Opinión

  • | 2014/07/24 06:00

    La economía no debería ser solo indicadores macroeconómicos

    Sin un modelo de desarrollo, sobran y se descartan todos los esfuerzos por entender o producir conocimiento sobre cómo funciona la economía para poder diseñar una senda de desarrollo.

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Para estudiar y eventualmente dominar la ciencia económica y ponerla al servicio del desarrollo integral de una comunidad existen enfoques complementarios y probablemente indispensables que van más allá del manejo de los ajustes macroeconómicos.

Bastante se ha repetido la necesidad de un ‘modelo de desarrollo’ que contemple los objetivos que se buscan –por ejemplo, cuánto debe pesar el bienestar ciudadano y cuánto el crecimiento del PIB o la sanidad o fortaleza de las finanzas del Estado– y la función que para ello deben cumplir los diferentes actores y sectores de la economía.

Pero desde esa perspectiva de economía política, de cómo deben servir los conocimientos de economía pura para ordenar y organizar la sociedad, hay otras dimensiones que han perdido importancia dentro de este manejo en el que todo se le delega al mercado.

Pareciera que el manejo de la economía no tuviera ninguna función o necesitara ninguna proyección a futuro, que el rol de los administradores se limitara a buscar la estabilidad coyuntural, y que las medidas que se toman fueran pensando solo en los fenómenos y las consecuencias inmediatas, y mostrar así indicadores del momento satisfactorios para la opinión pública. Nada de previsión ni de expectativa respecto al porvenir.

El atender el mercado y los indicadores macroeconómicos que presentan solo la coyuntura del presente, produce como efecto que, al no prever la evolución futura, las medidas se toman únicamente respecto a los temas que muestran consecuencias indeseables y solo en el momento en que estas se producen.

En la práctica, todo el estudio de la ciencia económica deja de ser funcionalmente útil. No se puede evaluar si se ha tomado el camino correcto si no hay un objetivo esperado en el futuro.

Pierden importancia por ejemplo los debates propuestos por Marx y sobre todo los neomarxistas que explicaban que el exceso de ahorro llevaba a rentabilidades marginales decrecientes, y que estas a su turno inducían a destinar el ingreso al consumo, hasta que se volvía de nuevo rentable el ahorro, creando un ciclo corto (entre 7 y 10 años) que debía ser tenido en cuenta si se pretendía evitar las fluctuaciones en la economía. La intervención del Estado bajo el actual modelo se reduce a buscar compensar a posteriori la falta de la programación que debiera cumplir esa función.

Igual dejan de ser relevantes las controversias sobre si es válida o no y cómo nos afecta la tesis shumpeteriana que asumía que se daban ciclos con periodos de expansión económica que aparecían con las innovaciones pero cuyo efecto se diluía con el tiempo (entre 50 y 70 años) hasta que un nuevo descubrimiento o una nueva tecnología aparecía. Así, entre nosotros, la inversión en investigación pierde importancia y se reduce el presupuesto de Colciencias.

Sin un modelo de desarrollo, sobran y se descartan todo los esfuerzos por entender o producir conocimiento sobre cómo funciona la economía para poder diseñar una senda de desarrollo y organización de la economía y de la sociedad, puesto que la intervención del Estado depende solo del vaivén de la oferta y la demanda, y de las situaciones de crisis que esto genera.

Se presta atención a la educación porque las pruebas PISA nos ubican como el peor país en esa materia en Latinoamérica, pero no porque corresponda a una propuesta en la cual el capital humano se considere más importante y más determinante como factor de desarrollo que el capital físico y financiero. Y, si se atiende prioritariamente la infraestructura vial, no es porque un modelo de desarrollo basado en el intercambio comercial no es concebible sin posibilidades de transporte competitivos, sino por el nivel al cual ha llegado la protesta ciudadana ante los problemas de circulación que encuentra. Y si se salta de un sistema de salud público a uno privado y luego a uno mixto, y si acabamos en que prácticamente no existe ninguno, es porque ‘las señales del mercado’ no dan una respuesta a cuál es el más conveniente cuando no se tiene una visión de cuál es la responsabilidad del Estado al respecto y de cómo llegar a cumplirla en un orden futuro. A la salud, la educación, la administración de justicia y la misma infraestructura no se les asigna función económica porque los indicadores de la macroeconomía son los que determinan las decisiones que se toman.

Lo que ahora se renueva como propuesta de la ‘tercera vía’ se define por lo que no es; es decir, ni el modelo capitalista ni el modelo estatista, ni el imperio del mercado ni el de la planeación y la intervención del Estado. Lo que no se dice es en qué consiste.

En últimas, esa idea de ‘ni Estado ni mercado’ es una repetición de ‘ningún modelo, sólo manejo macroeconómico’; o, dicho de otra manera, nada de pensar en el futuro, en el medio ambiente, o en próximas generaciones, en cómo debe ser el orden social, o en cuáles obstáculos nos esperan por el camino que vamos: cuadremos el hoy y ‘los que vengan atrás que arrastren’.
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