Opinión

  • | 2015/09/30 07:00

    Otro aporte a la catástrofe agrícola

    Vivimos un círculo vicioso de no invertir para lograr mejores productos porque estos no reciben mejores precios.

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Quienes tenemos la suerte de ver el país desde afuera podemos sorprendernos del nivel de subdesarrollo del país en lo costoso que se ha vuelto salir de él cuando la devaluación ha aumentado los precios externos en más de 60% en un año.

Pero también se pueden entender algunas de las causas. Coinciden en el tiempo los negativos informes sobre el censo agropecuario y la descripción por parte de los voceros de los gremios del sector de los efectos del cambio climático para el momento presente.

Sin embargo, aparece al ver cómo funcionan los mercados internacionales y se deduce al tratar de entender por qué el subdesarrollo de la economía de nuestro campo. Es que la ausencia del Estado va más allá del abandono de la inversión en infraestructura o en los incentivos a la producción, ya sea mediante subsidios directos o indirectos.

Cuando por la sequía o ‘fenómeno del niño’ el vocero de los paperos dice que la producción bajará 40%; o el de los arroceros predice disminución de las siembras y aumento de los costos; o el de los lecheros reconoce que las importaciones subirán sin que suceda lo mismo con los precios; entonces se pregunta uno hasta dónde les pasa lo mismo a otros países.

Y encuentra como triste respuesta que más que el mismo atraso y subdesarrollo en la producción agrícola, en lo que más desventajados estamos es en no incluir valor agregado a lo que en él se produce. Esto porque la proporción de lo que se consolida como sector depende tanto o más de las estrategias de comercialización que de la etapa de la producción.

Somos más vulnerables a los efectos de la naturaleza porque solo participamos de las franjas más elementales y menos rentables de la actividad relacionada con el campo; ofrecemos apenas el equivalente al recurso natural sin invertir en complementos que, dependiendo del elemento base, multiplican su valor.

Las uvas de los vinos franceses –o para esos efectos de cualquiera de los que explotan marcas y certificados de origen– no tienen costos de producción diferentes o mayores que los de cualquier otra; pero el precio al cual se venden ya procesadas supera en decenas de veces lo que darían como simple fruto agrícola.

En cualquier supermercado americano ve uno clasificaciones de carne que pueden hacer que mientras una vale un dólar, el kilo de Angus certificado vale 20% más, el prime supera el doble y el famoso Kobe japonés –donde existe una escala de doce calidades– puede superar cinco veces ese precio.

Suiza y Bélgica no producen cacao, pero, con certificados obligatorios para poder calificar sus chocolates como de esa nacionalidad, le sacan a ese fruto más beneficios que los países que lo producen.

Nuestro subdesarrollo es tal que apenas podemos vender con el nombre del producto genérico sin siquiera hacer distinciones que inviten a mejorar calidades o ensayar variedades. Vivimos un círculo vicioso de no invertir para lograr mejores productos porque estos no reciben mejores precios.

Sirve de ejemplo el arroz –primer producto en volumen, ocupación de tierras, adecuación de distritos de riego, transporte, etc.– en el cual en cualquier mercado extranjero encuentra uno diferentes especies –basmati, arboreo, etc.– y presentaciones ya procesadas –saborizadas, precocidos, paellas, etc.– mientras en nuestro mercado solo se distinguen las marcas (y eso en la práctica las de un oligopolio –Florhuila, Roa, Diana, etc.–)

Incluso, en lo que podría haber sido la excepción estamos como el cangrejo, andando de para atrás. Respecto a lo que se había avanzado, como fue en la publicidad en el mundo de las marcas ‘Juan Valdez’ y ‘Café de Colombia’, quedó la duda sobre la ‘privatización’ de lo que era del Fondo Nacional del Café –o sea, de todos los colombianos– y cómo pasó a pertenecer a Procafecol empresa privada de la Federación Nacional de Cafeteros a través de cooperativas y comités que manejan particulares sin responsabilidades oficiales. Pero sobre todo la duda sobre si el resultado ha sido conveniente o inconveniente para el país, y si el nuevo manejo aporta algo o solo explota y abandona lo ya consolidado.

El hecho es que hoy pasamos de ser el segundo exportador a ser el cuarto, bajando internamente de representar 70% del sector a menos de 20% y a lo equivalente en cuanto a peso como aporte a nuestra economía.

Y en materia de conseguir valor agregado nada se oye de la planta de liofilización de Chinchiná; y a través de la comercialización, lo que apenas se inicia es la búsqueda de posicionar tipos especiales según las regiones, en lo cual ya se nos habían adelantado países centroamericanos y africanos con menos peso como productores pero sacando más provecho de esa etapa al expedir certificados de origen que aumentan el precio.

Es función del Estado estimular procesos que exploten nuevos eslabones en las cadenas de valor, hacer las clasificaciones y ejercer los controles –o por lo menos supervisarlos–. No parecen entenderlo así los responsables.
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