Opinión

  • | 2015/07/08 19:00

    Paz, elecciones y economía

    No pareciera que en los comicios fueran determinantes las posiciones y el contenido de lo que proponen quienes aspiran a llegar al poder local.

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Estos son los tres temas que ocupan a los columnistas. Vale la pena analizar cómo los tratan.

Respecto a la Paz, poco o nada hablan de ella; su tema son las conversaciones sobre eso. Difícil pensar que en verdad se desea entender las dificultades para avanzar cuando no se profundiza ni un mínimo en cuanto a: 1) la diferencia que existe en relación a la naturaleza de o los motivos que exponen las partes en el enfrentamiento –de un lado solo muestran y enfrentan a unos ‘terroristas’ (que supuestamente lo son solo por el gusto de serlo), y del otro sostienen que confrontan a una Sociedad y un Estado corrompidos y explotadores (que afirman no enfrentan las injusticias sociales)–; 2) los objetivos que buscan en las negociaciones –de un lado una rendición y un castigo para los insurgentes, y de otro un mea culpa de la contraparte y un tratado de paz entre combatientes; y 3) el contexto bajo el cual se produciría el ‘acuerdo’ –de un lado la Ley Penal Colombiana con modificaciones para suavizarla (Justicia Transicional) pero con énfasis en los aspectos ‘duros’ de la visión internacional; y del otro los lineamientos del Derecho Internacional Humanitario para conflictos armados internos o los antecedentes similares que contemplan ‘las amnistías más amplias posibles’ (numeral 5 del artículo 5 del Protocolo II de los Convenios de Ginebra) y han excluido la categoría de terroristas porque en todo conflicto armado hay acciones en que se califica a la contraparte como tales–.

En cambio, poco o nada desarrollan los ‘líderes de opinión’ alrededor de lo que sería la esencia de la verdadera Paz, no solo en el sentido arriba mencionado, sino en cuanto ella depende –como insistentemente lo ha señalado el comisionado Sergio Jaramillo– de lo que suceda en las regiones, porque su realidad depende de ellas y no del gobierno nacional.

El segundo tema, el de estas elecciones, tampoco tiene en cuenta esto y es a su turno tratado solo desde el punto de vista electoral y electorero. También poco o nada se habla de las repercusiones y la importancia que tendrán para el futuro, y las perspectivas que –principalmente pero no exclusivamente– se abren para el tema mismo de la Paz. Los nombres y las ‘alianzas’ que se destacan en los titulares y los comentarios de prensa no tocan nunca lo que presentarían o lo que prometen y ofrecen como eventuales gobernantes locales. Mucho menos lo que los candidatos mismos en realidad representan.

No pareciera que en los comicios fueran determinantes las posiciones y el contenido de lo que proponen quienes aspiran a llegar al poder local. Solo se comenta y se evalúan las posibilidades de que uno u otro de los aspirantes sea el ganador.

Y respecto a los dos temas anteriores, pareciera que deliberadamente se omitiera la incidencia que puede y debe tener la situación económica del país y de las regiones en relación a los otros dos.

Como si la crisis afectara solo a los sectores empresariales y los fenómenos económicos no tuvieran repercusiones sociales, solo se miden con indicadores macroeconómicos las consecuencias del manejo que en este aspecto se da desde el Gobierno. Se minimiza el peso y la relación que esto puede generar, como otras expresiones ciudadanas –que van desde el aumento de la delincuencia hasta los paros de las ‘dignidades agropecuarias’–, pero además, con informaciones y reconocimientos ‘gota a gota’ sobre la dimensión misma del desfase respecto a las proyecciones, se pretende disimular lo negativo de los resultados.

Lo que más se oye y se lee es que la economía y los resultados electorales giran alrededor de cómo terminan o siguen las negociaciones en La Habana. Que tanto por la polarización política como por el peso que impone la guerra a las actividades económicas, el futuro nuestro está supeditado a lo que pase allá. Que es en ello que debemos cifrar las esperanzas de un promisorio porvenir.

Una visión alternativa diría que, por el contrario, se comete un error al no considerar la interrelación entre los tres temas, y más si se ve que ella existe pero en ese orden de influencia. Que a pesar de la fuerza que tienen los cacicazgos políticos regionales, la forma en que el deterioro económico afecta a los ciudadanos acabará reflejado de alguna manera en la votación; que el apoyo o el rechazo a la evolución del llamado ‘proceso de Paz’ sí está condicionado al respaldo que recibe el gobierno según solucione o no otros aspectos de los problemas de la economía diaria de los ciudadanos; y que lo que sucede en esos dos campos es lo que será determinante, no solo para el rumbo que tomen los diálogos de La Habana, sino para lo que se derive de ellos en la eventualidad de que efectivamente se concrete algún acuerdo. Valdría la pena que nuestros dirigentes –y quienes aspiran a serlo– se acuerden de aquel ‘es la economía, estúpidos’, de la campaña de Bill Clinton.
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