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| 5/18/2013 9:11:00 AM

No somos solo subdesarrollo

Si en lo económico reconocemos nuestro subdesarrollo debemos tener claro que no sucede igual con nuestra historia política e institucional.

por Juan Manuel López Caballero

Se repite con demasiada insistencia que somos un país en formación, que no tenemos la trayectoria de las naciones que nos producen envidia, que nos falta la madurez que les ha permitido llegar a tener unas sociedades y unas economías asentadas.

Esto puede ser visto de otra manera. En cuanto a regímenes políticos, guerras y Constituciones podemos mostrar menos vaivenes y crisis, y más estabilidad que casi todos los otros países. Valga como comparación Francia, por ser lo más cercano posible, pues antes de la segunda mitad del siglo XIX otros como Alemania o Italia ni existían como Estados, y España todavía vivía bajo el régimen monárquico una de tantas guerras de sucesión.

Si tomamos ese caso, su gran revolución fue en algunos años posterior a la primera gran protesta nuestra cuando la ‘revuelta de los comuneros’. Nuestra independencia y la ‘patria boba’ que siguió son etapas de sabiduría al lado de lo que allá se transitó con el ‘terror’, la guillotina, y lo que se puede considerar como su periodo más inestable con el imperio de Napoleón I, la restauración de los Borbones, los cien días del retorno de Bonaparte, la creación y sustitución de la primera República.

Nuestros problemas de guerras civiles y cambios constitucionales de las Cartas federales o las Cartas centralistas entre el 43 y el 63 son poco, comparadas con las barricadas y las revueltas sociales de 1848, el fin de la segunda república, la proclamación del Segundo Imperio (Napoleón III) y de la tercera república.

Sobra decir que los eventos internos pesaban poco ante lo movido del contexto internacional de sus países vecinos. Alemania vino a aparecer como Nación Estado con Bismark (1870), así como Italia con Garibaldi, y apenas empezaban a consolidarse en la época en que Colombia se estabilizó como Estado verdadero con la Constitución de 1886.

Dos guerras mundiales completaron esa demografía que hoy nos parece tan envidiable y tan desarrollada. La primera que dio paso a los nacientes sistemas democráticos o republicanos (la caída de las águilas que borró las monarquías rusas, austriacas, españolas y alemanas); y la segunda que polarizó el mundo enfrentando el totalitarismo de derecha con los ‘frentes populares’ de izquierda (desde la guerra civil española a la II Guerra Mundial).

Y el mecanismo plebiscitario fue simultáneamente usado por De Gaulle para la Quinta República y por nosotros para iniciar por ese medio el Frente Nacional.

Hoy nos preciamos –o algunos se precian– de haber abandonado la segunda Constitución con más trayectoria de la historia del mundo (la de 1886 después de la americana), y de inspirarnos en las novedades de las Constituciones de Alemania y de España, pero sin tener en cuenta que a ellos les tocó reinventar su Contrato Social porque las dictaduras fascistas acabaron con el que las gobernaba.

Exceptuando el Japón que, aún a pesar de su derrota y cuasi destrucción en la Segunda Guerra Mundial, ha mantenido sus estructuras e instituciones políticas, ajustándolas y actualizándolas –alrededor de su modelo económico principalmente– pero sin discontinuidad traumática, la historia de las grandes civilizaciones del extremo oriente no son menos traumáticas que las anteriores. China intentó ‘occidentalizarse’ y después de pasar por Chiang Kai Chec vino la Gran Revolución de Mao que cambió y rompió su historia y su cultura. Invadida y casi acabada por los japoneses, la nación Coreana sigue viviendo la guerra fría entre los dos modelos de sociedad y de Estado. Vietnam lo resolvió con el triunfo de los comunistas, convirtiendo a Saigón en ‘Ciudad Ho Chi Minh’, pero integrándose al capitalismo democrático que habían derrotado. El continente Indio solo vino a independizarse en 1930 (contemporáneo con la ‘Revolución en Marcha’ de López Pumarejo) pero entre musulmanes e hindús no lograron estabilizar la región sino hasta la creación o división con los entonces dos Pakistanes (hoy siendo el segundo Bangladesh) y todo esto bajo un régimen tan dinástico como los de nuestras ‘Repúblicas Bananeras’ (Nehru, Indira, hijo nuera y nieto).

Como modelo de evolución política (además o más que de desarrollo económico), los Estados Unidos han tenido una trayectoria más envidiable. Desde su nacimiento han tenido una sola Constitución (la de Filadelfia de 1776) y una única gran confrontación interna –la guerra de secesión– que acabó definiendo su modelo de Estado. Pero sea en lo externo (desde Hiroshima hasta Guantánamo) o en lo interno (segregación en los Derechos Civiles) ¡qué lamentable trayectoria en el campo de los Derechos Humanos!

Si en lo económico reconocemos nuestro subdesarrollo, debemos tener claro que no sucede igual con nuestra historia política e institucional. Tanto como Nación como Continente podemos preciarnos de haber sido los más ‘civilizados’ en la forma de evolucionar en esos campos. Más que acomplejarnos por nuestro pasado, podemos mostrarnos como modelo de desarrollo y estabilidad, sin tanta sangre ni tanta barbarie como esos pueblos. Tal vez nuestra peor mancha la tenemos ahora con la guerra sucia del paramilitarismo, de los falsos positivos, de los desaparecidos, de los desplazados… y no tanto por la cantidad o lo monstruoso, sino por la falta de rechazo a ello… porque aún hay sectores que lo reivindican… porque aún hay líderes que se precian de haber sido parte de ello.

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