Opinión

  • | 2014/05/18 14:00

    Democracia y Modelo de Desarrollo en Colombia

    El desarrollo mismo del capitalismo hacia el neoliberalismo o capitalismo salvaje ha producido como efecto la pérdida del sentido de la democracia.

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Dicen las encuestas que en quien menos confían los colombianos es en su Administración de Justicia –a comenzar por las altas Cortes–; el segundo puesto en mala imagen lo tiene el Congreso –y en concreto los Congresistas–; y con seguridad, si en las encuestas se incluyera la Presidencia de la República, esta competiría con las anteriores (el que el actual tenga una intención de voto por su reelección que apenas ronda la cuarta parte de quienes eligen, o sea algo como 10% de la población en capacidad de votar, o que sea quien como candidato tiene la imagen menos favorable, no es culpa solo del individuo sino en buena parte del desprestigio de la institución).

Si a este panorama lamentable de la visión de los nacionales respecto a los poderes públicos se adiciona que quien los sigue en cuanto a falta de confiabilidad son los políticos en general y los Partidos en particular, es imposible no concluir que si algo está mal en Colombia puede que no sea la economía pero sí, y mucho, la institucionalidad de la Democracia y, sobre todo, la confianza en ella.

Paralelamente en quien más creen, y quienes mejor imagen tienen son los militares; es decir, quienes representan el centro desde donde se impone la autoridad mediante la fuerza. Son estas las características de un Estado policivo y represivo.

Aún más lo dice el hecho de tener el presupuesto y el personal de las fuerzas armadas proporcionalmente más alto del mundo.

Y si se trata de la forma como se redistribuye la riqueza, o el ingreso, o las oportunidades educativas, cuando somos el país con los peores índices en la región que muestra a su turno los peores del mundo, lo único que se puede decir es que no somos el modelo de una sociedad igualitaria.

O que nos autoengañamos cuando se habla de sistema electoral, como si en verdad aquí ganará la mejor de las propuestas y no quien tiene más capacidad para comprar más caciques que movilizan clientelas propias contra pagos inmediatos en plata o futuros en contratos.

Reivindicar así que por tener elecciones periódicas somos una ‘democracia’ es una pretensión –o una manipulación– contraria a la realidad.

Ante esta situación lo menos que se puede concluir es que el problema del país está y va mucho más allá del conflicto con la guerrilla; que se requiere algo mucho más drástico que un acuerdo con la insurgencia para que las cosas mejoren; que las soluciones buscadas o ensayadas no han ido por buen camino y, por el contrario, nos han hundido cada vez más.

Y si fuera verdad –como se repite– que en la economía sí somos prósperos y mejoramos más que casi todos los países, forzoso sería deducir que ese avance es a costa del sacrificio de los objetivos de la democracia; o sea, a costa de una convivencia más y mejor organizada.

A tal maravilla de manejo de la economía colombiana, le falta un modelo de desarrollo que permita que ello se refleje en un mejor orden social.

Se ha sostenido que Capitalismo y Democracia van juntos y que esa unión nos ha llevado al ‘fin de la Historia’, en el sentido de que se complementan y retroalimentan en un perfecto sistema político y de ordenamiento social que no requiere o no admite mejoras.

Sin saberse si eso podría llegar a ser verdad, lo cierto es que no se contempló sino la mejora de esos sistemas pero no la posibilidad de su deterioro. Menos aún, que pudieran llegar a ser contradictorios.

Eso es sin embargo lo que estamos viviendo. El desarrollo mismo del capitalismo hacia el neoliberalismo o ‘capitalismo salvaje’ ha producido como efecto la pérdida del sentido de la democracia. Cuando se reivindica esta última como un valor superior es por los objetivos que pretende defender, no por los instrumentos que permitirían lograrlo: lo que le da vigencia no es el que haya elecciones sino la inclusión de toda la población en los asuntos que la afectan; es la búsqueda de una igualdad de oportunidades para todos los miembros de la comunidad; es la expectativa de una mejor distribución de la riqueza; es la garantía de unas condiciones mínimas de dignidad y de bienestar para toda la población; es la confianza en que los gobernantes y líderes políticos están comprometidos con la paz y la seguridad de los ciudadanos; en fin, es la seguridad que el modelo de Estado está al servicio de estos propósitos.

Pero más bien en alguna forma las elecciones pueden servir de termómetro para medir su vigencia: la abstención implica inoperancia en cuanto al funcionamiento, pero aún más muestra la falta de credibilidad en ella por parte de la población.

Es de desear que, si se da una gran abstención, y se acompaña de un eventual incremento en la segunda vuelta, quien salga elegido haga una buena reflexión al respecto, y entienda que nuestro modelo económico neoliberal es en su esencia antidemocrático.
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