Opinión

  • | 2015/09/16 00:00

    Ojalá fuera solo la ‘enfermedad holandesa’

    Con demasiada facilidad ciertos economistas y casi todos los periodistas se han encargado de simplificar la crisis que vive el país echándole la culpa a ‘la enfermedad holandesa’.

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Aunque se puede considerar una variante de esa enfermedad, lo que ha vivido Colombia es algo diferente. Se entiende que aquel mal consiste en que un país se encuentra súbitamente con un producto –generalmente un recurso natural– que le representa grandes ingresos, los cuales descomponen la economía al generar divisas suficientes para reemplazar la producción local con bienes importados. Su efecto colateral es subir el costo de vida y destruir el sector real –industria y agricultura–.

Lo que sucedió en Colombia es que tuvimos los mismos efectos pero por otras razones –o, para ser más correctos, por además otras razones–.

Un componente de esa ‘enfermedad’ pudo ser parcialmente los ingresos del sector extractivo, pero en lo que se refiere a la obligación legal que cobija solo a Ecopetrol, pues en la balanza cambiaria no se registran ingresos por otras exportaciones (níquel, carbón) y no entran al flujo monetario interno.

Lo que sí ha aumentado el circulante y al mismo tiempo ofrece las divisas que cumplen la misma función en cuanto a lo dañino ya señalado, son los dineros especulativos que vienen como ‘golondrinas’ y los de inversión directa que aprovechan las condiciones ventajosas que el país ha ofrecido. Es decir, las que responden al modelo seguido por nuestros gobiernos.

Viene al caso entonces la explicación que presenta Paul Krugman, según la cual hay superabundancia del ahorro mundial. La causa de esto sería en parte la disminución del crecimiento demográfico –que para las mismas tasas de aumento del PIB global significaría sobrantes disponibles– y en parte la inseguridad que se siente con las grandes crisis que agitan cada vez con más frecuencia las economías mundiales. Esos excedentes de ahorro se moverían como tsunamis inundando los países que mejor rentabilidad producen pero al mismo tiempo desestabilizándolos y huyendo en el momento que otros se vuelven más competitivos.

El resultado de esta volatilidad de los excedentes de inversión y de especulación crea ella misma inestabilidad a nivel global, conformándose así una especie de espiral viciosa en la que los mismos movimientos financieros al ir de un lado a otro son los que crean los traumatismos que no permiten tranquilizar los mercados.

Nos encontramos entonces con que la teoría que ha prevalecido en los últimos tres lustros –según la cual el ingreso de capitales extranjeros era la panacea– ha resultado ser el veneno que hoy se está manifestando en forma perniciosa: retiro de los capitales de portafolio, disminución de la inversión extranjera directa (IED), caída de las exportaciones.

Y lo que es peor, según las declaraciones de las autoridades, la receta salvadora que ellos ven es seguir perseverando por el mismo camino; seguir tratando de atraer recursos externos para supuestamente montar un aparato productivo dedicado al sector exportador. Ni el hecho de que las exportaciones hayan disminuido en vez de aumentar; ni el atraso en que cayó la industria; ni el desolador paisaje que mostró el censo agropecuario; ni la manifiesta reducción del ‘atractivo país’ para la inversión extranjera; ningún argumento, ya sea teórico o simplemente de la experiencia, hace cambiar de opinión a nuestros gurús.

Echarle la culpa a la caída de los precios del petróleo o a la disminución del crecimiento de China y la menor demanda que genera, se vuelve un expediente fácil no solo para negar la responsabilidad propia por haber escogido un mal modelo económico (como lo muestran los resultados), sino para no buscar soluciones dentro de la lógica de la ‘guerra de las divisas’ que ya se vive.

Porque de acuerdo al análisis de Krugman –y a lo que estamos viendo ya con la devaluación del yuan– los mercados mundiales se mueven más por el valor de las monedas que por la capacidad productiva. China se enfrenta a la disminución de su crecimiento, por eso busca que su capacidad exportadora lo contrarreste el devaluar su divisa.

Pero prácticamente todos los países –a comenzar por los Estados Unidos y Alemania como grandes potencias exportadoras– tienen balanzas comerciales altamente deficitarias con relación a la nación asiática. No solo buscarán captar esa ‘superabundancia’ de ahorro que los países emergentes habían logrado atraer, sino que tenderán a equilibrar con devaluaciones su capacidad competitiva para compensar ese desbalance, y también para ofrecer más baratos sus productos a terceros países.

Este panorama solo presenta una alternativa para países con niveles de desarrollo como el nuestro: estimular la demanda interna y no depender obsesivamente de los mercados de exportación. No son la ‘austeridad’, ni las reformas tributarias de emergencia las que nos defenderán de la revaluación del dólar o de la invasión de mercancías chinas; algo de proteccionismo y mucho de estímulos selectivos internos –es decir, planeación e intervención del Estado en vez de ‘soberanía del mercado’– son mejor respuesta.
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