperada devaluación por encima de sus proyecciones (el famoso ‘dólar Cárdenas’) no se ve como un escollo sino como una oportunidad para que la gran fuente de ingresos que es la exportación de recursos naturales mejore la balanza comercial y el presupuesto; y con eso se satisface la idea de que un buen crecimiento del Producto Bruto es lo único que requiere el país.

La otra visión comienza por objetar la premisa de que la razón de ser del Estado o su prioridad es el manejo de la economía para optimizar su crecimiento. Al asumir que el objetivo del Estado es lograr la mejor convivencia entre ciudadanos, esa visión entiende el manejo de la economía como un instrumento y no como un fin, y por eso el desarrollo económico debe estar al servicio como subalterno del desarrollo social y político.

Tampoco se comparte el optimismo respecto a los logros que se reivindican: al excluir los casos de Venezuela y Argentina que por estar buscando otros procesos no tienen por objetivo ni miden sus resultados por las cifras macroeconómicas, Colombia no se distingue en ningún aspecto por encima de las variables regionales; por el contrario, es el país que menos ha disminuido su índice Gini (o sea de concentración) tanto de riqueza como de ingreso, con la tasa más alta de desempleo de la región, con crecimientos apenas alcanzando el promedio de ellos, y con un nivel de retraso político-institucional vecino al caos (falta administración de Justicia; desorden en los partidos políticos; ‘choques de trenes’ entre toda clase de instituciones; escándalos en las fuerzas armadas y agitación entre ellas; y un proselitismo basado en la polarización –‘el que no piensa como yo es un enemigo de la patria y mi enemigo’– que puede tender a lo que viven los venezolanos).

Pero no menos grave, o tal vez lo más grave en los mismos términos económicos, es que las perspectivas de futuro han sido reemplazadas por esa visión cortoplacista de que el ingreso inmediato es lo que determina las decisiones (algo como estar pendiente solo del flujo de caja sin importar el balance de resultados). Es pensar en el país solo como un elemento del mercado que se mueve al vaivén del momento, sin planeación o programación para organizar el futuro.

El Consejo por la Competitividad se atreve a presentar reparos a la visión optimista del país y señala que en lo que más atrasados estamos – en lo absoluto y en comparación a la región– es en educación, infraestructura e innovación. En buen lenguaje eso quiere decir que en los elementos más fundamentales para el largo plazo –o sea en términos de futuro– el desarrollo económico es en lo que peor estamos y menos avanzamos.

En conclusión, no es acertado pensar que el desarrollo económico trae como consecuencia una solución a las fallas de nuestra sociedad en cuanto a su orden social y político. Tampoco es evidente que estemos viviendo un momento destacable por el buen manejo de la coyuntura que nos tocó. Pero aún menos cierto es que tengamos buenas perspectivas de futuro, cuando nuestros gobernantes ni siquiera tienen una visión que tenga en cuenta la importancia –y al mismo tiempo el retraso– que suponen representar esos tres aspectos –educación, infraestructura e innovación– como requisitos básicos para desarrollar una nación.

P.S. El presidente tiene como agenda urgente salir del Ministro de Agricultura para intentar desactivar el inminente paro agrario; e iniciar o descubrir los adelantos en las conversaciones con el ELN para revivir las expectativas de paz.
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